.:Olas de Sangre:.

Síntesis, reseña y crítica de crímenes selectos, sucedidos en Veracruz, México

Archive for febrero 2007

¿Retrato de una familia americana o simpatía por el diablo?

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arma homicida

Despite all my rage, I’m still just a rat in a Cage

– Billy Corgan 

I.- “El calor puede volver locas a las personas”, era una especie de frase maldita y aleccionadora por parte de las abuelas. Cuando pensábamos en ella, revisábamos verbalmente el catálogo de sucesos atroces que ya formaban parte del mosaico porteño: nuestros propios mitos, nuestras propias víctimas, nuestros propios asesinos. Sin embargo, cada vez que pasábamos la lista, nadie romantizaba el hecho de que algún conocido nuestro estuviera preso por haber asesinado a alguien, sólo enumerábamos y describíamos los acontecimientos como el notario que da legalidad a los asuntos jurídicos. Todo fue así, hasta que los muertos estuvieron demasiado cerca. 

El hermano menor de los Ladrón de Guevara cursaba quinto grado de primaria cuando se suicidó. Tenía diez años, estudiaba en La Salle y era un niño fresa: se disparó en la sien frente al salón de clases con la pistola de su padre, no sin antes haber regalado algunos de sus juguetes cumpliendo con una especie de herencia sarcástica. Si los espectadores no hubieran sido de quinto grado habría sido un gran performance. Hasta donde yo se no hubo una nota o alguna explicación, fue así, de repente.

 Casi diez años después, descubrí el video de una banda de Seattle que debutaba con un disco llamado Ten: Jeremy, de Pearl Jam, llamó mi atención de forma dramática mientras alguien a mi lado se burlaba para hacerme creer que era muy cool. 

II.- En el vacuo horizonte adolescente, uno encuentra historias similares, y sólo trascienden cuando el supuesto responsable es alguien famoso que incitó de forma indirecta a los púberes.

Dos adolescentes de entre trece y quince años hicieron un pacto suicida tras la muerte de Kart Cobain: se quitaron la vida con una pistola igual que el líder de Nirvana.

En 1990, Judas Priest fue llevado a juicio por los padres de James Vance y Raymond Belknap, un par de fans adolescentes que se suicidaron juntos. Los padres aseguraban que el detonante de la decisión habían sido los mensajes subliminales que la banda grabó en Better by you better than me, del album Stained Class (1978). Los dolidos padres pedían una indemnización de 6.2 millones de dólares; después de la batalla legal, el juez Larry Whitehead absolvió al grupo de toda responabilidad argumentando que los jóvenes habían crecido en un ambiente violento y miserable.

A Billy Corgan, de The Smashing Pumpkins, también se le consideró la causa del homicidio y violación que sufrió un adolescente por parte de un vecino un par de años mayor que él.

Ozzy Osbourne tuvo que librar varias batallas legales por su canción Suicide Solution incluida en Blizzard of Ozz, corte inspirado en la muerte de Bon Scot, el alcohólico cantante de AC/DC, quien murió ahogado en su propio vómito al desmayarse en su coche. El buen Ozzy se enteró a través de la prensa que existían tres demandas en su contra por el suicidio de tres jóvenes que habían actuado impulsados por Suicide Solution. El abogado de una de las víctimas tomó como alegato el inverosímil argumento de que Ozzy usaba una técnica en la composición que servía como hipnosis, aseguraba que en la canción podía oírse “shoot, shoot, get the gun, get the gun”. Ozzy ganó las tres demandas.

 Décadas atrás fue Helter Skelter de John Lennon quien incitó a Charles Manson a asesinar y torturar a Sharon Tate y amigos en la residencia Polanski. 

III.- Nunca he creído que la violencia como discurso -en el cine, los libros, la música o la televisión- tenga algo que ver con la violencia real. Pero para los militantes de la ultraderecha, la violencia en los medios de comunicación es la razón irrevocable de actos salvajes y crueles. Prueba de este pensamiento es, por ejemplo, la fuerte censura que reciben las películas en Inglaterra (país bélico y colonizador por antonomasia). Una de las pocas teorías serias que defienden esta postura- y que no parte de supuestos que involucran moralina- es la del biólogo británico Rupert Sheldrake sobre los hábitos repetidos. Según Sheldrake, tanto las leyes naturales como las del comportamiento humano son hábitos surgen, perduran o desaparecen conforme al uso que se haga de ellos. Así, los hábitos llegan a formar una suerte de memoria colectiva que el científico denomina campos mórficos.

