.:Olas de Sangre:.

Síntesis, reseña y crítica de crímenes selectos, sucedidos en Veracruz, México

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Veracruz se escribe con Zeta (fragmento)

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Veracruz se escribe con Zeta (Fragmento)

Estampas de la vida en el puerto

Por Fernanda Melchor

Publicado en la edición del 13 de abril 2011 de la revista digital Replicante

http://revistareplicante.com/destacados/veracruz-se-escribe-con-zeta/

Encuentra esta crónica completa en el libro “Aquí no es Miami”, a publicarse en marzo de 2013 por la editorial El Salario del Miedo.

1

Harta de la cháchara de tus parientes — recién llegados de visita al puerto— tomas el auto y te diriges a la playa. Hace un clima estupendo: el sol brilla con júbilo en lo alto del cielo pero el viento es aún fresco y trae consigo un aroma a tierras lejanas.

Te estacionas frente al mar. Enciendes un cigarrillo sin bajarte del auto. El mar está casi inmóvil, tan pálido como el cielo. Las olas rompen con desgana en la playa, olas enanas que por momentos parecen hechas de plata y no de agua, de azogue, del material ese del que está hecho Robert Patrick en Teminator II.

La playa no está vacía. De hecho, te percatas que hay más gente de la que suele haber los miércoles por la mañana: un grupo de treinta o cuarenta muchachos caminan cerca de la orilla. Llevan los pantalones de mezclilla arremangados y las camisas en las manos. Los pechos son morenos y lampiños, los cabellos van engominados, alzados en crestas o relamidos contra el cráneo. Te llama la atención que el grupo parezca caminar hacia un sitio preciso en la orilla; incluso ignoran al franelero que les ofrece asiento en las mesas protegidas con sombrillas que ha colocado sobre la arena rastrillada. Los movimientos de los chicos, la forma de llevar las ropas, te recuerdan las maneras de los turistas cuando bajan a la playa en manada para meter los tobillos en el mar y tomarse fotos. Pero aquellos chicos tienen más pinta de albañiles en día de descanso que de turistas.

A veinte metros de tu auto, una destartalada vagoneta blanca se detiene. Cuatro hombres vestidos de raperos —ropas deportivas, tatuajes, lentes oscuros— descienden y alcanzan al grupo en la playa. No alcanzas a escuchar lo que dicen, pero parece que los recién llegados les ordenan formarse. Parece que se tomarán una foto de grupo porque todos se acomodan dándole la espalda al mar,  incluso los de enfrente se sientan en cuclillas. Pero nadie trae cámara.

Enciendes otro cigarro mientras los líderes y los chicos abandonan la arena y suben hasta la acera. Algunos se amontonan junto a la vagoneta blanca y uno de los que mandan —jersey de basquetbol verde claro— los reprende y los obliga a dispersarse. La puerta corrediza de la vagoneta se abre y dentro hay más gente. Te da la impresión de que van nombrando a los chicos, porque estos se acercan de dos en dos al vehículo y después se alejan del sitio con pequeños sobre color manila en las manos. Te fijas en una chica (hay quizás como tres o cuatro chicas entre el grupo): se acerca a tu auto mientras cuenta dinero, billetes verdes, nuevos, que no pueden ser sino de doscientos pesos. Sus labios regordetes se mueven mientras sus dedos se deslizan con pericia. Un auto amarillo, marca Mitsubishi, se detiene junto a ella. La chica —piel color canela, blusa rosa mexicano, sandalias con pedrería y lentes oscuros que le cubren la mitad del rostro— abre la puerta del copiloto —el reguetón truena— y sube al vehículo. Segundos después llega un BMW 3251, negro, al que suben tres chicos esmirriados —el menor no debe tener ni siquiera los quince años—. Luego es una camioneta cuya marca no reconoces: sólo sabes que es blanca, nueva y lleva los vidrios polarizados.

Para entonces te das cuenta de que hay dos hombres parados junto a tu vehículo. No te miran fijamente pero notas que se colocaron en tu punto ciego. No puedes mirarlos de lleno porque tendrías que volver la cabeza por completo y no quieres que se den cuenta que te diste cuenta. Tomas tu celular y le hablas a tu amigo Agustín, el primero del directorio. Charlas de cualquier cosa mientras fumas otro cigarrillo. Cuando los líderes de la camioneta te observan con recelo, dices alguna gracejada y ríes, para relajar tu rostro y no delatarte.

Te marchas un minuto después de que uno de los hombres te mostrara la cacha de una pistola asomando de la cintura de sus bermudas.

 

2

Nunca supiste su verdadero nombre. Te dio miedo preguntarle. Los amigos que te lo recomendaron lo llamaban Ángel del Mal; incluso así te lo escribió uno de ellos en la tarjeta en la que te pasó también su clave de radio y un número de celular. A ti te daba vergüenza aquel nombre tan payaso y lo llamabas Ángel, a secas.

