.:Olas de Sangre:.

Síntesis, reseña y crítica de crímenes selectos, sucedidos en Veracruz, México

Veracruz se escribe con Zeta (fragmento)

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Veracruz se escribe con Zeta (Fragmento)

Estampas de la vida en el puerto

Por Fernanda Melchor

Publicado en la edición del 13 de abril 2011 de la revista digital Replicante

http://revistareplicante.com/destacados/veracruz-se-escribe-con-zeta/

Encuentra esta crónica completa en el libro “Aquí no es Miami”, a publicarse en marzo de 2013 por la editorial El Salario del Miedo.

1

Harta de la cháchara de tus parientes — recién llegados de visita al puerto— tomas el auto y te diriges a la playa. Hace un clima estupendo: el sol brilla con júbilo en lo alto del cielo pero el viento es aún fresco y trae consigo un aroma a tierras lejanas.

Te estacionas frente al mar. Enciendes un cigarrillo sin bajarte del auto. El mar está casi inmóvil, tan pálido como el cielo. Las olas rompen con desgana en la playa, olas enanas que por momentos parecen hechas de plata y no de agua, de azogue, del material ese del que está hecho Robert Patrick en Teminator II.

La playa no está vacía. De hecho, te percatas que hay más gente de la que suele haber los miércoles por la mañana: un grupo de treinta o cuarenta muchachos caminan cerca de la orilla. Llevan los pantalones de mezclilla arremangados y las camisas en las manos. Los pechos son morenos y lampiños, los cabellos van engominados, alzados en crestas o relamidos contra el cráneo. Te llama la atención que el grupo parezca caminar hacia un sitio preciso en la orilla; incluso ignoran al franelero que les ofrece asiento en las mesas protegidas con sombrillas que ha colocado sobre la arena rastrillada. Los movimientos de los chicos, la forma de llevar las ropas, te recuerdan las maneras de los turistas cuando bajan a la playa en manada para meter los tobillos en el mar y tomarse fotos. Pero aquellos chicos tienen más pinta de albañiles en día de descanso que de turistas.

A veinte metros de tu auto, una destartalada vagoneta blanca se detiene. Cuatro hombres vestidos de raperos —ropas deportivas, tatuajes, lentes oscuros— descienden y alcanzan al grupo en la playa. No alcanzas a escuchar lo que dicen, pero parece que los recién llegados les ordenan formarse. Parece que se tomarán una foto de grupo porque todos se acomodan dándole la espalda al mar,  incluso los de enfrente se sientan en cuclillas. Pero nadie trae cámara.

Enciendes otro cigarro mientras los líderes y los chicos abandonan la arena y suben hasta la acera. Algunos se amontonan junto a la vagoneta blanca y uno de los que mandan —jersey de basquetbol verde claro— los reprende y los obliga a dispersarse. La puerta corrediza de la vagoneta se abre y dentro hay más gente. Te da la impresión de que van nombrando a los chicos, porque estos se acercan de dos en dos al vehículo y después se alejan del sitio con pequeños sobre color manila en las manos. Te fijas en una chica (hay quizás como tres o cuatro chicas entre el grupo): se acerca a tu auto mientras cuenta dinero, billetes verdes, nuevos, que no pueden ser sino de doscientos pesos. Sus labios regordetes se mueven mientras sus dedos se deslizan con pericia. Un auto amarillo, marca Mitsubishi, se detiene junto a ella. La chica —piel color canela, blusa rosa mexicano, sandalias con pedrería y lentes oscuros que le cubren la mitad del rostro— abre la puerta del copiloto —el reguetón truena— y sube al vehículo. Segundos después llega un BMW 3251, negro, al que suben tres chicos esmirriados —el menor no debe tener ni siquiera los quince años—. Luego es una camioneta cuya marca no reconoces: sólo sabes que es blanca, nueva y lleva los vidrios polarizados.

Para entonces te das cuenta de que hay dos hombres parados junto a tu vehículo. No te miran fijamente pero notas que se colocaron en tu punto ciego. No puedes mirarlos de lleno porque tendrías que volver la cabeza por completo y no quieres que se den cuenta que te diste cuenta. Tomas tu celular y le hablas a tu amigo Agustín, el primero del directorio. Charlas de cualquier cosa mientras fumas otro cigarrillo. Cuando los líderes de la camioneta te observan con recelo, dices alguna gracejada y ríes, para relajar tu rostro y no delatarte.

Te marchas un minuto después de que uno de los hombres te mostrara la cacha de una pistola asomando de la cintura de sus bermudas.

 

2

Nunca supiste su verdadero nombre. Te dio miedo preguntarle. Los amigos que te lo recomendaron lo llamaban Ángel del Mal; incluso así te lo escribió uno de ellos en la tarjeta en la que te pasó también su clave de radio y un número de celular. A ti te daba vergüenza aquel nombre tan payaso y lo llamabas Ángel, a secas.

La primera vez que le marcaste por radio lo citaste en un pequeño parque a dos cuadras de tu casa. No querías que supiera dónde vivías. Eran las ocho de la noche y el parque estaba a oscuras; por entre las ramas de los almendros soplaba la brisa fresca de octubre, ese vientecillo con olor a bosque que empujaba lejos el aire caldeado de la ciudad y que por la noche hacía aullar como desesperados a los perros de la cuadra.

Ángel del Mal se acercó a bordo de un automóvil oscuro, nuevo pero austero. Te pidió que subieras. Condujo el vehículo alrededor del parque mientras te mostraba una bolsa de supermercado atiborrada de paquetes diminutos; cada uno conteniendo un gramo de cocaína. Le compraste cuatro aquella primera vez. Tu mujer tenía antojo de marihuana pero Ángel no llevaba: te explicó que no le gustaba comercializar con mota pues ocupaba demasiado espacio, olía mucho y era tan barata que no le dejaba casi ganancias. Te cayó bien su franqueza, su bigote de Pedro Infante, su leve acento norteño, la sencillez de unas ropas que lo hacían lucir como el gerente de una tienda de zapatos. Le calculaste 40 años y un pasado castrense.

Comenzaste a llamarlo una o dos veces por semana; era un alivio no tener que aparecerse por las tienditas y lidiar con los vendedores callejeros; siempre querían propina, siempre miraban tu auto con codicia y algo de rencor. Poco a poco te atreviste a hacerle conversación e incluso preguntas. Sabías que no era correcto mostrar tanta curiosidad pero realmente querías saber si trabajaba para Los Zetas, aunque no los nombraste de esa manera porque estabas acostumbrado a no mencionar ese apelativo en voz alta, como todas las personas que conocías: dijiste “los de la última letra”. Mientras se efectuaba la transacción, Ángel habló. No dijo que sí ni que no pero te dio a entender que la mercancía que él repartía por toda la ciudad y que tú y tus amigos esninfaban ruidosamente en las fiestas provenía de este grupo delictivo. Te dio a entender que él era sólo uno de tantos vendedores autorizados y que sí se atrevía a incrementar el costo oficial de cada bolsa era para ahorrar a sus clientes la molestia de salir de sus domicilios. La confesión te puso nervioso; le estrechaste la mano con premura, abriste la puerta del auto para descender y casi te desmayas al ver la patrulla que los seguía con las luces apagadas.  Te imaginaste en los separos inmundos de la policía, a tu mujer teniendo que empeñar algo para pagar una multa de cuatro ceros, a tus amigos furiosos porque no llegabas con el perico. Pero Ángel, muy calmo, casi sonriendo, te dijo que bajaras del auto sin miedo, que la inmunidad ante la policía ya estaba incluida en el precio de cada grapa.

— Si se meten conmigo le responden a aquellos y no son pendejos— dijo.

Otra noche, de nuevo en su auto, le preguntaste si había más repartidores como él. Con el rostro súbitamente alargado, te contó que solía haber un muchacho que también vendía coca a domicilio y que siempre iba acompañado de una chica, para despistar a los militares en los retenes que a cada rato  improvisaban en las calles del puerto.  Ángel te contó cómo el chico había empezado a “jugarles chueco” a Los Zetas: para incrementar sus ganancias comenzó a comprarle droga a los “chapulines”, miembros de otros cárteles que actuaban en la periferia de la ciudad, hasta que los jefes se dieron cuenta de su traición y le exigieron a Ángel del Mal que “le pusiera el dedo”, que hablara por radio con el muchacho para que este le dijera dónde se escondía. Los sicarios mataron al muchacho y a la chica que lo acompañaba; Ángel estaba ahí.

— Me obligaron a seccionarlo— te confesó. Se retorcía el bigote con nervios.

La palabra se quedó rebotando en tu cabeza pero no fue sino hasta que entraste a tu casa y pasaste el seguro de la puerta, con tu botín bien guardado en una de las solapas de tu cartera, que comprendiste lo que tu dealer quiso decir con ese término que sonaba a medias médico, a medias burocrático: que los patrones lo habían obligado a descuartizar el cuerpo de su antiguo compañero.

La coca que compraste aquel día te supo a veneno pero te la acabaste toda, hasta la última morusa que quedó pegada al billete de veinte que utilizabas para inhalarla. Y es que con algo debías condimentar el par de botellas de whiskey de doce años que tus amigos habían llevado: ni modo que se las tomaran en seco.

Dos meses más tarde, Ángel del Mal dejó de responder su radio y tuviste que acudir de nuevo con los vendedores callejeros.

(…)

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Written by F. Melchor

octubre 19, 2011 at 10:31 pm

La casa del Estero

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La casa del Estero

Felix, qui potuit rerum cognoscere causas
Virgilio, Geórgicas, lib. II v. 490.