 Dese su punto de vista, si una iniciativa positiva se repite de forma muy frecuente puede crear un campo morfogenético (un tipo de memoria intrínseca y poderosa) que extiende esa misma acción a través del tiempo. Siguiendo este razonamiento, algunos estudiosos que concuerdan con Sheldrake se han aventurado a decir que una acción violenta (como las que vemos diario en la televisión) tiene más posibilidades de ser imitada mientras más se repita. A estas opiniones el biólogo británico respondió así: “Resulta difícil separar los efectos de los medios de comunicación de los de una memoria colectiva por resonancia mórfica”. Seguramente con esto quiso decir que la violencia que perdura al interior de los campos morfogenéticos es la violencia real y no la recreada por los medios de comunicación. 

IV.- Romper juguetes es una costumbre infantil: por curiosidad doblan el cuello de su G.I. Joe para saber hasta dónde se estirará el plástico. Cuando el plástico se romper, hacen numerosos intentos por regresar la cabeza a su lugar, y al no lograrlo, se resquebrajan en un llanto de arrepentimiento, inventando cualquier tipo de excusa que los exima de la culpa: siempre habrá otro culpable antes de aceptar que ellos destruyeron su muñeco.

Esta es la historia resumida de una sociedad que insiste en perpetuar un estilo de vida que, a pesar de haber comprobado su inviabilidad, sigue siendo el patrón que promulgan los cristianos fundamentalistas, los líderes hipócritas, los manipuladores de medios de comunicación, las grandes empresas piramidales que venden un sueño de perfección basándose en cifras estadísticas de venta, etc. Toda esta estructura de vida mojigata, consumista, dictatorial y de falsos modelos ha dejado de lado a una adolescencia aburrida que no consigue satisfacerse con nada. No todos reaccionan igual, eso es cierto, pero no todos son igual de sensibles.

Cuando repaso los casos de estos jóvenes envenenados por la “negativa influencia” de sus ídolos roqueros –algunos parecen haber llevado una vida infantil muy parecida a la de sus fans- encuentro que rara vez la prensa hace una investigación exhaustiva alrededor de la noticia; se conforman con la anécdota amarillista y con el impacto que provoca el que un joven haya cometido un asesinato inspirado en Alice Cooper.

 Parece que, en el fondo, nadie desea saber cómo era el ambiente familiar de estos adolescentes, qué tan apreciados eran en la escuela, cuántos amigos tenían, si no eran el blanco de crueles burlas por parte de la estupidez-adolescencia, quiénes de ellos tenían padres golpeadores, quiénes sufrían trastornos de la personalidad, cuántos de ellos sufrieron abuso sexual, quiénes crecieron amedrentados en el seno de una familia católica y represiva, quienes eran medianamente felices. Antes de que nuestras instituciones acepten su parte de culpa en esta locura, siempre preferirán la imagen del viejo Ozzy (mordiendo un murciélago pensando que era de plástico) como el único destructor de sus muñecos. 

V.- Cuando ocurrió el suicidio de Ladrón de Guevara no hubo especulaciones alrededor del caso. Quizás algunos murmullos afirmaban que sí, que efectivamente el calor volvía locas a las personas. Nadie preguntó acerca de sus hobbies, y mucho menos por lo que ocurrió a detrás de las paredes de su casa. Terminamos por cubrir la historia con los olores salados de su hogar cerca de la playa. Preferimos no decir una palabra, alejarnos de la familia y no asistir al velorio. Como sentencia mágica, no volví a ver a sus hermanos. Sirva esto como un pésame con retraso de quince años. 

Texto: Norma Lazo (extraído del número 22 de la revista Complot Internacional, publicada en noviembre de 1998)

Foto: Evelo

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Written by F. Melchor

febrero 9, 2007 at 10:12 pm

Publicado en suicidio

Final abierto

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Él esta condenado a morir por amar demasiado.

