.:Olas de Sangre:.

Síntesis, reseña y crítica de crímenes selectos, sucedidos en Veracruz, México

No Comerás con la Boca Abierta

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I

Y entonces desperté.

Desperté parado frente al espejo del baño. Con la luz apagada. El aliento de la luna se colaba entre los fierros. De la ventana. Y en el espejo. Yo me buscaba en el reflejo, pero no estaba. Parpadeaba, estudiando el rostro. Era un tipo, un viejo ya, muy enfermo. Ojos negros, hundidos. Dientes, labios pálidos, cabello grasoso. Sudor. La imagen ondulaba, en la distancia, palpitaba.

Temía lo peor. Una de esas. Una criatura, atrapada. En la prisión del cráneo, asfixiando mis pensamientos. No me gustaba. El viento. La noche cantó allá afuera. Gritó. Miré la ventana, las sombras. Podía entender su dialecto.

¿Fue anoche, ayer? No sé. No era la primera vez. Esto ya había pasado. Abrir los ojos frente al espejo del baño, tratando de recordar. Perdido y sin ideas. ¿Cuánto tiempo mirándome? ¿Cuánto? ¿Cuánto tiempo sin pensar nada? Mas que ayer, en la noche, otra pesadilla. La luna era una mancha y yo seguía de pie. Desnudo. Sin poder dormir. Sábanas pesadas. Y el viento despertó. Los grillos cantaron. ¿O chillaron asustados? En lo alto de los almendros, los oí. Trataban de decirme algo. Que las criaturas venían. Se arrastraban en el patio. Susurrando.

Los caños, el agua goteaba. Quise romper las paredes. Quemarlo todo.

Alguna vez, yo había odiado la casa, su frente miserable,  sus entrañas. Con gusto arrojaba piedras a la fachada. Rompía las ventanas, expulsando fantasmas de yeso. Orines de perro y verdura manchaban mis manos. Al tantear un camino, abrirme paso, golpeaba las paredes. Las plantas trepadoras, que un día se alzaron. Sombras llenando los huecos. Desde entonces, el patio fue tierra de moho. Adentro de la casa pululaban las salamandras.

Algo cambió. Respiré. Me vi en el espejo. Sombras en mi espalda. Tragué saliva. Miedo. Como leche agria. Quise desmayarme, pero sudaba. El calor me mantenía despierto.

Porque el rostro del viejo era mi cara. Y flotaba, en medio de mi sueño. Indefenso. Ojos negros, nariz grande, la de ella. Copia rasgada. Una verruga. Erecta, en el mismo sitio de otro hoyuelo. El de él.

¡No! ¿Era cierto? ¡Yo debía conocer mi cara, mis gestos! ¡Yo no era ellos! Pero entorné los ojos. Vi pigmentos. Vi piel, carne, cabellos. Células ciegas fornicando. Sin prisa, en un hoyo, negro. En una caja de madera. En silencio. La feria de moléculas palpitaba, entre fluidos de risas y pelos.

Grité ¡Grité! Golpeé la cara del espejo. Rompí su ojo, apreté los dientes. Trozos de vidrio. Saliva en el suelo. Alcé las manos, y un arrollo manó. Sangre ¿Qué le había pasado a mis dedos?

Quería correr, correr, salir corriendo. Pero no podía. Los monstruos esperaban. Afuera. Espiaban, por los huecos. En las paredes. Ojos rojos, dientes verdes.Oí como me llamaban. Estúpidas.  Pero yo no iría.

Salí del baño. Vi la puerta. Abierta. Mi cama, y  Naná sentada en ella.

Pequeño.

Ahí estaba, en el borde apenas. Unas manos flacas, un rosario. Hacía tanto tiempo.

El justo.

Sus cataratas, azules, su sonrisa. Extendió sus brazos hacía mí. Con piernas de trapo, corrí. Descalzo. Mi cabeza buscó su seno.

Dilo.

Sentí sueño.

Dilo.

Jaló mis greñas.

Y recordé. Malaquías 4:23.

No dirijas hacía mí tu cólera, Señor, seré justo, la lanza que arroje a los impíos al mar de fuego.

Herón.

Ramas secas. Sus manos en mi cabeza. Comenzó a cantar. En mi cerebro ¿Desde adentro? Sentí miedo. La abracé, recordando. Naná. Un vestido manchado de cal. Plumas de paloma. Excrementos. Un pergamino, su viejo cuello. Y nada más.