1
⎯¿Qué es lo más cabrón que te ha pasado en la vida?⎯ me preguntó Jorge.
Estábamos en la fiesta de cumpleaños de Aarón, en el balcón de su sala. Acababan de dar las cuatro de la mañana. Un norte ligero alborotaba las palmeras de la costera, visibles ⎯al igual que los fierros de las gradas del carnaval, ya instaladas desde enero⎯por encima de los tejados de la colonia Flores Magón.
⎯ ¿Lo más cabrón que me haya pasado?⎯ repetí, para ganar tiempo.
Yo tenía 24 años. En aquel entonces, lo más cabrón que me había pasado era la pelea que tuvimos mi padre y yo antes de que me largara para siempre de su casa. Era el 2005 y sólo quedábamos él y yo en Veracruz: Julio estudiaba en Ensenada y mamá… bueno, digamos que mamá estaba de vacaciones indefinidas en el norte del país, desde donde telefoneaba de vez en cuando para platicar de cosas que cada vez tenían menos sentido. Papá ya se había deshecho de las cosas de mamá: su ropa, sus papeles, sus perfumes; metió todo en bolsas de basura y las sacó a la calle. No dejó de echar fiesta desde entonces; yo era la que trabajaba para comer y pagarme la carrera.
¿Pero qué caso tenía contarle eso a un muchacho al que apenas conocía? Una cosa era que me dejara dar sorbos a su cerveza y que me mirara con ojos negros bellamente entornados, y otra, contarle cómo aquella última pelea yo había amenazado a mi padre con su propia arma ⎯una .45 automática que él mismo había escondido en mi tapanco⎯ porque su tronadera de música electrónica llevaba días sin dejarme dormir.
⎯ No sé. La verdad es que no sé⎯ respondí al final, presionada por aquellos ojos a la vez penetrantes y somnolientos.
Intuí que su respuesta sería mejor que la mía, pero algo pasó, algo interrumpió nuestro diálogo en el balcón, y Jorge no me contó la cosa más cabrona que le había pasado sino tres meses después, cuando tuvimos nuestra primera cita.
Él llevaba dos caguamas encima cuando yo llegué al bar, tarde y un poco mojada por la lluvia. Me senté en la mesa que eligió sobre la acera. Corría un viento tibio que me secó rápidamente. Lo dejé guiar la conversación porque, la verdad, a tres meses de la fiesta de Aarón no lograba recordar su nombre de pila; sólo su apellido, su apodo de barrio ⎯El Metálica⎯ y su mirada.
Esa noche, después de dos litros más de cerveza, me contó por primera vez la historia de lo que le había pasado a él y a un grupo de amigos en la Casa del Diablo. Tardó algunas horas en hacerlo, en parte porque narró, minuto a minuto, sucesos que habían ocurrido hacía más de una década, y también porque abundaba en extensas digresiones destinadas a explicarme los detalles que yo ignoraba. El estilo de contar de Jorge me intrigaba: entretejía de forma natural el relato directo de lo sucedido con fragmentos de diálogos, con ademanes aferrados a su cuerpo, con sus propios pensamientos, los presentes y los pasados. Un jarocho de pura cepa, pensaba yo, fascinada; entrenado para la conservación de las hazañas viriles en una cultura que desdeña lo escrito, que desconoce el archivo y favorece el testimonio, el relato verbal y dramático, el gozoso acto del habla.
Tres horas después yo seguía muda y él llegaba a la desoladora conclusión de su historia. Para entonces, yo ya estaba enamorándome de él. Tardé varios años en darme cuenta de que, en realidad, me había enamorado de sus relatos.

2
El horror, como Jorge lo llamaba, comenzó un día de junio de 1990, con la llamada de su amiga Betty.
— Oye, Jorge, vamos al Estero…
Por el auricular, Jorge podía escuchar las risitas de Evelia y de Jacqueline.
“El Estero. Quieren ir a esa pinche casa de nuevo” pensó Jorge y la modorra de las cuatro de la tarde lo abandonó por completo.
— No puedo ir, no tengo dinero⎯ les dijo, seco, para desanimarlas.
— ¡Anda, Jorge! Nosotras ponemos la botella…
Jorge miró el rostro dormido de su abuela, su boca ligeramente abierta, las cobijas hasta la barbilla. El teléfono estaba en el cuarto de la anciana pero ella nunca escuchaba el timbre. Dormía hasta tarde porque se pasaba las noches en vela. Decía que la tía de Jorge, su hija fallecida años atrás, se le aparecía al pie de la cama y le movía las piernas.
— No tengo nada, ni para el autobús.
— ¡No importa, nosotras te invitamos!
Jorge tuvo ganas de hablarles de lo que vivía en la casa del estero, pero no se atrevió.
— Anda, no seas mamón. Te esperamos en Plaza Acuario— dijo Betty, y luego colgó el teléfono.
Jorge marcó entonces el número de Tacho.
⎯ Bueno⎯ respondió este.
— Oye, carnal. Fíjate que…
— Sí, ya me hablaron.
— ¿Tú qué dices? ¿Vamos?
Tacho permaneció en silencio. Jorge retorcía el cordón del teléfono, impaciente. Dejarle a Tacho la decisión de ir o no a la casa abandonada era como lanzar una moneda al aire.
“Tacho también estuvo ahí, él vio las caras de los cadetes”, pensó. Deseaba con toda el alma que su amigo se negara a ir.
— Pus vamos a ver qué pasa— dijo Tacho, después de un largo silencio.
Resignado, Jorge colgó el aparato y fue a darse una ducha. No tenía prisa; si las chicas realmente querían ir bien podían esperarlo. Por la ventana del baño observó que el cielo se cubría de nubes negras y se alegró. Se vistió y salió de la casa sin despertar a la abuela.
No había avanzado ni diez metros sobre la avenida cuando el aguacero comenzó a caer. Gotas gruesas tupieron el pavimento pero Jorge no se molestó en cubrirse. “Ahora ya no querrán ir, es la excusa perfecta”. ¡Cómo amaba Jorge las tormentas instantáneas de finales de primavera!
Para cuando llegó a casa de Tacho, la lluvia había cesado. Su amigo lo esperaba fumando bajo un árbol; estaba listo.
— ¿Nos vamos?⎯ preguntó, él también inseguro.
El sol brillaba de nuevo en el cielo e iluminaba las fachadas de las casas. Los niños regresaban en tropel a las calles. Algunos llevaban barcos de papel en las manos; los hacían navegar sobre un arrollo bajo la cuneta.
“En menos de una hora, toda esta agua será aire caliente de nuevo”, pensó Jorge, derrotado. La ropa mojada se le sacaba ya bajo el sol.
— Pues vamos⎯ suspiró.
Sentía el corazón como exprimido por un puño invisible mientras caminaban al sitio en el que las chicas ya los esperaban.

3
Las leyendas sobre la Casa del Diablo son muchas y nada originales. Combinan relatos decimonónicos del puerto con argumentos de películas de terror los años ochenta: entre sus muros en obra negra, supuestamente, tuvieron lugar asesinatos rituales y penaban espíritus chocarreros. Se decía, por ejemplo, que la construcción estuvo destinada a ser un hotel con restaurante en la última planta, pero que este nunca pudo terminarse debido a que el vigilante mató a su familia entera y luego se suicido; sus almas ⎯según la mítica porteña que relaciona las muertes violentas con la aparición de espíritus “intranquilos”⎯ penaban en el sitio. Otra leyenda insistía en que la casa era la sede de una secta satánica que realizaba oscuros ceremoniales en sus sótanos, relato alimentado por la cercanía de la Casa del Diablo con el llamado “castillo” de la Condesa de Malibrán, un personaje a medias histórico a medias mítico considerado por los locales como una especie de Erzsebeh Bathory tropical. Asimismo, existía una tercer leyenda: la casa tenía siete sótanos a los que se accedía por una escalera en el interior, y en el último, en el más profundo, moraba el mismísimo Satanás.
Lo cierto era que la casa y el terreno ⎯ubicados a orillas del río Jamapa, en una de las zonas de mayor plusvalía de Boca del Río⎯ pertenecían a un empresario local que no estaba interesado en venderlo ni en rentarlo. Una verja de acero impedía el acceso a los curiosos, la mayor parte adolescentes del puerto que buscaban un sitio para beber, drogarse y estimular con un poco de sugestión sus glándulas suprarrenales. La costumbre indicaba que uno debía entrar a la casa a través de la verja de hierro, sobornar al vigilante en turno y después recorrer uno a uno los tres pisos aún en obra negra. El tiempo y el clima no ayudaban a la conservación de la casa, que en los años noventa carecía ya de ventanas y cuyos pisos estaban siempre tapizados de una espesa capa de hojas secas. Una ceiba parasitaba una de las esquinas del edificio, sus ramas invadían partes de la segunda planta.
Jorge, por supuesto, escuchó de niño todos esos rumores pero jamás había entrado; solamente había atisbado la casa por entre la maleza del Estero, a bordo del autobús rumbo a Antón Lizardo. La oportunidad de visitar la casa llegó cuando tenía 15 años; la idea fue suya y con ella convenció a la pandilla de scouts a la que pertenecía para que lo acompañaran: harían una expedición a la Casa del Diablo y escudriñarían sus misterios. Entraron por un portal al primer piso, recorrieron los cuartos oscuros y malolientes que parecían haber sido construidos bajo un diseño laberíntico. Entre risas nerviosas llegaron al segundo piso, el único lugar que realmente tenía apariencia de restaurante, con separaciones que distinguían una barra, una cocina y cuartos de baño. Todo estaba cubierto de hojas secas, excrementos de roedores y cadáveres de lagartijas.
Lo único extraño que encontraron fue, en las habitaciones detrás de la barra, un portal con marco de piedra que conducía a una escalera. Esta descendía, formando una espiral, hacia una oscuridad absoluta.
Ese día se marcharon porque no llevaban cuerdas. Regresaron el domingo siguiente con piolas, linternas, tiras de halógeno, provisiones de comida y agua, y una estrategia contra el pánico que el mismo Jorge había considerado necesario diseñar. Todos habían escuchado los rumores sobre la casa; era necesario que, en caso de que ocurriera algo fuera de lo común, permanecieran tranquilos, en calma; que el pánico no los invadiera.
Decidieron incluso el orden en el que descenderían: primero El Puma, que a sus 19 años era considerado por todos como un verdadero adulto y por ello portaba el bastón del mando del clan. Luego bajarían Jorge, Adán y Lilí. A Roxana le tocó quedarse afuera y vigilar el extremo de la cuerda con la que todos se unieron, como exploradores alpinos, antes de descender.
La escaleras apestaba a humedad y podredumbre. Los peldaños se desmoronaban bajo sus pies. Pronto necesitaron luz; Puma ordenó:
— Enciendan sus linternas.
Pero ninguna de las cuatro funcionaba.
“Pero si probamos las baterías allá arriba”, pensó Jorge, aunque se cuidó de decirlo en voz alta para no generar inquietud extra.
Los chicos sacaron entonces las tiras de halógeno de sus bolsillos, y fueron quebrándolas para obtener una luz verde, fluorescente, que apenas iluminaba el camino. Así descendieron unos diez metros más. Hacía demasiado calor y el sudor traspasaba el tosco tejido de sus uniformes. Delante de Jorge, Puma tanteaba el terreno con el bastón de mando; por detrás, Adán respiraba contra su nuca y a Liliana le castañeaban los dientes. Jorge también sentía miedo pero la flaqueza era algo que debía aprender a dominar, a controlar, si es que quería ingresar al Colegio Militar cuando cumpliera 18 años. Su sueño, en aquel entonces, era ingresar a la Brigada de Fusileros Paracaidistas y hacer la carrera de las armas. Después, cuando ya fuera un soldado de élite, desertaría del ejército y se uniría a la Legión Extranjera. A los quince años esa era, básicamente, su plan para escapar de Veracruz, de la abuela.
—Esperen…—balbuceó Puma de pronto.
Jorge chocó contra su espalda.
— ¿Qué pasa?
— Me acaban de quitar el bastón de las manos.
Jorge respiró profundo. Casi no había aire ahí dentro.
— ¿Cómo?
⎯ ¿Qué pasó?⎯ lloriqueó Lilí.
A Puma se le quebró la voz y ya no quiso decir nada más.
“Ya, esto es, esto es el pánico”, pensó Jorge “El momento en que todo se lo lleva la chingada”. Su pecho era un fuelle. Carraspeó hasta recobrar la voz y dio la orden de retroceder, ante la mudez estupefacta de Puma.
Subieron como los cangrejos. Nadie quería darle la espalda al foso, de donde provenía el ruido del bastón al golpear brutalmente las paredes. Jorge respiraba con la boca abierta; trataba de encontrar un ritmo en su respiración, de controlar los latidos de su corazón. “Quizás sólo es un drogadicto, un loquito de esos que se meten a las casas abandonadas” pensó. “¿Pero qué clase de loco viviría en aquel agujero, qué clase de cosa esperaría ahí, en la oscuridad hedionda, a que llegara alguien …”.
Tuvo que concentrarse en no pensar, en tantear con los pies la rampa ascendente de las escaleras.
Cuando lograron salir de ahí, se encontraron a Roxana llorando con la cabeza metida entre las rodillas. Durante varios minutos la chica no pudo hablar, sólo les señalaba la cuerda con la que se habían amarrado a una columna cercana. La piola oficial de los scouts, garantizada para soportar una tonelada de peso, estaba rota, reventada a pocos centímetros del nudo.
—Vi que se tensó, como si la jalaran desde abajo— diría la chica. – Pensé que se habían caído, que algo les pasaba, y comencé jalarla hasta que reventó…
La piel de sus manos estaba quemada por la fibra.
Roxana había gritado sus nombres, una y otra vez, al pie de la escalera. Como no le respondían, se hizo un ovillo y cedió al llanto. Lo raro era que, en la oscuridad de las escaleras, ellos no oyeron ni uno de sus gritos.
Los scouts huyeron de la casa antes de que llegara el ocaso. El Puma iba hasta adelante; cuando atravesaron la reja, aún llevaba la navaja abierta en la mano.