Si quisieras ahora venir y acabar de una vez con mi vida,

Te lo pido, blanca mujer, que me lleves a tu eterna guarida.

Tengo tantas ganas de tí, pero no puedo llevarte ahora

Te toca todavía vivir… porque aún no te ha llegado la hora.

– Robi Draco Rosa, “Vagabundo”.

La tensión en la sala era agobiante. Los empleados de limpieza la habían acondicionado desde horas antes, por lo cual olía a limpiador de pisos mezclado con aromatizante ambiental barato. Como el calor era sofocante afuera, prendieron desde tres horas antes el aire acondicionado, lo cual enfriaba más el ambiente a pocos minutos de un gélido encuentro.

En un extremo de la mesa, Gloria miraba tres mensajes de texto en su celular. Todos le recordaban que tendría que volver a trabajar pronto.

El crimen no espera. Ella era una psicóloga criminal destacada con una experiencia asombrosa. En su larga carrera había tratado con matones, violadores de niñas, parricidas, homicidas, pederastas, narcosatánicos, suicidas frustrados, adictos y sidosos que contagiaron malsanamente a un gran número de personas.

Toda su experiencia en psicología criminal le enseñó que siempre había que estar un paso arriba de la persona que recibe la terapia. Hasta ese momento, nada de lo que había visto la había doblegado, ni siquiera el caso de aquella reina de carnaval que descuartizó a sus hijos y los puso dentro de las macetas de la entrada de su casa, desesperada porque había perdido a su marido.

Sin embargo, ni siquiera su amplia experiencia como profesional podría con lo que estaba a punto de cruzar la puerta.

Juan Manuel entró al cuarto. Vestía zapatos sin agujetas, playera y pantalón blanco. Tenía la mirada cansada, agobiada, llena de enojo y resentimiento acumulados. Su expresión corporal pasivo-agresiva mostraba a una persona a punto de estallar, pero sin energías para hacerlo.

Él llevaba dos semanas sin probar ningún tipo de estupefaciente. Su cuerpo mostraba los estragos causados por un síndrome de abstinencia, mezclado con una alimentación deficiente y un abatimiento del autoestima que secretamente practican los centros de rehabilitación como ‘terapia’.

Se sentó en la silla al otro lado de la mesa, a tres metros de Gloria.

– Hola-, dijo el joven en tono cortante.

– Se ve que no has comido nada, ¿así piensas recuperarte?-, le increpó.

El joven calló. Se mordía un labio. Gloria recuperó el tono de voz terapéutico con el que solía hablarles a sus pacientes.

– Nunca podrás recuperarte si sigues así. Me preocupa que nunca hagas caso, porque estoy invirtiendo en ti. Yo creo en ti.

Los dientes de Juan Manuel rozaban uno con el otro. Mientras oía esas palabras, un dolor punzante le llegó de la costilla derecha. El analgésico que le habían dado los doctores para que no le doliera la golpiza que le propinaron dos ‘terapeutas’ un día antes, había dejado de surtir efecto.

La mujer alzó la voz, pensando que el joven la ignoraba.

– ¿No vas a decir nada? ¿Es así como me pagas? ¿Siquiera me extrañas?

Juan Manuel volteó a ver a Gloria. La palabra ‘extrañar’, aunada al cansancio, la depresión y la golpiza del día anterior, hicieron catarsis. Su mano se hizo un puño cerrado, tenso. Recordó que nunca la extrañó porque nunca estuvo ahí. Siempre mostró más interés por hacer dinero.

– ¡Cállate! No me hables de eso. Tú nunca estuviste conmigo, porque si te hubiera interesado lo que me pasaba yo no estaría aquí, además…

– No digas pendejadas- le respondió Gloria-. No sé cuanto dinero dejé que te gastaras en tu vicio, ¿encima me reprochas que trate de ayudarte? Eres de lo peor, no cabe duda.

– Gracias por el cariño, mamá -respondió Juan Manuel, en tono sarcástico.

