.:Olas de Sangre:.

Síntesis, reseña y crítica de crímenes selectos, sucedidos en Veracruz, México

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El Templo del Vicio (fragmento)

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Apuntes para una crónica de la llegada del crack al puerto de Veracruz

Por Fernanda Melchor

(Publicado en la revista Replicante, no. 17, noviembre 2008-enero 2009)

Encuentra esta crónica completa en el libro “Aquí no es Miami”, a publicarse en marzo de 2013 por la editorial El Salario del Miedo.

crack

2008/No se metan con mis muchachos.  Harto del calor, de las comidas basadas en garnachas, de la peste a sobaco y encierro del cuartel, el secretario de Seguridad Pública se sacude de encima al matón que le cuida la espalda y escapa hacia la capital del estado, a bordo de su automóvil. Hace semanas que no ve a su familia, justo desde que iniciaran las amenazas telefónicas.

A la altura de Rinconada, en medio de una insistente llovizna,  dos camionetas negras se le pegan a los costados; una tercera unidad irrumpe desde una brecha rural y lo encajona. A punta de rifle, cuatro encapuchados lo obligan a bajar del vehículo.

– Te voy a pedir que tus muchachos no se metan con los míos-  dice Zeta, recostado sobre el cuero del respaldo. En la letanía que recita, el secretario reconoce el nombre completo de su mujer, la dirección de su residencia en Jalapa, los horarios de los colegios privados a las que asisten sus hijos.

 

2000/Ladrón que roba a ladrón: En el patio del doctor Careló, Pancho Pantera forja un cigarro de mariguana, pensativo. Se ha dejado crecer el bigote y lleva los cabellos pintados.

– Tengo que pensar bien cómo voy a chingar a esos vatos- murmura, pero no habla con nadie: maquila.

El oficio de Pancho Pantera consistía en robar a la mafia. Se hacía pasar por agente de ventas y ofrecía cocaína a precio de mayoreo a empresarios locales. Acudía a la cita con una bolsa de cal, pero antes de que pudiera abrir el paquete, una decena de malandros vistiendo playeras de la PGR –el equipo de seguridad de Pancho-  irrumpía en el sitio y confiscaba la “droga” y el dinero a cambio de la libertad de los traficantes.

La mitad del botín iba al bolsillo de Pancho. Pero este perdió sus contactos tras una estancia de cinco años en prisión bajo el cargo de delincuencia organizada. Cuando salió, los Zetas le había arrebatado el negocio.

– No quieren socios, esos vatos, quieren asalariados.

La punta del cigarrillo resplandece en la penumbra.

– Allá adentro son ellos, los presos, los que mandan a los custodios a castigo.

 

1997/Recuerdos de familia.- Hijo de madre soltera, el Pollero fue criado en un hospicio y entrenado desde chico para el encierro. Cansado de madrugar y de pasar hambres, mutilando aves en el mercado, se aferra al sueño de convertirse en narco y salir de la pobreza. El Pollero comienza a visitar a los presos del penal y a regalarles alimentos; quiere que la mafia lo observe y lo reconozca. Un guatemalteco agradece su deferencia y lo premia con el primer conecte: un botín de droga oculto en el interior de una camioneta decomisada. Las autoridades le niegan al Pollero el permiso para disponer del vehículo de su “tío”, pero este los convence de que sólo busca “recuerdos familiares”. En el sitio indicado por el viejo, encuentra dos kilos de cocaína.

Cuenta la leyenda que, al llegar a su casa, el Pollero pateó la olla de frijoles que hervían sobre el fogón y mandó a comprar cocteles de mariscos para toda la familia.

– Ora que estamos en el negocio hay que comer como los ricos.

 

Nota/ Proliferan los narquíquiris[1].- Hasta los años treinta del siglo pasado, el clorhidrato de cocaína podría adquirirse en forma de comprimidos en diversas farmacias del puerto. Fue en una de ellas, La Parroquia, ubicada frente a la Plaza de Armas del la ciudad, donde el Hijo Predilecto de Veracruz, Francisco Rivera Ávila, laboró como farmacéutico[2] y obtuvo el sobrenombre con el que firmaría sus décimas, Paco Píldora.

Posteriormente, un selecto círculo de agentes aduanales, juniors y empresarios de la construcción y de bienes raíces acaparó la oferta y la demanda del producto. La droga colombiana llegaba en contenedores, a través de buques provenientes de Sudamérica, o atravesaba el Caribe a bordo de avionetas, hasta llegar a las bodegas en Mérida y Chiapas.

 Durante los años noventa, la cocaína cruza la avenida Circunvalación[3]– ésa línea simbólica que divide a las calles del centro (la ciudad-museo) de las calles de las colonias (el reservorio del salvajismo) y se oferta a precios asequibles. El tráfico de drogas en la periferia es catalogado por las autoridades como “suministro entre viciosos”,  una actividad que genera escasas riquezas entre sus actores pero que es fuente de prestigio en la comunidad.

(…)

NOTAS

[1]Expresión jarocha que podría provenir de los términos narco: apócope de narcotraficante, y quíquiri o kíkiri: ave enana y de poco valor, en el caló de los criadores de gallos de pelea. Vendedor de droga de poca monta.

[2] Peredo, Roberto; “Diccionario biográfico de Veracruz”; México, Fundación Colosio, 2003; p. 211.

[3]Flores Martós, Juan Antonio; “Portales de múcara. Una etnografía del puerto de Veracruz”; Xalapa, Universidad Veracruzana, 2004; p. 89-97.

 

Written by F. Melchor

diciembre 10, 2008 at 11:53 pm