4
Ese fue el primer antecedente del horror. Hubo un segundo: el asunto de los cadetes, ocurrido una semana antes de la llamada de Betty. Jorge no pudo evitar recordar este último incidente mientras esperaba con Tacho a fuera de un tendajón en Boca del Río. Betty, Evelia y Jacqueline estaban adentro, comprando ron, soda y cigarrillos para la nueva excursión a la casa.
Aguardaban de pie sobre la calle que conduce al puente que se alza sobre el río Jamapa, justo donde termina la ciudad de Boca del Río. Jorge miraba el puente; ahí, del otro lado, la carretera se dividía en una encrucijada: hacia la derecha se iba hacia Paso del Toro y la carretera antigua a Córdoba; hacia la izquierda, se iba hacia Antón Lizardo. Para llegar a la casa del Diablo había que tomar al autobús a Antón Lizardo y pedir la parada nada más bajando el puente de El Estero. Había que tomar una brecha que rodeaba al río y caminar unos 500 metros para llegar a la verja.
Jorge tenía asco. Ni siquiera tenia deseos de fumar, mucho menos de beber. Pensaba que era un error regresar a la casa, después de lo que les había pasado el domingo anterior, cuando él, Tacho y Jacqueline visitaron la casa por invitación de Karla, una amiga en común. Aquella vez llegaron mucho más tarde; eran casi las siete de la noche y debieron caminar por la brecha guiados por la lamparita de bolsillo que llevaba Tacho. Karla y sus amigos ya estaban adentro; podían escuchar sus gritos y risas cuando cruzaron la verja. Entraron a la casa y comenzaron el recorrido para llegar al último piso. Los amigos de Karla se correteaban en la oscuridad; eran todos cadetes de la academia de Antón Lizardo; iban rapados y de civil pues era su día de permiso. Jorge trataba de distinguir la barra en la oscuridad cuando sintió que alguien lo tomaba del cuello. Era uno de los cadetes; llevaba una máscara de simio en el rostro y una pistola con la que apuntó a Jorge.
Los cadetes aullaron.
⎯ ¡Quítame esa cosa de la cara!⎯ gritó Jorge. Le propinó al cadete un derechazo que le desacomodó la máscara.
— ¡Estamos jugando, pendejo, no tiene balas!— lloriqueó este desde el suelo.
Jorge hubiera querido matar al tipo e incluso pensó en sacar la navaja que siempre llevaba consigo pues ya no era un boy scout sino un hombre de 22 años, desertor del bachillerato y veterano de las peleas callejeras. No le importaba que los cadetes fueran nueve y que tuvieran armas; eran unos maricas. Él y Tacho podían con todos juntos.
Pero antes de que pudiera hacerle alguna seña a su amigo, Jacqueline ya estaba en medio de ellos, rogando que no se pelearan. Los cadetes bajaron al primer nivel y Jorge y su gente subieron a la azotea para mirar las luces de Boca del Río. Estuvieron un buen rato ahí, charlando, calmándose, y cuando al fin bajaron para irse de la casa, se encontraron con que los amigos de Karla aún no se había marchado. Estaban todos de pie junto al río, como formados para pasar revista. Tacho les apuntó con la linterna; estaban desencajados del susto.
Karla salió de la oscuridad para reclamarle a Jorge:
— ¡Coño, Jorge, si tienes algún pinche problema con mis amigos díselo en sus caras, pero no estén con sus mamadas de aventarnos piedras desde ahí arriba!
El rostro pequeñito y agraciado de Karla se contraía en llanto.
— ¿De qué hablas? ¿Cuáles piedras?
— ¡No te hagas pendejos, ahí estaban desde la ventana aventándonos un chingo de palos y piedras!
Y les enseñó un verdugón que manchaba de sangre su oreja.
De nada sirvió que Jacqueline jurara por Dios que ellos no habían sido; nadie quiso creerles. Y Jorge partió de la Casa del Diablo jurando que jamás en su vida regresaría.
Pero una semana después ahí estaba. Y era como si la casa pareciera saberlo, como si el pueblo entero de Boca del Río supiera a dónde se dirigían: del otro lado de la avenida, plantada en medio de la acera, una indigente los señalaba al él y a Tacho y chillaba:
— ¡Mírenlos, allá van!
Los cabellos le caían en hilachas grasientas sobre el rostro. Reía mostrando una boca llena de agujeros negros.
⎯ Vete a la verga⎯ maldijo Tacho, visiblemente angustiado.
Pero no dijo nada más.
Jorge lo miró con insistencia. Quería que Tacho lo viera a los ojos y aceptara que aquello era una mala idea. Él había estado también la semana anterior, el sabía lo de los cadetes. Pero Tacho no dijo nada; hasta pareció ofendido cuando Jorge le sostuvo la mirada. El rostro flaco y ceñudo de Tacho era un reproche; parecía decirle en silencio: “no digas nada o será peor, de esas cosas nunca se habla”.
⎯ ¡Allá van! ⎯ aullaba la limosnera⎯. ¡Pendejos!