Ella era demasiado orgullosa como para aceptar una responsabilidad así. Ella, la aplicadora de la justicia, la mediadora entre el mundo de los que violan la ley y la respetan. Quien debe descifrar porqué la gente se vuelve adicta al dolor, a las drogas, a la muerte. Había entregado ya su vida a su carrera. Era reconocida. Era admirada por sus colegas. No podía perdonar tan fácilmente que su único hijo se hubiera dejado caer tan bajo. Durante mucho tiempo, lo hizo enfrente de sus narices.

Coleccionaba pastillitas de diversos colores y le cambió a su mamá la ubicación del cuarto al balcón frontal “porque así podía tomar aire fresco”, cuando en realidad era para salir a drogarse sin que ella se diera cuenta. Incluso repartía dosis de mota y coca cuando compraba mucha y le sobraba. No las vendía, pero siempre dijo que era mejor regalarlas que dejar que se echaran a perder.

Conoció mucha gente malandra. También anduvo metido en viajes con sustancias con denominaciones químicas. Un día, apareció solo en una playa, kilómetros lejos de su casa. Estaba desnudo, golpeado y sin dinero.

Sin embargo, siempre tenía un argumento para justificar su conducta. Una excusa que no fuera muy comprometedora, pero que permitiera ocultarle el estupor que le causaban las drogas. Eso y su conocida afición por las fiestas lo rodeó de mucha gente, aunque la mayoría de sus ‘amigos’ desconocían que estaba ahí internado. Pensaban que se había quedado en alguna fiesta larga, en un ambiente sicalíptico y música electrónica monocorde de larga duración.

En realidad, nadie lo extrañaba.

– Creo que eres muy ingrato. Yo he trabajado por ti, por mí, por los dos. Traté de darte una vida digna, que estudiaras en una buena escuela. Incluso te apoyé cuando me dijiste que no querías trabajar ¿Por qué pagarme de esta manera? ¿Crees que me siento orgullosa, que me gusta venir a verte aquí? He conocido gente encerrada en el penal de Allende con más calidad moral que tú-, respondió la madre en tono molesto por no ver signos de mejoría en su hijo.

¿Ingrato? ¿¡INGRATO!? ¡Tú eres una ingrata conmigo! Si supieras cómo me han tratado aquí. Me han partido la madre. Me dieron en la madre, tengo frío y no como bien… Me metieron una putiza, mamá.

– ¡Eso lo dices porque quieres salir de aquí a drogarte! ¡No voy a permitir que hagas eso! Con el dinero que estoy gastando para que te recuperes, para que dejes tu enfermedad, para que te cures, yo…

-¡Coño, mamá! ¿Ves cómo no escuchas? Siempre ha sido así, tu parte y nada más que…

-¡Ahora te callas! ¡NO ME VAS A FALTAR EL RESPETO ASÍ, hijo de la chingada!… ¿Es lo que quieres? ¡Anda, sé libre! ¡Eres libre de ir a drogarte! Ve y métete lo que quieras, ya te veré cuando te metan a la cárcel y espero que en ese momento, cuando me vuelvas a ver, te arrepientas de lo que dejaste ir. ¡ANDA, SALTE A LA CHINGADA DE AQUÍ! ¿QUERÍAS QUE TE HABLARA COMO UN CRIMINAL? ¡Ahí está! Hasta esto hemos llegado… No puedo soportarte más, nunca entiendes que yo te trato de hacer bien…” -, vociferó la madre con una enconada rabia, inusual en su comportamiento.

– Vete al diablo-, respondió el joven, frustrado por no obtener entendimiento de su madre una vez más en su vida.

De repente, los ojos de Gloria, a punto de llorar, se dilataron. Cayó al suelo, fulminada por un ataque cardiaco. Juan Manuel miró la escena y primero, dentro de su enojo por no comunicarse con ella, le dijo que dejara de actuar. Cuando se dio cuenta de que su mamá no estaba actuando, era demasiado tarde.

Al día siguiente, Juan Manuel abandonó el centro de rehabilitación. Quienes lo conocieron alguna vez cuentan que existen dos versiones sobre lo que le pasó al día siguiente del entierro de su madre, ambas difíciles de confirmar.

