.:Olas de Sangre:.

Síntesis, reseña y crítica de crímenes selectos, sucedidos en Veracruz, México

Aquí no es Miami

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Texto: Fernanda Melchor

(Encuentra esta crónica completa en el libro “Aquí no es Miami”, a publicarse en marzo de 2013 por la editorial El Salario del Miedo)

Corría el mes de enero y el viento del norte soplaba gélido contra el rostro desnudo de Paco mientras caminaba por la avenida Montesinos hacia la entrada del muelle. Eran cerca de las nueve de la noche y la temperatura seguía bajando. Probablemente alcanzaría los doce grados en la madrugada, predijo su padre, así que Paco se colocó encima un suéter y dos camisolas antes de abandonar la casa: su sangre jarocha se helaba siempre con más benigna de las brisas.

Compró dos tortas de cochinita pibil en el mercadillo establecido afuera de la garita de Morelos. Se empujó también dos tacos, uno de papa con chorizo y otro de papa con buebo, en el puesto de doña Almeja. Su turno empezaba a las diez de la noche y terminaba a las seis de la mañana, pero Paco esperaba trabajar solamente un par de horas debido al mal tiempo.

Solo habían nombrado a ocho trabajadores para el turno nocturno. El viento impedía la carga y descarga de mercancías y contenedores pero no afectaba a los trincadores, especializados en sujetar con bandas los autos dentro de los buques, o de supervisar las maniobras de descenso de los mismos. El trabajo de Paco, y de los otros siete hombres asignados aquella noche, consistiría en armar rampas de acero, arrastrarlas hacia las madrinas -esos camiones gigantes que llevan autos nuevos en sus vientres-  y trincar los carros a las estructuras de acero.

El supervisor había anunciado que solo cargarían nueve madrinas.

– A lo mucho estamos saliendo de aquí a las doce- pronosticó uno de los obreros, un viejo de vientre fofo y brazos tatuados desde las muñecas hasta los hombros, que apodaban El Burro.

Paco nunca trabajaba los sábados por la noche pero tenía tantas deudas que había decidido pedir varios turnos extras y así compensar sus derroches. Era el más joven de los siete compañeros y le tocó en la primera línea. Entre trinca y trinca bromeaba y conversaba con los obreros. Todos tenían el rostro enrojecido por el frío pero nadie llevaba guantes. Las manos callosas de aquellos hombres lo sorprendían por su tosquedad y aparente aspereza, y Paco imaginó que algún día las suyas lucirían de aquel modo, si no se apuraba a terminar la preparatoria.

Así cargaron ocho madrinas. La última venía retrasada, explicó el supervisor, que caminaba de un lado a otro de la explanada con el radio en la mano. Al parecer se le había ponchado una llanta y el conductor reportaba hallarse apenas en Tamarindo. Eran pasadas las once y el frío apretaba.

Los obreros se habían sentado en el suelo. Se acurrucaban unos contra otros para protegerse del viento, cuando un resplandor de luces rojas y azules iluminó la noche.

– Hay pedos- murmuró El Chiles, otro de los obreros.

Una camioneta de Migración y dos camionetas repletas de policías auxiliares avanzaban por la explanada hacia un pequeños barco de carga atracado en el muelle dos. Detrás de los policías venía una patrulla de la Policía Federal, con la sirena encendida. Bajaron corriendo hombres armados con fusiles y perros y subieron al barco. Paco y sus compañeros solo alcanzaban a ver, sobre la cubierta de la nave, las lucecitas de las linternas apuntando hacia todos lados.

– Ese barco ha de traer droga-  dijo Paco- Les han de haber encontrado algo…

Pero no acabó de decir esto cuando notaron que los agentes regresaban al muelle, acompañados de unas veinte personas, todas de raza negra: mujeres y hombres viejos que lloraban y se frotaban los brazos y que pronto desaparecieron en el interior de la camioneta de Migración. Algunos policías permanecieron, al pie del barco, apuntando al agua con sus linternas. Sus perros gruñían y arremetían contra las olas que reventaban con la orilla de concreto, pero después de un rato también se marcharon.

A las doce de la noche la explanada había vuelto a quedar desierta, y Paco y sus compañeros esperaban, con crecientes ansias,  la llegada de la novena madrina. Sentados en el suelo les dieron la una, la una y media, y no fue hasta las dos de la mañana que los faros del enorme vehículo aparecieron en el portón de la garita. Despacharon su trabajo en pocos minutos y caminaron hacia el supervisor para preguntarle si ya podían marcharse.

– Espérenme, compañeros, que estoy pidiendo autorización- decía el tipo.- Denme una hora y les resuelvo.

Maldiciendo, Paco y sus compañeros volvieron a posar sus traseros yertos sobre el piso de cemento. Hablaron de mujeres, de música, de futbol, de métodos para ganar la lotería, de religión, de política, de mujeres de nuevo. La mente de Paco divagaba, aburrida, mientras contemplaba la negrura del mar a través de un pasillo que se formaba entre las dos hileras de madrinas estacionadas, cuyos conductores esperaban la entrega de la documentación para poder partir en caravana hacia Puebla.

Algo se movía en el pasillo. El corazón de Paco dio un brinco cuando alcanzó a ver un hombre harapiento que corría hacia donde estaban sentados. Paco se irguió, pensando que sería algún drogadicto pendenciero , y entonces pudo ver que el hombre no se acercaba solo: lo seguían ocho sombras esqueléticas. Eran nueve los hombres que se aproximaban en total, completamente mojados, con largas heridas como latigazos sobre los brazos y piernas, todos negros como el carbón y descalzos.

(…)

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Written by F. Melchor

febrero 9, 2010 a 4:26 pm

Publicado en muelle, polizones, rumores

Una respuesta

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  1. Interesante la historia, aunk ya no se supo si pasaron o no? Yo trabaje ahi, conozco a los trabajadores que mencionas.

    Toño

    julio 26, 2010 at 2:10 am


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