5
No le dijeron nada a las chicas. No se opusieron a subir al autobús, a bajarse en la brecha de arena y conchas trituradas. Del lado derecho fluía el río. Del lado izquierdo, se alzaba la mansión blanca. De la terrazas de la casa asomaban las cabezas de siete perros doberman que les ladraban y mostraban los colmillos. La verja de hierro estaba frente a ellos, abierta. El sol aún quemaba; eran pasadas las cinco de la tarde.
(Jorge no paró de beber mientras contaba su historia. Hablaba sin parar durante algunos minutos y se detenía sólo el tiempo suficiente para vaciar la mitad del vaso; hacía gestos para no eructar frente a mí y luego reanudaba su relato. Yo aún no sabía qué pensar. No creía ⎯como no creo ahora⎯ en fantasmas, ni en aparecidos ni en “malas vibras”, como la mayor parte de mis paisanos. Las únicas experiencia inexplicables que había tenido pertenecían todas a un periodo de mi vida en el que chupé cartoncitos con ácido como si fueran mentas.
El que Jorge llevara una playera roja con un ichtus cristiano en la espalda, me dijo muchas cosas sobre la naturaleza de su relato. Creía, en aquel momento, saber hacia dónde se dirigía. Todavía pasarían muchos meses antes de que me enterara de que Jorge era prófugo no sólo de los scouts y del ejército, sino de una iglesia evangélica local y hasta de los mormones: ahí aprendió a leer la biblia y a orar; o como él decía a “a trabajar energía contra energía”).
A un lado de la reja crecía una maraña apretada de monte. De aquel zacate cerrado, justo cuando se disponían a cruzar el umbral, surgió un hombre joven que les cerró la reja en la cara.
⎯ No, aquí no pueden pasar, esta es propiedad privada⎯ les dijo.
Era un hombrecillo bajo, insignificante.
(Años después, cada vez que hacía que Jorge repitiera la historia de la Casa del Diablo le pedía que abundara en la descripción de aquel misterioso vigilante. Jorge siempre decía: “Tú puedes poner a diez hombres formados; si dices ‘me voy a acordar de todos’, te acuerdas de todos menos de él. Un vato absolutamente común”).
⎯ Oye, pero aquí estuvimos la semana pasada, danos chance de pasar a ver⎯ rezongó Jacqueline.
⎯ Pero la semana pasada yo no estaba y ahora sí. Y aquí yo digo que no pueden pasar⎯ respondió el vigilante.
Las chicas le rogaron. Le ofrecieron 50 pesos de propina. El tipo meneaba la cabeza.
⎯ No, al rato quién va a escuchar sus pinches gritos…⎯ decía con una sonrisa.
Las chicas no parecían escuchar estas razones. Después de veinte minutos de discusión, Jorge, aún mareado, apartó a las chicas y se encaró con el vigilante.
⎯ Mira, ni tú ni yo. Dejémoslo a la suerte⎯ le dijo.
Al tipo le brillaron los ojos.
⎯ ¿Qué propones?
⎯ Vamos a echarnos un volado. Si cae águila, pasamos.
⎯ ¿Y si cae sol?
⎯ Si cae sol tú decides si quieres que pasemos o no.
Jorge lanzó la moneda. Cayó sol.
⎯ Pues tú dices⎯ le dijo Jorge al tipo.
El vigilante soltó una risita. Abrió la reja y se apartó del camino.
⎯ Pues pasen. Total, yo aquí no soy nadie…
Y así riendo quedito desapareció entre el monte. No volvieron a verlo.
Jorge condujo al grupo a una terraza del útimo piso a la que consideraba segura, en parte porque colgaba fuera de la casa, junto a la ceiba parásita. No quiso beber más que soda; sentía que debía permanecer alerta, con la espalda apuntando a la ceiba y al río y la mirada clavada en el portal que daba a la casa. Las chicas, en cambio, se bebieron el litro de brandy que habían comprado, y para las nueve de la noche ya estaban ebrias y con ganas de jugar a la botella.
Jorge no lograba relajarse; sus amigas se lo reprochaban.
—Jorge, quita esa cara, te toca a ti⎯ lo animaron.
Jorge hizo girar la botella. Le tocó mandar a Betty. Le ordenó que bailara como stripper, aunque ni siquiera sentía deseos de verla mover las carnes. La chica subió a una de las bancas de la terraza y bailó entre risas. Se dio la vuelta para alzarse la playera; lanzó un grito y bajó del banco de un salto.
— ¡Viene alguien, viene alguien!
Jorge se levantó como resorte. Miró hacia la casa: una sombra atravesó la ventana. Una sombra que no se subía y bajaba como dando pasos sino que se deslizaba hacia el otro extremo del tercer piso. Una sombra lo bastante oscura como para sobresalir en la oscuridad de la casa vacía.
“Hacia la barra”, pensó Jorge en aquel momento. “Hacia la escalera escondida detrás”. Les ordenó a las chicas que se recostaran en el piso y a Tacho que aguardara junto al marco de la ventana. Así, con los puños apretados y el estómago hecho un nudo, esperó a que intruso hiciera su aparición en la terraza.
Pasaron unos diez minutos de tensión insoportable en los que sólo se escucharon los susurros angustiados de las chicas y el rumor de los grillos y de las salamandras, ningún paso, ningún reclamo, nada. Evelia comenzó a gemir, y eso los hizo salir del trance. Jorge ordenó la retirada. Todos se pusieron en pie, menos Evelia.
—Jorge, algo le pasa⎯ dijo Betty.
Evelia, acostada bocabajo sobre el piso de la terraza, jadeaba y se sacudía, como si riera.
⎯ Evelia, déjate de pendejadas y párate⎯ ladró Jorge.
La chica no obedeció. Jorge la tomó de los hombros y la sacudió con rudeza.
⎯ ¡Ey, párate ya!
Tiró del cuerpecillo de Evelia y le dio la vuelta. La chica abrió los párpados.
— ¿Me estaban buscando?—- preguntó. con voz áspera, cavernosa⎯ Me estaban buscando, ¿verdad? ¡Pues aquí estoy!
“Ya no es ella”, pensó Jorge. “Es otra madre”.
Se le erizaron los cabellos.
— Déjate de pendejadas, Evelia⎯ le ordenó.
La voz le salió más floja de lo que quería.
Evelia se deshizo de su abrazo. No permitía que nadie la tocara: lanzaba golpeas, patadas, escupitajos. A Betty, que se inclinó para calmarla, le propinó un taconazo en la cara, con tanta fuerza que la chica salió despedida contra el barandal de la terraza. Jorge, con ayuda de Tacho, volvió a cojerla.
⎯ No, suéltenme, ya estoy bien⎯ decía, entre sollozos⎯. Vamos a seguir jugando.
Pero aquella mirada no engañaba a Jorge.
⎯ No, ni madres. Tú no estás bien, tú no eres tú…
La cargaron entre los dos y entraron a la casa. Sin más ayuda que la de sus pupilas inflamadas hallaron la salida. Betty y Jacqueline gimoteaban, prendidas de la camisa de Jorge.
⎯ ¿Pensaron que podían quedarse? ⎯ reía Evelia, entre sollozos⎯. Pues aquí se van a quedar todos. Y a ella me la voy a llevar.
Llegaron a la verja. Evelia, que en ningún momento dejó de removerse como una culebra, se escurrió entre sus brazos y cayó al suelo. Con las puras manos comenzó a arrastrarse por la tierra, como paralizada de la cintura para abajo, hacia el umbral de la casa.
“Si se mete, yo no la voy a sacar”, pensó Jorge con espanto. “Y si yo no la saco, nadie lo hará”. Se arrojó sobre ella y la montó, a pocos metros de la entrada de la planta baja. Le dio la vuelta y la golpeó en el rostro con la mano abierta, como hubiera hecho con un varón más joven que él, para despreciarlo. Evelia rió.
⎯ ¿Tú crees que me pegas a mí? ¿Tú crees que me estás lastimando?
⎯ Cállate⎯ gritó Jorge.
La cara de Evelia estaba roja por los puñetazos.
— ¡Jorge, no me pegues, soy yo!— gritaba, segundos después⎯. Soy yo, ya regresé.
Jorge la abrazó muy fuerte. Pensó que el peligro había pasado.