La primera apunta a que el joven, desesperado y deprimido, se mudó a la Ciudad de México, donde aprendió a cristalear automóviles para ganar dinero, mientras se volvió adicto de tiempo completo al thinner y el activo.

Otra versión apunta a que se fue para el norte, a buscar dinero y empezar una nueva vida, dejando atrás la que dejó en la ciudad que lo vio perderse y la vida que terminó el día que su madre murió.

Algún amigo de un amigo de Juan Manuel, parroquiano habitual en sus antiguas fiestas electro-drogadictas, afirma haberlo visto un día en la terminal de autobuses, aunque él no lo saludó, lo cual sustenta cualquiera de las dos teorías sobre su paradero.

 De todas formas, nadie lo extrañó. Texto: Sesiom Semenij

Written by F. Melchor

febrero 7, 2007 at 1:03 am

Publicado en rumores

La Furia de Jehová

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Los cuerpos de las hijas de Eloy León

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones

 porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí;

 Su Nombre es Santo y Su Misericordia llega a sus fieles

 de generación en generación. 

– Fragmento de la Oración de la Magnifica      

Serían casi las siete de la mañana. Se levantó de la cama y tomó su instrumento de poder. Inició la lectura de aquellos pasajes que tanta fuerza le darían. La misión estaba dada. La Biblia, el cielo y el infierno serían la eterna trifulca dentro de su cabeza aquella mañana del 17 de marzo.

De un extraño lugar extrajo aquel metal afilado. Cerró los ojos y oró por lo que vendría. Tan seguro estaba de aquello que no pensó más. Cubrió la mirada, la sensación, el oído y el tacto a su cometido.

Un solo tajo fue suficiente para cortar la vida de la que fuera su esposa, aquella que dormitaba sin conocer lo venidero. Con los temblores últimos que se le escapaban a Lucía, dio inicio a su festejo de sangre y horror.

Giró el cuerpo embrutecido por la demencia espiritual, y sus profecías se tornaron a los pequeños seres que dormían junto a la cama.

De Lucía Daniela, Dana Mariela y Luz María León Carmona, se sabría luego que la misma navaja les rondó el cuello, con más intensidad a las dos primeras; quienes en medio del llanto, ahogado por su propia sangre, no daban crédito a la vehemencia de su padre.

Sobre el piso quedó la de en medio

Luz María, con seis años de edad, tuvo la suerte (¿buena o mala?) de no morir. 

Después de ver aquel cuadro, el hombre se sentó a contemplarlo. Intentó, después de un rato hundir el mismo filo en su cuello, sin la fuerza aquella que arrancó la vida de las muertas.

En balde procuró el suicidio.

Hombre de fe: Dicen quienes estuvieron ahí que el rostro era como de aquel que está en cuerpo y no en mente. Un espíritu despreciado y alejado de su propio cuerpo. Un hombre de más de 30 años, con las manos manchadas de sangre sosteniendo la Biblia.

Lo que aquí se relata es el caso de Eloy León Reyes, hombre de fe y buenas costumbres, según dijeron después sus propios vecinos. Aquel que, dio muerte a casi toda su familia.  

El 17 de marzo del 2006, los periódicos locales describían uno de los crímenes más atroces, uno de los más hundidos en la memoria de esta zona. El lugar de los hechos: la calle Progreso sin número, de la colonia San José, del municipio de Paso de Ovejas, donde éste hombre, testigo de Jehová, arrebatado por un conflicto espiritual, dio muerte a toda su familia.

Yolanda Ordaz, reportera del periódico Notiver, narraba aquella tarde: “Toda la población está consternada, sin poder dar crédito a lo que hizo Eloy León Reyes, quien acabó con su familia sin motivo aparente, desquiciado probablemente ya que luego del crímen (sic) múltiple se dedicó a hablar incoherencias relacionadas con pasajes bíblicos y haciendo mención del mal”.

Los habitantes de este municipio no tardó en hacer sus propias conjeturas. Eloy había actuado bajo las órdenes de un demonio, estaba poseído, aseguraba la gente e. incluso, el mismo diario local: “Todo el pueblo de Paso de Ovejas, ha volcado su repudio contra Eloy por los crímenes que cometió, no hay explicación a los hechos, los más ancianos de la comunidad aseguran que un demonio se apoderó de él y lo hizo hacer todo esto”.