Pero su voz, la canción. Estaba adentro de mí. Como ecos sobrepuestos. Me sentí conejo. Paralizado. Frente a los faros, la carretera. Un conejo aplastado. Ruedas hirvientes esparcen mis sesos. Como manteca. Linfa y sal sobre el asfalto. Los insectos me devoran, esparcen mis huesos al viento.

Y entonces quise hablar, quise contar. Había oído a los monstruos. En el techo.

Ella río.

Fue la pesadilla.

No, Naná. Hace años que no duermo 

II

Una tortura. Estar sentado, ahí. En plena deglución de bocados de pollo. Frijoles. Masa grasienta. Asqueroso. En mi boca había comida, pero no tenía ningún sabor. Y la furia, como ácido. Quemaba mis venas, mis tripas. Agruras de pesadilla. Bilis y vómito, amenaza multicolor.

Y los cerdos parlotean. Escupen el mantel amarillo. Tiburones. Bocas llenas de dientes, de alientos. ¿Cómo soportarlo? ¿Cómo no ahogarse entre arcadas? Entre saliva amarga. Maldita comida familiar.

Quiero despertar, abrir los ojos. Pero no puedo. Estoy atrapado, para siempre. Segundos como siglos. Arcos infinitos. ¡Señor, ayúdame! ¡Este es el infierno! Quiero llorar pero estoy seco. 

Los puercos gruñen. Señor, se rascan. Escucha. Cómo blasfeman con sus palabras. Cada bocado es una ofensa para Ti.

¿Estás ahí, Herón?

¿Que sucede? No quiero saberlo ¡Quiero despertar! ¡Ahora! ¿Pero de qué? Ya nunca sueño. No duermo. Un gemido lleno de comida.

– Eres un asco- dice el cerdo.

Los miro. Me miran. Pero no se quiénes son. Rostros borrosos. Imposible, otra vez. Un lamento se escapa. Al otro lado de la mesa. Ojos muertos. Observan, el plato lleno.

– No mastiques con la boca abierta.

Morder la lengua. Gritar, gritar, ¡gritar! ¡Yo no existo! El espejo vacío. Nada. Soy nadie. Soy humo de cigarro. Polvo y vidrios. Y chillar. Algo se desprende de mí. Brinca sobre la mesa, volcando manteles, platos. Se acurruca, en el rincón. Pero el arco muere, y sólo queda fuego. Fuego, líquido, en los parpados. Contraer la garganta. Soportar el reflujo. La nausea. Si gritas, te matas. De verdad. Si se escapa, el grito. Te destruyes por completo. Muerde la lengua. Un hilito de baba.

-¿Qué te pasa?

Mi padre. Canicas gastadas. Tantos pecados.

– Loco pendejo. Te voy a enseñar a respetar.

 No digo nada. No puedo verlo. Una mancha en la mesa, un delfín. La miro. Monstruo del diluvio, dinosaurio con alas. Huecos como pupilas. Muerdo mi lengua, pero ya se han ido. Azotan la puerta. Solo, al fin.

¿Naná?

Señor, hazme sordo. No quiero escuchar sus lamentos. 

III

El agua del baño está helada. Hiede. Palomas, flotando, en el tinaco. Yo las vi. Atrapadas. Temblaban bajo el agua. A oscuras. Pero no importa.

La mugre. Hay que arrancarla con la estopa. Su sonrisa, a medias. Ojos de sapo. Se pasean por mi cuerpo. Maldito, pude verlo. Abriéndose la bragueta. Cerdo. El pecado asomándose adentro.

Siempre ríe y se aleja. Y lloro, sin lágrimas, bajo el agua. Quiero lavar su mirada. Con la pómez. Desprender el olor, a pesar de la sangre. Restregando. Recordando. Hacía tanto tiempo.  

IV

¿Por qué me obligas? ¡No quiero! Ponerme los pantalones de pana, mamá. Pican. Ni los zapatos de charol. Están re feos. Y me aprietan los dedos. ¿Estás tonta? ¿Por qué lloras? ¡Ya déjame el pelo! Mira, tus lágrimas salen negras. Eres mala. Dices puras mentiras y por eso te odio. Te odio, fea. 

Sí, es en serio.

¡Mamá! ¿Por qué dices que Naná está durmiendo, si no es verdad? ¿No ves que está muerta? Mamá, si se está des-ba-ra-tan-do. En la mesa del salón. Ya no llores, mamá. Límpiale la baba. O mejor tápale la cara. Para no ver sus dientes. Los tiene chuecos. Y huelen a…

¿Por qué le hablas en secreto? ¿No ves que no escucha? Tonta.

No digas mentiras. No está durmiendo. Vele sus manos, palos chuecos.