6
Años después Jorge me contó cómo le habían hecho para regresar a Boca del Río, cómo terminaron aporreando las puertas de la iglesia de Santa Ana, con una Evelia que pasaba del llanto a la risa en ciclos de medio minuto. Aquella noche, la primera vez que escuché la historia, la primera vez que salimos, Jorge sólo dijo que habían conseguido un aventón que por casualidad terminó justo en el atrio de la parroquia de Boca del Río. No dijo nada del tiempo que permanecieron, él y Tacho y las chicas, inmóviles bajo una de las farolas de la brecha, incapaces de hallar en la oscuridad las luces de la carretera, temerosos de estar regresando a la casa maldita en vez de escapar de ella. Tampoco habló de los versos que empezó a recitar, partes de salmos aprendidos de memoria que hicieron que Evelia redoblara sus bramidos y sus esfuerzos por liberarse: Guárdame, oh Dios, porque en ti he confiado; oh, alma mía, dijiste a Jehová, tú eres mi Señor. La chica vomitaba de furia mientras Jorge oraba. La decisión de presentar a Evelia ante el cura de Santa Ana había sido suya; Jorge no lo confesaría sino muchos años después, bajo la presión de mis preguntas.
Regresaron al centro de Boca del Río a bordo de una Caribe. Tuvieron que sentarse sobre Evelia para mantenerla dentro del auto; se revolvía como un felino. El conductor de la Caribe los dejó frente al atrio de Santa Ana. Jorge corrió hasta la sacristía y aporreo la puerta. Una mujer gorda la abrió y les preguntó que deseaban. Jorge le señaló a Evelia, que yacía sollozante sobre el regazo de Betty, las dos sentadas en la acera. La mujer desapareció. El cura salió en su lugar; iba de bermudas y chanclas. Tacho y Jorge se le explicaron lo que había sucedido en el interior de la casa. El sacerdote salió al atrio y miró de cerca de Evelia. Le apartó los cabellos mojados de la cara; la chica gruñó y se sacudió bajo su contacto.
— No, muchachos, esta niña se pasó de pastillas⎯ concluyó el cura⎯. Y además apesta mucho a alcohol. O se metió algún estupefaciente o tiene un brote de esquizofrenia. Mejor llévenla a la Cruz Roja.
Se volvió a la sacristía y les cerró la puerta.
(⎯ Eso, un caso de histeria, de sugestión…⎯ lo interrumpí, aquella primera vez, incapaz de contenerme.
Jorge aceptó que también él lo pensó. Lo que no entendía era que el sacerdote se lavara las manos.
⎯¿Sabes? Por primera vez entendí ese tipo de películas en donde hacen el efecto ése de que todo se te viene encima. Me sentía en un mundo diferente; la gente que pasaba se nos quedaba mirando, como si fuéramos un espectáculo).
No eran ni las once de la noche.
Un hombre se les acercó. Era un taxista.
⎯ Oigan, yo los estoy viendo desde hace rato, ¿qué le pasa a la muchacha?
Los chicos le contaron.
⎯ Yo conozco un curandero, y es bueno. Sí quieren vamos, es aquí en El Morro⎯ propuso.
Como era a menos de 10 minutos de ahí, decidieron subirse al auto. Treparon por una colina hasta llegar a un terreno bardeado. En medio yacía una casa levantada con torpeza pero bien pintada. Bajaron a tocar, pero no había nadie.
⎯ Qué raro, este vato siempre está a esta hora…
El taxista detuvo a un colega y entabló plática con él. Los dos miraban en dirección a Evelia, que se revolcaba sobre la arena de la cuneta. El segundo taxista se bajó de su auto y se acercó a ellos. Era un hombre barrigón, lleno de canas, con cara de poca paciencia.
— Oye, chamaca— la llamó. Se inclinó sobre ella y comenzó a abofetearla— ¿Te gustan los chochos, verdad? ¿Te gusta meterte tu thinner, ponerte hasta la madre? ⎯ apretó la barbilla de Evelia hasta hacerla enseñar los dientes⎯. Ya déjate de pendejadas y párate…
Evelia abrió los ojos y comenzó a reír.
— ¡Adivina quién está aquí conmigo!— le dijo al taxista — ¡La puta de María Esperanza!
El rostro cobrizo del taxista se tornó verde. Dio tres pasos para atrás, confundido.
— ¡Tú sabes de quién estoy hablando, tú sabes que está aquí conmigo, YO ME LA ESTOY CHINGANDO!
Jorge estaba a dos metros de la escena. Vio cómo el hombre corrió hasta su taxi, desenvolvió algo del espejo retrovisor y le hizo señas a Jorge.
“¿Por qué a mí?” pensó.
Algo dentro de él le respondía: “Tú sabías y no dijiste nada. Si algo le pasa a esta chamaca será tu culpa”.
—Esa niña está muy mal. Llévenla a un lugar porque se te va a ir⎯ le entregó a Jorge un rosario⎯. Qué Dios los bendiga. Yo no los puedo seguir.
Fue el primer taxista el que le explicó a Jorge que María Esperanza era el nombre de la madre del segundo taxista, viejo conocido suyo. Hacía pocas semanas que la señora había muerto.
(⎯ Eso está muy cabrón⎯ le dije a Jorge.
⎯ Son de las cosas que aún no me explico.)
El taxista también les dijo que conocía a otra curandera, pero que había que atravesar todo Veracruz pues esta vivía detrás de la Iglesia de la Guadalupana, allá por Revillagigedo, más allá de las vías del tren. Se ofreció a llevarlos sin cobrarles ni un peso. Aceptaron.
En el camino perdieron a Betty: cuando pasaban junto a la unidad habitacional de El Morro, ella le pidió al chofer que se detuviera. Cruzó el boulevard, se metió a una casa ⎯Jorge supuso que era la de su familia; se dio cuenta de que no sabía dónde vivía su amiga⎯ y salió con un libro en la mano.
⎯ Mi mamá no me dejó ir⎯ dijo.
Le dio el libro a Jorge. Era una biblia.
⎯ Dice que te dé esto. No sé para qué te sirva, pero te lo doy.
Tardaron una hora en atravesar la ciudad hasta aquel barrio de casitas de un nivel y enormes baches en las calles. El taxi se detuvo frente a la modesta entrada de una vecindad. Una mujer esperaba afuera. Cuando el auto se detuvo, les abrió la puerta. Tenía un rostro amable, regordete; llevaba el cabello muy corto y teñido de rubio y no aparentaba tener más de 30 años.
—Bienvenidos, muchachos. Los estábamos esperando— fue lo primero que dijo.
Condujo al grupo hacia el interior de una vecindad. El suelo del patio era de tierra; en el centro se levantaba una casucha de madera.
⎯ Es la casa de la curandera. Yo soy la clarividente⎯ explicó.
Hizo pasar al taxista con Evelia en brazos al interior de la cabaña. Al resto los formó en el umbral.
—Tú pasas—le dijo a Jorge. Se volvió luego hacia Tacho y Jacqueline—. Ustedes no. Tú lo traes en la espalda, y la niña en la pierna. Se quedan afuera.
Jorge recordó que Tacho tenía una gárgola tatuada en el hombro, y Jacqueline, una serpiente enroscada en el tobillo.
(⎯Pero, ¿cómo supo?⎯ volví a interrumpirlo.
Jorge no me hizo caso y siguió con el realto).
El interior de la casa de madera estaba lleno de velas. Sobre una de las paredes colgaban tres retratos: al centro, el de Cristo vestido de túnica blanca, sin corona de espinas, sonriente y relajado como si posara para una foto. Lo rodeaban las imágenes de una mujer hermosa, que Jorge creyó era la Virgen, y de un catrín de mirada enigmática y piel clara que llevaba patillas y bigotito.
La curandera era una mujer madura, de piel muy oscura y cabello gris suelto hasta las caderas. Tan pronto entró al lugar, ordenó que sentaran a Evelia en un sillón colocado en medio de la estancia y que fueran Jorge y el taxista quienes la sujetaran de los brazos. La mujer tomó un ramos de yerbas de una mesa y comenzó a azotar con ellos el cuerpo de Evelia, mientras invocaba una retahíla de santos católicos.
Evelia, mientras tanto, hacía lo suyo: aullaba y bramaba y maldecía.
La curandera tomó un huevo y se lo pasó a la chica por las sienes; se reventó cuando tocó la piel sudorosa. Un segundo huevo corrió la misma suerte. La curandera tomó un limón y unas tijeras; rayó una cruz sobre el limón y se lo untó a Evelia por el cuerpo. El fruto quedó amarillo, con manchas marrones, como si se hubiera podirdo.
Para entonces, Evelia se sacudía tan fuerte que Jorge tuvo que hacer un esfuerzo para impedir que el cuerpecillo de su amiga se levantara del asiento. Ya no reía ni lloraba; mostraba los dientes y las encías negras e intentaba morder a Jorge y al taxista, a la propia curandera. Las venas y tendones de su cuello parecían cables a punto de reventar.
— ¡Me estaban buscando! ¡Ella me andaba buscando y aquí estoy!— repetía, enfurecida.
La curandera bañó a Evelia con agua bendita. La chica chilló como si la estuviesen acuchillando.
— ¡Sal, espíritu impuro, en nombre del señor Jesucristo, en nombre de su bautizo, en nombre de su crucifixión, en nombre de su resurección!— decía la curandera. Eran las únicas palabras, en la retahíla de aullidos que se escuchaban, que Jorge comprendía.
— ¡Ella me llamó, ello me fue a buscar! ¡ESTA PERRA ES MÍA!
Las llamas de las veladoras, cientos de ellas sobre la paredes, chisporrotearona cada palabra. Cada vez que Evelia gritaba las mechas de las velas tronaban y despedían chispas, como si las hubieran espolvoreado con pólvora.

7
(Años después, cuando Jorge y yo ya vivíamos juntos, le pedí que me contara de nuevo ⎯para entonces yo ya había la había escuchado por lo menos 6 veces⎯ la historia de la Casa del Diablo. Compramos cervezas y nos tendimos en los diminutos sofás que poseíamos. Dos de las cuatro paredes de la sala tenían grandes ventanales; con las luces encendidas sólo podíamos ver el reflejo de nuestros propios rostros y no la oscuridad de la noche, lo que resultaba algo inquietante.
⎯ ¿Y nunca pensaste que todo podía ser un truco? Las velas pueden tener basura, pusieron haberles echado algo…
⎯ Y el limón a lo mejor yo me lo imaginé verde, o ella lo cambió, lo sé… Pero hubo más cosas… ¿Cómo supo Evelia lo del taxista? ¿Cómo entre todos apenas podíamos sostenerla, si la chamaca no pensaba más de cuarenta kilos…
⎯ La fuerza de los dementes…
⎯ ¿Y la luz que se iba y regresaba?
⎯ Alguien pudo haberla controlado desde afuera…
Jorge sacudió la cabeza.
⎯ ¿Sabes qué sentía durante el ritual? Se me figuraba que la curandera era como un ingeniero en sistemas, como el cuate al que llamas todo histérico porque tu máquina tronó y él te dice: “Ok, ¿ya se fijó que la máquina está conectada?”. O sea, empezó desde cero: la albahaca, los huevos y de ahí fue subiendo. Hasta sus rezos iban volviéndose más intensos; después de un rato hablaba en lenguas que yo no podía entender…
⎯ Glosolalia⎯ dije, apelando a mi memoria y los libros de psiquiatría que tuve que leer para tratar de entender aquella historia.
⎯ Como sea. ¿Y la lluvia del principio? ¿Y la loca? ¿Y la cosa de las escaleras? ¿Y el tipejo de la reja? ¿Cómo explicas eso?
Me di cuenta que se había molestado, por lo que guardé silencio.
⎯ Cuando estaba ahí adentro, agarrando a Evelia, de lo último que me acuerdo es del fuego: la curandera se puso a dar vueltas alrededor de nosotros, como si bailara, y de pronto aventó algo al suelo y quedamos encerrados en un círculo de fuego, un círculo con llamas que me llegaban a la cadera. La curandera saltó sobre las flamas y se fue derechito hacia Evelia, la agarró de los pelos y se puso a gritarle en la cara. Parecía que quería comérsela…
⎯ Pero, ¿qué pensabas?
⎯ Yo estaba en el shock de la realidad. Eso es lo peor, cuando tus ideas empiezan a claudicar y esa madre, esa cosa que no entiendes, te empieza a invadir. Porque si tú claudicas, esa madre te invade, no queda un vacío. Esa madre viene y tu la aceptas como real.
⎯ No entiendo.
⎯ Era una lucha constante entre la razón y lo que estaba viendo.
Le pregunté por Evelia, sobre cómo lucía.
⎯ Si yo pudiera llevar toda esta madre a una película⎯ me dijo⎯, se acercaría mucho más a El exorcismo de Emily Rose que a El exorcista: los gritos, las caras, las voces, los ojos así como si se hubiera metido diez tachas…
⎯ ¿Cómo se llamaba el demonio? ⎯ le pregunté.
Para realizar un exorcismo, es necesario conocer el nombre de la entidad que domina a la víctima. Es un dato clave que manejan la literatura del tema, tanto el Ritual Romano católico como los grimorios medievales que instruían en la invocación del demonio. Sin nombre no hay contrato.
⎯ Ahora no⎯ me dijo, con el rostro serio⎯ Te lo digo después, cuando no esté chupando).