Las primeras declaraciones del detenido fueron producto del conflicto religioso. Mencionó haber asesinado a su familia con la clara intención de librarlas del mal que hay en el mundo. Su muerte había sido negociada por otra vida mejor. Los pasajes bíblicos ocuparon buen tiempo en sus deshiladas declaraciones ministeriales.

Eloy León es escoltado por la Policá Ministerial

Una vez levantados los cuerpos inertes de las tres difuntas, Eloy fue detenido y trasladado a los separos de la Policía Ministerial.

A un mes de cumplir un año del macabro suceso, Eloy León Reyes, sigue preso y en espera de que se le dicte sentencia por el crimen que aun hoy se recuerda.

Mientras, Luz María, la pequeña sobreviviente, aun convalece de aquella cicatriz que asoma su cuello.

Esa que quizás cargue toda la vida.

Texto: Benjamín Mares

Fotos: Evelo

Written by F. Melchor

febrero 6, 2007 at 8:51 pm

Publicado en asesinato

No Comerás con la Boca Abierta

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I

Y entonces desperté.

Desperté parado frente al espejo del baño. Con la luz apagada. El aliento de la luna se colaba entre los fierros. De la ventana. Y en el espejo. Yo me buscaba en el reflejo, pero no estaba. Parpadeaba, estudiando el rostro. Era un tipo, un viejo ya, muy enfermo. Ojos negros, hundidos. Dientes, labios pálidos, cabello grasoso. Sudor. La imagen ondulaba, en la distancia, palpitaba.

Temía lo peor. Una de esas. Una criatura, atrapada. En la prisión del cráneo, asfixiando mis pensamientos. No me gustaba. El viento. La noche cantó allá afuera. Gritó. Miré la ventana, las sombras. Podía entender su dialecto.

¿Fue anoche, ayer? No sé. No era la primera vez. Esto ya había pasado. Abrir los ojos frente al espejo del baño, tratando de recordar. Perdido y sin ideas. ¿Cuánto tiempo mirándome? ¿Cuánto? ¿Cuánto tiempo sin pensar nada? Mas que ayer, en la noche, otra pesadilla. La luna era una mancha y yo seguía de pie. Desnudo. Sin poder dormir. Sábanas pesadas. Y el viento despertó. Los grillos cantaron. ¿O chillaron asustados? En lo alto de los almendros, los oí. Trataban de decirme algo. Que las criaturas venían. Se arrastraban en el patio. Susurrando.

Los caños, el agua goteaba. Quise romper las paredes. Quemarlo todo.

Alguna vez, yo había odiado la casa, su frente miserable,  sus entrañas. Con gusto arrojaba piedras a la fachada. Rompía las ventanas, expulsando fantasmas de yeso. Orines de perro y verdura manchaban mis manos. Al tantear un camino, abrirme paso, golpeaba las paredes. Las plantas trepadoras, que un día se alzaron. Sombras llenando los huecos. Desde entonces, el patio fue tierra de moho. Adentro de la casa pululaban las salamandras.

Algo cambió. Respiré. Me vi en el espejo. Sombras en mi espalda. Tragué saliva. Miedo. Como leche agria. Quise desmayarme, pero sudaba. El calor me mantenía despierto.

Porque el rostro del viejo era mi cara. Y flotaba, en medio de mi sueño. Indefenso. Ojos negros, nariz grande, la de ella. Copia rasgada. Una verruga. Erecta, en el mismo sitio de otro hoyuelo. El de él.

¡No! ¿Era cierto? ¡Yo debía conocer mi cara, mis gestos! ¡Yo no era ellos! Pero entorné los ojos. Vi pigmentos. Vi piel, carne, cabellos. Células ciegas fornicando. Sin prisa, en un hoyo, negro. En una caja de madera. En silencio. La feria de moléculas palpitaba, entre fluidos de risas y pelos.

Grité ¡Grité! Golpeé la cara del espejo. Rompí su ojo, apreté los dientes. Trozos de vidrio. Saliva en el suelo. Alcé las manos, y un arrollo manó. Sangre ¿Qué le había pasado a mis dedos?