Mamá. Ya, mamá. Tengo asco. ¡Deja de tocarle la cara! Está muerta.

Cállate ¡Ahí viene!

¡No la empuje! No la lastime, papá. Sí, es secreto.

¡No, no me pegue!

¡No, seré bueno, lo juro!

No, papá, el fuete no papá.

Ya, no digo nada. Suéltame.

Que está durmiendo. Les voy a decir. Te lo juro. Si me preguntan.

La viejita. Está allá arriba durmiendo. 

V

Cal,  dijo Naná. Pero yo ya sabía eso.

En el borde de la cama. Encogida. Pasaba las cuentas del rosario. Miraba al vacío. Yo estaba confundido. Los pies me fallarían en cualquier momento. Seguro ¿Cuándo había dormido? De pie. Frente a la cama. Naná señaló el baúl prohibido.

A lo lejos, un chapoteo. Las criaturas llegaban. Emisarios del averno. Sin huesos, arrastrándose. Las sombras conspiraban, pero yo estaba muy lejos.

Todavía.

Le dije a Naná. Estaba listo, terreno de revelaciones.

Un dedo transparente apuntó. Al baúl. No había llave, pero rompí el candado con un fierro. ¡Y el horror adentro! Iba a chillar, pero me golpeó la peste. Un puñetazo, al rostro, a las glándulas. Cerré la tapa sin quererlo. Vomitar. Jugos agrios. Los fantasmas, así hieden. Naná yacía en el fondo. Marchita. Desnuda en la cal. Fluidos secos. Pellejo. Cuencas vacías.

Mírate, Naná. 

Solo quedamos tú, y yo, y los inquilinos.

Cerdos asquerosos, los inquilinos. Impíos. Dejarla encerrada, en el baúl. En un cuarto de la casa. La renta, congelada. Sin agua, ni luz. Me habían prohibido hablar de ella. Tablas en las ventanas. Salir a la calle. Decir que estaba muerta. La viejita. ¡Pecadores! ¡Mentirosos, asquerosos pecadores! Dijeron que estaba loco. Yo, el justo. El único. El inocente. Los niños tiraban piedras. Pedían que saliera ¡Para golpearme! Rocas que rompían vidrios, abrían surcos. En mi cráneo. Porque decía locuras, sin remedio. Y decidieron encerrarme. En el cuarto, con Naná. Escuchaba sus gritos, sola. Pudriéndose en la caja.Yo los vi meterla al baúl. Llenarlo de cal. Estaba muerta, no dormida.

¿Naná?

Se había ido ¿Que hacer?

Y entonces lo supe.

Malaquías 4:26.  

VI

Yo seré tu lanza, Señor. Arrojaré a los impíos al mar de fuego.

La oportunidad. Hacer lo correcto. No puedo equivocarme. Aleja tu cólera de mí, pues soy justo. Y el olor es fuerte. ¿Qué tal si se despiertan?

¡Rápido! ¡Los monstruos! Se arrastran por el patio. ¡No tiembles! Hay que acabar, ya. Con esto. Termina pronto. O te comerán ¿Quieres ser masticado, digerido? Trozos de pollo infecto ¡No! ¡No pasará jamás!

Yo soy justo, y seré tu lanza. Tu espada, Señor. Mi alma es inmortal.

Camino. El pasillo, no acaba. Entro al cuarto. Los puercos roncan. Caras, vientres. Cáscaras nada más. No quiero ni tocarlos. Sábanas húmedas, de gasolina. Pobres cerdos. Pero hay esperanza: el fuego los redimirá.  La oscuridad aprieta. Pero hay alguien más en la casa.

Silbidos. Chapoteo, miembros deformes en el zaguán ¡Se acercan! Voces, perversas. Por el pasillo. Detrás de la puerta.  Marcas rojas, en el umbral. Resiste, Herón. Resiste

¡Señor, tu cólera! El mar de fuego. Seré tu lanza y tu altar.

Los cerrillos. En la bolsa. Mis manos tiemblan ¡No puedo! ¡No puedo flaquear!

Yo soy el justo. Hablo. El elegido.

 Dientes, rotos, los monstruos. Uñas. Extienden sus garras. Para rasgar. Devorar, alma y pellejo.

Esto tiene que acabar. Invoco el fuego ¡El resplandor, Señor! ¡Los gemidos! La noche se evapora. Enmudecen los grillos.

Ardo en vida, pero gozo. Porque Dios está conmigo. 

Y entonces desperté. Vi la luna en el espejo.

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Written by F. Melchor

febrero 2, 2007 a 11:29 pm

Publicado en piromanía, sueños

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