8
Después del espectáculo del fuego, Jorge aprovechó que la curandera salía del cuarto para escapar de la cabaña. Vomitó en el patio, pura bilis. Los focos de la vecindad se prendían y apagaban como si la instalación eléctrica sufriera altibajos de corriente. Tacho y Jacqueline seguían ahí. Betty había llegado con su madre. Era la una de la mañana.
—La clarividente ha estado llame y llame a otras guías de Catemaco y de San Andrés, para que ayuden desde allá— le explicó Tacho.
Tacho sabía qué era una “guía”. Su madre, doña Ana, era asidua de los rituales de sanación que se llevaban a cabo en varias partes del puerto; en ellos se liberaba al “paciente” de las “malas vibras” que circulaban en la atmósfera del puerto, o de los “trabajos” que brujos sin escrúpulos aceptaban hacer, pagados por los enemigos de la víctima. Estos rituales eran ⎯y son aún⎯ tan populares entre los veracruzanos que incluso la Iglesia católica debe ofertar regularmente “misas de sanación y liberación” (advocadas por la corriente Renovación carismática del Espíritu Santo) para no perder feligreses.
— ¿Ya le hablaron a los papás de Evelia?— preguntó Jorge, cuando al fin logró respirar.
—Ya vienen en camino.
A pocos metros, la curandera, la clarividente y un pequeño grupo de mujeres discutían el “tratamiento”.
— ¿Ya la limpiaste?
—Ya, y nada⎯ dijo la curandera.
— ¿El círculo de fuego?
⎯ Ya.
⎯ ¿Ya dijo su nombre?
—Es muy fuerte, no se quiere ir. Ya amenazó que a las cuatro con dos se la lleva.
—Entonces no queda de otra más que mandarlo a llamar—dijo la clarividente.
—Yo lo hago— respondió la curandera—. Me debe favores.

9
Jorge ya no quiso entrar a la cabaña cuando la curandera regresó. Lo miró todo desde el umbral: cómo las señoras desnudaron a Evelia y le pusieron una bata alba; cómo azotaron el cuerpo de la curandera con manojos de yerba. Mientras todas rezaban, la curandera comenzó a mecerse sobre los pies; eructó ruidosamente y luego cayó desmayada. Las mujeres se aprestaron a socorrerla. Antes de que terminaran de tomarla de los brazos, la curandera ya estaba de pie, moviéndose por todo el cuarto. La energía que la animaba era claramente distintas, masculina.
— ¡Muy buenas noches tengan todos ustedes!⎯ saludó, con voz profunda⎯. Mi nombre es Yan Gardec y estoy aquí para ayudar a esta hermanita.
Descubrió a Evelia sobre el sofá y la señaló con el índice
—Yo te conozco.
Evelia ladró.
⎯ Tú y yo nos hemos batido muchas veces. Es hora de que dejes a esta muchacha.
— ¡Ella me estaba buscando! ⎯chilló Evelia⎯ ¡Hace mucho que ella me estaba llamando! ¡Me la voy a llevar!
— ¡No, ella no te pertenece, ella e de Dios! ¡Márchate y no regreses!
⎯ ¡No me iré sin las manos vacías!
Yan Gardec se cruzó de brazos. Se retorció los invisibles bigotes entre los dedos.
⎯ Algo haz de querer a cambio de la chica. Pide…
Evelia mordía el aire.
⎯ ¿Qué tal un cabro? ¿Un cabro todo negro…?⎯ decía, condescendiente.
Fue entonces cuando Evelia, o lo que moraba en Evelia, comenzó a hablar con voz rasposa. Jorge ya no quiso quedarse a escuchar. Salió de la vecindad, a la calle. Moría por un cigarrillo, por sentir el estómago lleno de otra cosa que no fuera pavor.
Un taxi se detuvo junto a él. De él bajó doña Ana, la madre de Tacho.
Jorge suspiró aliviado. Era bueno ver un rostro conocido.
Pero doña Ana no lo saludó; lo hizo retroceder hasta la pared sólo con su mirada rabiosa.
— Ya ven, por andar de pendejos, se lo toparon de frente.

10
(Otro día, en el año 2010, fuimos a buscar la dichosa vecindad donde había tendio lugar el exorcismo. Enfilamos rumbo a la Iglesia de La Guadalupana, y tras mucho preguntar, dimos con la vecindad. Ni la choza ni la curandera estaban. Tampoco la clarividente. Los vecinos nos dieron indicaciones vagas del nuevo domicilio de lo que ellos llamaron “el templo”.
Yo había leído bastante sobre espiritistas, espiritualistas y trinitarios marianos en Veracruz. Era un tema que me interesaba por la cantidad de gente en Veracruz que daba por cierto en el poder de los espíritus, y no tanto porque yo misma participara de esas creencias. Hasta cierto punto, las consideraba parte de la idiosincrasia del jarocho .
⎯ Jorge, ese tal “Yan Gardec”, ¿no sería Allan Kardec?
Le conté, de regreso a casa, que Kardec fue un francés fundador de la doctrina espiritista en el siglo XIX. Que en el Archivo Histórico en donde hice mi servicio social tenían sus dos primeras obras: El libro de los espíritus y El libro de los medios.
Ya en casa, emocionada por esa posible re-elaboración simbólica, le mostré en la computadora un supuesto retrato de Kardec. Le pregunté sino era el mismo que colgaba de la pared de la curandera.
Jorge la miró un rato.
⎯ Puede ser⎯ dijo.
Le pregunté de nuevo por el nombre del demonio.
De nuevo se hizo el tonto.
Yo había transcrito en una hoja de mi cuaderno de notas los nombres de los demonios que aparecen en el Grand grimoire, un libro de encantamientos del siglo XVIII, conocido también como el Gran Grimorio. Este texto, al igual que los supuestos opúsculos de San Cipriano, San Honorio, el propio Salomón y Merlín el Mago, presentan claves y fórmulas mágicas para, entre otras cosas, invocar demonios, hablar con los muertos, ganar la lotería, hacer que alguien baile desnudo ante uno fabricar pegamento para porcelana, etc.
Le mostré la página con los nombres demoníacos.
⎯ Ese, dijo.
No quiso pronunciar el nombre: Satanachia, el gran general de los infiernos, mano derecha de Lucifer, jefe de Pruslas, Aamón y Barbatos. Su poder, según el documento, es el de volver joven o viejo a quien sea, pero también el de subyugar a toda niña o mujer para hacer lo que él quiere.
Días después, el mismo año, fuimos a buscar a Tacho y doña Ana. Ninguno de los dos quiso hablar. Nos contaron que Evelia se había casado con un muchacho del barrio al que apodaban El Sapo, famoso porque soñaba a los que iban a morir.
⎯ No me extraña que no quiera hablar⎯ dijo Jorge, para excusar el trato tosco que Tacho nos dio durante la visita⎯. Está cabrón ver al diablo. Todos lo vimos).

11
Durante los meses que siguieron al horror de la casa del Estero, Jorge evitó a sus amigos. No fue algo deliberado; simplemente comenzó a frecuentar otros círculos, a pasar más tiempo en casa de la abuela.
Después supo, por Jacqueline, que los padres de Evelia llegaron después de que todos se hubieran marchado, y que se negaron a creer lo que la curandera les contó sobre su hija. Pensaron que quería sacarles dinero a la fuerza: 5 mil pesos que la curandera pidió para poder completar el ritual de liberación, que incluía el sacrificio de un chivo. Según Jacqueline, Evelia estuvo bien unos meses y luego, un día de repente, se encerró en su cuarto y se negó a salir. Atacaba a sus padres, se defecaba encima, se hacía daño con las paredes y las cosas que rompía. Los padres la llevaron con médicos y psiquiatras. Uno de ellos incluso les sugirió que internaran a su hija en una clínica mental.
Tiempo más tarde, esta vez por boca de Betty, Jorge se enteró de que al final, desesperados por no poder curar a Evelia, los padres de la chica cedieron a la presión de familiares y vecinos que insistían en que debían llevarla a las misas de liberación de Puentejula, un poblado ubicado a pocos kilómetros del puerto de Veracruz. El pueblo, de no más de 3 mil habitantes, era famoso por los exorcismos realizados por el padre Casto Simón. Estos tenían ⎯y aún tienen⎯ lugar todos los viernes a las tres de la tarde; se oficia en latín y arameo y su colofón consiste en un ritual de expulsión demoniaca que dura varias horas.
Según Betty, Evelia era siempre la primera de todos los endemoniados en caer al suelo de la parroquia de Puentejula. Pronto fue obvio para los oficiantes que la chica requería un exorcismo especial, al que finalmente accedieron los angustiados padres.
⎯ Dicen que amarraron a Evelia junto con un puerco al borde de una barranca, allá por Rinconada, y empezaron el exorcismo⎯ confesó Betty, aquella última vez en que se vieron⎯. En algún momento el demonio se salió de ella, se metió al marrano y entre todos los que estaban ahí lo aventaron al vacío.

12
Aquella primera cita nos marchamos del bar cuando Jorge terminó su extraña historia. Caminamos juntos hasta mi casa; yo, pegada a la pared, él junto a la acera; no había conocido antes a un chico que insistiera tanto en que camináramos de aquella manera. Yo estaba intrigada y algo ebria. Jorge seguía hablando.
⎯ ¿Cuál es tu filosofía de vida?⎯ me preguntó, a espetaperros.
Si hubiera tenido la edad que tengo ahora (30 años al momento de escribir esto; justo la edad que él tenía entonces) me hubiera partido de risa. Pero sólo tenía 24. Fui sincera cuando dije:
⎯ No tengo ni puta idea.
Quise entonces preguntarle algo que había estado pensando toda lo noche.
⎯ ¿Neta realmente crees en el diablo?
⎯ No te puedo decir que no exista⎯ me dijo. Comenzaba a llover de nuevo⎯. Sería muy egoísta decirte que no: vivimos en un universo vastísimo, manejado por energías incomprensibles, inconmensurables. Nosotros los humanos somos unas micromierdas en medio de este universo, no somos nada. Lo que sabemos no se compara a todo lo que nos falta por conocer, todo lo que no podemos controlar.
En aquel momento no entendí que Jorge habitaba un mundo distinto del mío; estaba, supongo, más ocupada en enviarle las señales correctas para que me besara. Lo comprendí después, cuando ya era tarde, cuando las diferencias entre nosotros fueron demasiado grandes y dolorosas como para negarlas; cuando él se fue y yo me quedé sola, con la mitad de las cosas que habíamos comprado juntos, y el perro y el gato.
Pero aquella noche de mayo yo ignoraba todo eso. Aquella noche de mayo nos llovió encima y Jorge terminó por llevarme en taxi a casa. Antes de abrir la puerta nos abrazamos, sin besos, sólo con las ganas, y nos dijimos buenas noches.
Fue así como conocí a mi primer marido. Fue así como me enamoré de las historias que contaba.