Quería correr, correr, salir corriendo. Pero no podía. Los monstruos esperaban. Afuera. Espiaban, por los huecos. En las paredes. Ojos rojos, dientes verdes.Oí como me llamaban. Estúpidas.  Pero yo no iría.

Salí del baño. Vi la puerta. Abierta. Mi cama, y  Naná sentada en ella.

Pequeño.

Ahí estaba, en el borde apenas. Unas manos flacas, un rosario. Hacía tanto tiempo.

El justo.

Sus cataratas, azules, su sonrisa. Extendió sus brazos hacía mí. Con piernas de trapo, corrí. Descalzo. Mi cabeza buscó su seno.

Dilo.

Sentí sueño.

Dilo.

Jaló mis greñas.

Y recordé. Malaquías 4:23.

No dirijas hacía mí tu cólera, Señor, seré justo, la lanza que arroje a los impíos al mar de fuego.

Herón.

Ramas secas. Sus manos en mi cabeza. Comenzó a cantar. En mi cerebro ¿Desde adentro? Sentí miedo. La abracé, recordando. Naná. Un vestido manchado de cal. Plumas de paloma. Excrementos. Un pergamino, su viejo cuello. Y nada más.

Pero su voz, la canción. Estaba adentro de mí. Como ecos sobrepuestos. Me sentí conejo. Paralizado. Frente a los faros, la carretera. Un conejo aplastado. Ruedas hirvientes esparcen mis sesos. Como manteca. Linfa y sal sobre el asfalto. Los insectos me devoran, esparcen mis huesos al viento.

Y entonces quise hablar, quise contar. Había oído a los monstruos. En el techo.

Ella río.

Fue la pesadilla.

No, Naná. Hace años que no duermo 

II

Una tortura. Estar sentado, ahí. En plena deglución de bocados de pollo. Frijoles. Masa grasienta. Asqueroso. En mi boca había comida, pero no tenía ningún sabor. Y la furia, como ácido. Quemaba mis venas, mis tripas. Agruras de pesadilla. Bilis y vómito, amenaza multicolor.

Y los cerdos parlotean. Escupen el mantel amarillo. Tiburones. Bocas llenas de dientes, de alientos. ¿Cómo soportarlo? ¿Cómo no ahogarse entre arcadas? Entre saliva amarga. Maldita comida familiar.

Quiero despertar, abrir los ojos. Pero no puedo. Estoy atrapado, para siempre. Segundos como siglos. Arcos infinitos. ¡Señor, ayúdame! ¡Este es el infierno! Quiero llorar pero estoy seco. 

Los puercos gruñen. Señor, se rascan. Escucha. Cómo blasfeman con sus palabras. Cada bocado es una ofensa para Ti.

¿Estás ahí, Herón?

¿Que sucede? No quiero saberlo ¡Quiero despertar! ¡Ahora! ¿Pero de qué? Ya nunca sueño. No duermo. Un gemido lleno de comida.

– Eres un asco- dice el cerdo.

Los miro. Me miran. Pero no se quiénes son. Rostros borrosos. Imposible, otra vez. Un lamento se escapa. Al otro lado de la mesa. Ojos muertos. Observan, el plato lleno.

– No mastiques con la boca abierta.

Morder la lengua. Gritar, gritar, ¡gritar! ¡Yo no existo! El espejo vacío. Nada. Soy nadie. Soy humo de cigarro. Polvo y vidrios. Y chillar. Algo se desprende de mí. Brinca sobre la mesa, volcando manteles, platos. Se acurruca, en el rincón. Pero el arco muere, y sólo queda fuego. Fuego, líquido, en los parpados. Contraer la garganta. Soportar el reflujo. La nausea. Si gritas, te matas. De verdad. Si se escapa, el grito. Te destruyes por completo. Muerde la lengua. Un hilito de baba.

-¿Qué te pasa?

Mi padre. Canicas gastadas. Tantos pecados.

– Loco pendejo. Te voy a enseñar a respetar.