La primera vez que le marcaste por radio lo citaste en un pequeño parque a dos cuadras de tu casa. No querías que supiera dónde vivías. Eran las ocho de la noche y el parque estaba a oscuras; por entre las ramas de los almendros soplaba la brisa fresca de octubre, ese vientecillo con olor a bosque que empujaba lejos el aire caldeado de la ciudad y que por la noche hacía aullar como desesperados a los perros de la cuadra.

Ángel del Mal se acercó a bordo de un automóvil oscuro, nuevo pero austero. Te pidió que subieras. Condujo el vehículo alrededor del parque mientras te mostraba una bolsa de supermercado atiborrada de paquetes diminutos; cada uno conteniendo un gramo de cocaína. Le compraste cuatro aquella primera vez. Tu mujer tenía antojo de marihuana pero Ángel no llevaba: te explicó que no le gustaba comercializar con mota pues ocupaba demasiado espacio, olía mucho y era tan barata que no le dejaba casi ganancias. Te cayó bien su franqueza, su bigote de Pedro Infante, su leve acento norteño, la sencillez de unas ropas que lo hacían lucir como el gerente de una tienda de zapatos. Le calculaste 40 años y un pasado castrense.

Comenzaste a llamarlo una o dos veces por semana; era un alivio no tener que aparecerse por las tienditas y lidiar con los vendedores callejeros; siempre querían propina, siempre miraban tu auto con codicia y algo de rencor. Poco a poco te atreviste a hacerle conversación e incluso preguntas. Sabías que no era correcto mostrar tanta curiosidad pero realmente querías saber si trabajaba para Los Zetas, aunque no los nombraste de esa manera porque estabas acostumbrado a no mencionar ese apelativo en voz alta, como todas las personas que conocías: dijiste “los de la última letra”. Mientras se efectuaba la transacción, Ángel habló. No dijo que sí ni que no pero te dio a entender que la mercancía que él repartía por toda la ciudad y que tú y tus amigos esninfaban ruidosamente en las fiestas provenía de este grupo delictivo. Te dio a entender que él era sólo uno de tantos vendedores autorizados y que sí se atrevía a incrementar el costo oficial de cada bolsa era para ahorrar a sus clientes la molestia de salir de sus domicilios. La confesión te puso nervioso; le estrechaste la mano con premura, abriste la puerta del auto para descender y casi te desmayas al ver la patrulla que los seguía con las luces apagadas.  Te imaginaste en los separos inmundos de la policía, a tu mujer teniendo que empeñar algo para pagar una multa de cuatro ceros, a tus amigos furiosos porque no llegabas con el perico. Pero Ángel, muy calmo, casi sonriendo, te dijo que bajaras del auto sin miedo, que la inmunidad ante la policía ya estaba incluida en el precio de cada grapa.

— Si se meten conmigo le responden a aquellos y no son pendejos— dijo.

Otra noche, de nuevo en su auto, le preguntaste si había más repartidores como él. Con el rostro súbitamente alargado, te contó que solía haber un muchacho que también vendía coca a domicilio y que siempre iba acompañado de una chica, para despistar a los militares en los retenes que a cada rato  improvisaban en las calles del puerto.  Ángel te contó cómo el chico había empezado a “jugarles chueco” a Los Zetas: para incrementar sus ganancias comenzó a comprarle droga a los “chapulines”, miembros de otros cárteles que actuaban en la periferia de la ciudad, hasta que los jefes se dieron cuenta de su traición y le exigieron a Ángel del Mal que “le pusiera el dedo”, que hablara por radio con el muchacho para que este le dijera dónde se escondía. Los sicarios mataron al muchacho y a la chica que lo acompañaba; Ángel estaba ahí.

— Me obligaron a seccionarlo— te confesó. Se retorcía el bigote con nervios.

La palabra se quedó rebotando en tu cabeza pero no fue sino hasta que entraste a tu casa y pasaste el seguro de la puerta, con tu botín bien guardado en una de las solapas de tu cartera, que comprendiste lo que tu dealer quiso decir con ese término que sonaba a medias médico, a medias burocrático: que los patrones lo habían obligado a descuartizar el cuerpo de su antiguo compañero.

La coca que compraste aquel día te supo a veneno pero te la acabaste toda, hasta la última morusa que quedó pegada al billete de veinte que utilizabas para inhalarla. Y es que con algo debías condimentar el par de botellas de whiskey de doce años que tus amigos habían llevado: ni modo que se las tomaran en seco.

Dos meses más tarde, Ángel del Mal dejó de responder su radio y tuviste que acudir de nuevo con los vendedores callejeros.

(…)

Written by F. Melchor

octubre 19, 2011 at 10:31 pm