Written by F. Melchor

enero 9, 2011 at 11:05 pm

Publicado en rumores

Una cárcel de película (fragmento)

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Una cárcel de película (fragmento)

Fernanda Melchor

 

(Fotos de Isaac Aguilar)

 

Encuentra esta crónica completa en el libro “Aquí no es Miami”, a publicarse en marzo de 2013 por la editorial El Salario del Miedo.

Penal Ignacio Allende, enero 2010

 

 

1

El traslado inició a las dos de la mañana, en medio de un norte furibundo. Algunos presos ni siquiera alcanzaron a vestirse por completo cuando los agentes federales irrumpieron en las crujías. A golpes y patadas los obligaron a formarse en los corredores, a cubrirse el rostro con los brazos desnudos, a desfilar frente a una valla de soldados que amenazaban con dispararles si se atrevían a alzar la mirada para buscar a sus familiares entre la muchedumbre que gritaba a lo lejos.

Tiritaban; algunos pensaban en la “bienvenida” que recibirían al llegar a sus nuevos “hogares”; otros habían sido más precavidos y lograron hacer “arreglos”: desde mediados de diciembre se hablaba de que el penal sería vaciado para filmar ahí la nueva película de Mel Gibson, rumor que las autoridades negaron incluso cuando ya había sido publicada oficialmente la declaratoria de inhabilitación del inmueble.

En autobuses rentados y escoltados por hummers del ejército partieron cerca de mil presos con destino a otros penales del estado. La puertas de Allende quedaron abiertas y a su alrededor se refugiaron decenas de mujeres que esperaban a que amaneciera para indagar la suerte de su gente.

 

Penal Ignacio Allende, enero 2010

 

2

A Rodrigo lo mandaron al penal deshabitado para husmear en las crujías y fotografiar los graffitis que los presos dejaron sobre los muros. Las ratas se paseaban a sus anchas por los pasillos e incluso correteaban a los empleados de limpia pública que si estos intentaban ahuyentarlas.

Cuando recuerda, Rodrigo frunce las narices como si aún sintiera la peste.

“Era un cochinero; no sé cómo podían vivir tanta gente ahí adentro, cómo podían comer en esos puestos que anunciaban ‘ricos tacos’ si era un asco. Nada más atravesabas el patio y te encontrabas con una especie de mercado de pesadilla, apocalíptico, todo hecho de madera podrida, todo lleno de moscas y cucarachas, apestando a drenaje y creolina”.

Rodrigo vio cómo los policías se llevaban teles, ventiladores, grabadoras y hasta maquinarias industriales. También vio señoras que lloraban, con sus facturas en la mano, porque los aparatos que aún no acababan de pagar no aparecerían en las celdas de sus parientes.

“Hablé con el delegado de Readaptación Social, le pregunté si habían cerrado el penal para hacer la película de Gibson y me dijo que no, que se estaba cerrando por motivos de salubridad, que eran pura coincidencia que el traslado y el inicio de la filmación de la película se dieran casi al mismo tiempo”.

Penal Ignacio Allende, enero 2010

3

El 13 de enero, cuando presidía un evento, Fidel Herrera Beltrán divulgó que bandas del crimen organizado se había apropiado de Allende y que planeaban llevar a cabo un motín donde varios reos serían degollados. Aunque nunca aclaró a qué grupo delictivo se refería, insinuó que el asunto estaba ligado a la muerte del fundador de Los Zetas, Braulio Arellano alias El Gonzo, ocurrida meses atrás en Soledad de Doblado.

A pesar de algunas protestas (el diputado Sergio Vaca, por ejemplo, calificó el desalojo como un “fidelazo” y afirmó que se crucificaría desnudo si llegaban a vender el edificio) el penal fue “prestado” a Mel Gibson para la grabación de How I spend my summer vacactions. El precio que Gibson pagó por dicha renta jamás fue divulgado.

Y cuando se le preguntó al director general de Cinematografía de la entidad si la reubicación de los reos obedecía a una exigencia del actor australiano, el funcionario aseguró, coincidentemente, que el desalojo del penal y la filmación de la película habían sucedido casi al mismo tiempo “por pura coincidencia”.

 

 

Entrada del penal Ignacio Allende, enero 2010

 

(…)

 

Written by F. Melchor

octubre 7, 2010 at 4:20 am

Publicado en cárceles, maltrato

Insomnio (fragmento)

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Insomnio (fragmento)
Por Fernanda Melchor

La señora Rita soñó, la noche de la balacera, que caminaba por un jardín inmenso. Se había quitado los zapatos por temor a estropear el césped, que lucía histéricamente corto y verde como el de un campo de golf. La yerba parecía gemir y quejase bajo el peso de su regordeta figura, así que doña Rita  comenzó a caminar de puntillas, y luego, no supo cómo, se encontró completamente desnuda. En el sueño, la señora Rita pensaba que era una hora muy inapropiada para que una dama se paseara sola en la oscura campiña, y además encuerada, y decidió buscar el camino que la llevara de vuelta a la ciudad, cuyas luces chisporroteaban en el horizonte.

*

La señora Rita recuerda que, durante el sueño, no sintió verdadero miedo sino hasta que una aeronave -un platillo volador con todo y cúpula redonda, luces de colores y metal ardiente- se posó de pronto por encima de su persona y comenzó a ronronear como un motor hecho de carne.
La señora Rita despertó en ese momento, pero el ruido no cesó. Su esposo acababa de levantarse de la cama y abría la puerta del cuarto. Doña Rita le gritó que no saliera pero era tal estruendo que don Manolo no alcanzó a escucharla; ella lo siguió con las piernas tambaleantes. Parecía que un avión caería sobre la casa, a juzgar por el clamor. Doña Rita no estaba del todo segura de haber despertado del sueño, y corrió al cuarto de Paulito para asegurarse de que no lo habían secuestrado los extraterrestres.
Su hijo ya estaba de pie cuando la señora Rita entró a la habitación. Paulo creía que sólo eran cohetes –alguna broma de sus compañeros de la universidad- pero apartó a su vociferante madre de un empujón cuando vio, desde el pasillo, a su padre inmóvil junto al ventanal, con la espalda contra la pared, como si se escondiera alguien. Ya para entonces también se escuchaban gritos en la calle, y las llantas de un vehículo que derrapaban sobre el asfalto, y un retumbar de pasos calzados en botas sobre la banqueta.
Desde el ventanal, don Manolo les gritó que se arrojaran el suelo.

*

La señora Rita no supo cuánto tiempo pasaron así, inmóviles sobre el piso, ella con la nariz de Nené, el pequinés de la familia, pegada a su cuello. Luego el tiroteo cesó y don Manolo pudo asomarse y dijo que veía soldados apostados en cuclillas junto a su auto, con sus G3 A3 apuntando hacia el final de la calle.

(…)

 

Written by F. Melchor

julio 24, 2010 at 6:36 am

Aquí no es Miami

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Texto: Fernanda Melchor

(Encuentra esta crónica completa en el libro “Aquí no es Miami”, a publicarse en marzo de 2013 por la editorial El Salario del Miedo)

Corría el mes de enero y el viento del norte soplaba gélido contra el rostro desnudo de Paco mientras caminaba por la avenida Montesinos hacia la entrada del muelle. Eran cerca de las nueve de la noche y la temperatura seguía bajando. Probablemente alcanzaría los doce grados en la madrugada, predijo su padre, así que Paco se colocó encima un suéter y dos camisolas antes de abandonar la casa: su sangre jarocha se helaba siempre con más benigna de las brisas.

Compró dos tortas de cochinita pibil en el mercadillo establecido afuera de la garita de Morelos. Se empujó también dos tacos, uno de papa con chorizo y otro de papa con buebo, en el puesto de doña Almeja. Su turno empezaba a las diez de la noche y terminaba a las seis de la mañana, pero Paco esperaba trabajar solamente un par de horas debido al mal tiempo.

Solo habían nombrado a ocho trabajadores para el turno nocturno. El viento impedía la carga y descarga de mercancías y contenedores pero no afectaba a los trincadores, especializados en sujetar con bandas los autos dentro de los buques, o de supervisar las maniobras de descenso de los mismos. El trabajo de Paco, y de los otros siete hombres asignados aquella noche, consistiría en armar rampas de acero, arrastrarlas hacia las madrinas -esos camiones gigantes que llevan autos nuevos en sus vientres-  y trincar los carros a las estructuras de acero.

El supervisor había anunciado que solo cargarían nueve madrinas.

– A lo mucho estamos saliendo de aquí a las doce- pronosticó uno de los obreros, un viejo de vientre fofo y brazos tatuados desde las muñecas hasta los hombros, que apodaban El Burro.

Paco nunca trabajaba los sábados por la noche pero tenía tantas deudas que había decidido pedir varios turnos extras y así compensar sus derroches. Era el más joven de los siete compañeros y le tocó en la primera línea. Entre trinca y trinca bromeaba y conversaba con los obreros. Todos tenían el rostro enrojecido por el frío pero nadie llevaba guantes. Las manos callosas de aquellos hombres lo sorprendían por su tosquedad y aparente aspereza, y Paco imaginó que algún día las suyas lucirían de aquel modo, si no se apuraba a terminar la preparatoria.

Así cargaron ocho madrinas. La última venía retrasada, explicó el supervisor, que caminaba de un lado a otro de la explanada con el radio en la mano. Al parecer se le había ponchado una llanta y el conductor reportaba hallarse apenas en Tamarindo. Eran pasadas las once y el frío apretaba.

Los obreros se habían sentado en el suelo. Se acurrucaban unos contra otros para protegerse del viento, cuando un resplandor de luces rojas y azules iluminó la noche.

– Hay pedos- murmuró El Chiles, otro de los obreros.

Una camioneta de Migración y dos camionetas repletas de policías auxiliares avanzaban por la explanada hacia un pequeños barco de carga atracado en el muelle dos. Detrás de los policías venía una patrulla de la Policía Federal, con la sirena encendida. Bajaron corriendo hombres armados con fusiles y perros y subieron al barco. Paco y sus compañeros solo alcanzaban a ver, sobre la cubierta de la nave, las lucecitas de las linternas apuntando hacia todos lados.

– Ese barco ha de traer droga-  dijo Paco- Les han de haber encontrado algo…

Pero no acabó de decir esto cuando notaron que los agentes regresaban al muelle, acompañados de unas veinte personas, todas de raza negra: mujeres y hombres viejos que lloraban y se frotaban los brazos y que pronto desaparecieron en el interior de la camioneta de Migración. Algunos policías permanecieron, al pie del barco, apuntando al agua con sus linternas. Sus perros gruñían y arremetían contra las olas que reventaban con la orilla de concreto, pero después de un rato también se marcharon.

A las doce de la noche la explanada había vuelto a quedar desierta, y Paco y sus compañeros esperaban, con crecientes ansias,  la llegada de la novena madrina. Sentados en el suelo les dieron la una, la una y media, y no fue hasta las dos de la mañana que los faros del enorme vehículo aparecieron en el portón de la garita. Despacharon su trabajo en pocos minutos y caminaron hacia el supervisor para preguntarle si ya podían marcharse.

– Espérenme, compañeros, que estoy pidiendo autorización- decía el tipo.- Denme una hora y les resuelvo.

Maldiciendo, Paco y sus compañeros volvieron a posar sus traseros yertos sobre el piso de cemento. Hablaron de mujeres, de música, de futbol, de métodos para ganar la lotería, de religión, de política, de mujeres de nuevo. La mente de Paco divagaba, aburrida, mientras contemplaba la negrura del mar a través de un pasillo que se formaba entre las dos hileras de madrinas estacionadas, cuyos conductores esperaban la entrega de la documentación para poder partir en caravana hacia Puebla.

Algo se movía en el pasillo. El corazón de Paco dio un brinco cuando alcanzó a ver un hombre harapiento que corría hacia donde estaban sentados. Paco se irguió, pensando que sería algún drogadicto pendenciero , y entonces pudo ver que el hombre no se acercaba solo: lo seguían ocho sombras esqueléticas. Eran nueve los hombres que se aproximaban en total, completamente mojados, con largas heridas como latigazos sobre los brazos y piernas, todos negros como el carbón y descalzos.

(…)

Written by F. Melchor

febrero 9, 2010 at 4:26 pm

Publicado en muelle, polizones, rumores

La rubia que todos querían (fragmento)

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El caso de Evangelina Tejera, la Medea veracruzana

Por Fernanda Melchor

(publicado en la revista Replicante, mayo-julio 2009)

Encuentra esta crónica completa en el libro “Aquí no es Miami”, a publicarse en marzo de 2013 por la editorial El Salario del Miedo.

Evangelina Tejera Bosada, a los 18 años, en 1983

Evangelina Tejera Bosada, a los 18 años, en 1983

Evangelina Segunda, con belleza de Artemisa;

Venus te envidia iracunda el candor de tu sonrisa

-“Magazine Dominical” no. 54 del periódico El Dictamen; 13 de febrero 1983, p.8

 

1.- Espectros

“El centro de Veracruz está lleno de fantasmas” suele decir mi padre cada vez que pasamos frente a las ruinas del primer hogar que tuvieron los Melchor en Veracruz, un lúgubre patio de vecindad en la avenida Cinco de Mayo. Como tantos otros edificios del centro histórico, estas cuarterías abandonadas son ahora hogar de dipsómanos y felinos sarnosos, infelices espectros que penan entre la basura y espantan a las buenas conciencias del Puerto, como alguna vez lo hicieron el Monje Decapitado o la Mujer de Blanco durante la Colonia.

En el primer cuadro de Veracruz hay fantasmas con el rostro tiznado sufriendo la mona en el suelo de los callejones; espantos descarnados que entran y salen de zaguanes secretos en los retretes de las cantinas. Sombras que por caridad o por astucia habitan mansiones de madrépora,  edificios cuyas cornisas se desmoronan sobre las calles causando víctimas mortales en días de viento. Los legítimos propietarios, caballeretes criollos, observan con desinterés la degradación de sus herencias pues les resulta mejor negocio vender el terreno que gastar en restaurar los vetustos inmuebles.

 

2.- Miguel, jubilado.

“Yo viví mucho tiempo en el edificio de la Lotería Nacional, arriba del local de Telas de México, ahí en Rayón e Independencia… Se llamaba así porque antes estaban ahí las oficinas de la Lotería, en la planta baja, hasta que las quitaron en mil novecientos noventa y tantos cuando se quemó la bodega… Después del incendio nos salieron los dueños con la tarugada de que iban a remodelar los departamentos, pero en lugar de eso nos cortaron la luz y el agua  y nos fueron corriendo a todos…  Yo me resistí porque la verdad no me alcanzaba; quería seguir pagando renta congelada y por eso me aferré, pero luego me cansé de andar batallando… Y es que no me gustaba mucho vivir en ese edificio, la verdad… No sé si se haya dado cuenta usted cuando estuvo allá pero como que hay mala vibra, ¿no?… Como que uno no está a gusto en ese lugar, no sé cómo explicarlo… Luego de noche se escuchan cosas feas, como gritos, quejidos… Teníamos una vecina que ya falleció, doña Idalia, que era muy sensible para esas cosas… Ella fue la que llegó a ver a los dos niños, a los hijos de Evangelina, jugando en las escaleras, muchos meses después de que se descubriera el crimen… Yo creo que fue por eso que los dueños dejaron que se cayera todo; a lo mejor querían que ya nadie se acordara de lo que había pasado en aquel departamento…”

 

3.- La bella rubia

En 1983, Evangelina Tejera es coronada como Reina del Carnaval de Veracruz bajo el nombre de Evangelina II. Su Majestad tiene 18 años, juega al tenis, le encanta la música moderna y toca el piano, afirman las crónicas de sociales de la época. A todos los compromisos de su reinado la acompaña su padre, Jaime Tejera Suárez, médico de profesión; pero el nombre de la madre, de apellido Bosada, jamás es mencionado. El divorcio que separó a la familia cuando Evangelina tenía apenas nueve años no consta en ningún medio, como tampoco lo hace el alcoholismo y la violencia de Tejera Suárez, que alguna vez amenazara con su pistola a sus aterrorizados hijos; tampoco figuran los reproches que la madre comenzara a hacerle a Evangelina a causa de las penurias económicos que sufrían y que ocasionarían el abandono de sus estudios a la mitad del tercer año de secundaria.

Las fotografías de esta Evangelina adolescente insisten siempre en sus ojos límpidos, en su tez cérea, en aquel par de pómulos afilados. Sus finas cejas permanecen siempre arqueadas, como congeladas en un mohín de coqueta sorpresa. Imágenes de dientes perfectos, miradas soñadoras de gruesas pestañas. Fotos en donde aparece sonriendo, con el cabello suelto, recostada sobre el pasto de un club campestre, o caminando por las calles de Veracruz de la mano de Octavio Mardones, el barbudo Rey Feo de 1983, envuelta en encajes de plata y lentejuelas, carbunclos de fantasía y nubes de confeti.

 

4.- Tomasa, comerciante.

“Sí, era guapa, hasta parecía gringa. Tenía los ojos verdes y la piel muy blanca… Tuvo novios desde chica; había uno que hasta le pegaba, pero es que ella era medio loca, ¿sabe?… Desde los 15 años fue adicta a la mariguana pero se descaró después de haber sido reina del carnaval, con tantas fiestas a las que iba, en las discotecas de moda y con la gente de dinero… Dicen que se juntaba con puros juniors para drogarse, ahí en casa de Guillo Pasquel, en Emparan y Cinco de Mayo… Siempre estaba con un montón de juniors que se metían coca y luego andaban haciendo locuras en sus carrazos; luego hasta mataban gente pero nadie les hacía nada porque la policía estaba nomás para protegerlos… Como el tal Picho Malpica, que mató a la hija del Polo Hoyos nomás porque la muchacha ya no quiso ser su novia; o como Miguel Kaiser, que vendía coca en los palenques… Dicen que él era el que le vendía la droga, a ella y al tal De la Rosa, el papá de dos niños, y que era en el departamento de la Lotería donde ellos vendían coca y mariguana a otros drogadictos, y hacían orgías… Y que en una de esas ella se volvió loca de un pasón y mató a los dos escuincles… Dicen que después de estrangularlos los descuartizó en la mesa del comedor para enterrarlos en una maceta…”

 

 

Fotografías aparecidas el 7 de abril de 1989 en el periódico El Dictamen que muestran la escena del crimen

Fotografías aparecidas el 7 de abril de 1989 en el periódico El Dictamen que muestran la escena del crimen

 

(…)

 

Written by F. Melchor

julio 1, 2009 at 12:54 am

……. en mayo …….

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Evangelina Tejera Bosada durante su coronación como reina del Carnaval de Veracruz de 1983

Evangelina Tejera Bosada durante su coronación como reina del Carnaval de Veracruz de 1983

 

El caso de Evangelina Tejera Bosada, la rubia ex reina del carnaval veracruzano que en 1989 asesinó a sus hijos y los enterró en macetas.

¿O fue ella quien lo hizo?

No se pierda la investigación del crimen que conmocionó a la sociedad mexicana, en exclusiva en .: Olas de Sangre:.

Written by F. Melchor

marzo 26, 2009 at 5:26 pm