 No digo nada. No puedo verlo. Una mancha en la mesa, un delfín. La miro. Monstruo del diluvio, dinosaurio con alas. Huecos como pupilas. Muerdo mi lengua, pero ya se han ido. Azotan la puerta. Solo, al fin.

¿Naná?

Señor, hazme sordo. No quiero escuchar sus lamentos. 

III

El agua del baño está helada. Hiede. Palomas, flotando, en el tinaco. Yo las vi. Atrapadas. Temblaban bajo el agua. A oscuras. Pero no importa.

La mugre. Hay que arrancarla con la estopa. Su sonrisa, a medias. Ojos de sapo. Se pasean por mi cuerpo. Maldito, pude verlo. Abriéndose la bragueta. Cerdo. El pecado asomándose adentro.

Siempre ríe y se aleja. Y lloro, sin lágrimas, bajo el agua. Quiero lavar su mirada. Con la pómez. Desprender el olor, a pesar de la sangre. Restregando. Recordando. Hacía tanto tiempo.  

IV

¿Por qué me obligas? ¡No quiero! Ponerme los pantalones de pana, mamá. Pican. Ni los zapatos de charol. Están re feos. Y me aprietan los dedos. ¿Estás tonta? ¿Por qué lloras? ¡Ya déjame el pelo! Mira, tus lágrimas salen negras. Eres mala. Dices puras mentiras y por eso te odio. Te odio, fea. 

Sí, es en serio.

¡Mamá! ¿Por qué dices que Naná está durmiendo, si no es verdad? ¿No ves que está muerta? Mamá, si se está des-ba-ra-tan-do. En la mesa del salón. Ya no llores, mamá. Límpiale la baba. O mejor tápale la cara. Para no ver sus dientes. Los tiene chuecos. Y huelen a…

¿Por qué le hablas en secreto? ¿No ves que no escucha? Tonta.

No digas mentiras. No está durmiendo. Vele sus manos, palos chuecos.

Mamá. Ya, mamá. Tengo asco. ¡Deja de tocarle la cara! Está muerta.

Cállate ¡Ahí viene!

¡No la empuje! No la lastime, papá. Sí, es secreto.

¡No, no me pegue!

¡No, seré bueno, lo juro!

No, papá, el fuete no papá.

Ya, no digo nada. Suéltame.

Que está durmiendo. Les voy a decir. Te lo juro. Si me preguntan.

La viejita. Está allá arriba durmiendo. 

V

Cal,  dijo Naná. Pero yo ya sabía eso.

En el borde de la cama. Encogida. Pasaba las cuentas del rosario. Miraba al vacío. Yo estaba confundido. Los pies me fallarían en cualquier momento. Seguro ¿Cuándo había dormido? De pie. Frente a la cama. Naná señaló el baúl prohibido.

A lo lejos, un chapoteo. Las criaturas llegaban. Emisarios del averno. Sin huesos, arrastrándose. Las sombras conspiraban, pero yo estaba muy lejos.

Todavía.

Le dije a Naná. Estaba listo, terreno de revelaciones.

Un dedo transparente apuntó. Al baúl. No había llave, pero rompí el candado con un fierro. ¡Y el horror adentro! Iba a chillar, pero me golpeó la peste. Un puñetazo, al rostro, a las glándulas. Cerré la tapa sin quererlo. Vomitar. Jugos agrios. Los fantasmas, así hieden. Naná yacía en el fondo. Marchita. Desnuda en la cal. Fluidos secos. Pellejo. Cuencas vacías.

Mírate, Naná. 

Solo quedamos tú, y yo, y los inquilinos.

Cerdos asquerosos, los inquilinos. Impíos. Dejarla encerrada, en el baúl. En un cuarto de la casa. La renta, congelada. Sin agua, ni luz. Me habían prohibido hablar de ella. Tablas en las ventanas. Salir a la calle. Decir que estaba muerta. La viejita. ¡Pecadores! ¡Mentirosos, asquerosos pecadores! Dijeron que estaba loco. Yo, el justo. El único. El inocente. Los niños tiraban piedras. Pedían que saliera ¡Para golpearme! Rocas que rompían vidrios, abrían surcos. En mi cráneo. Porque decía locuras, sin remedio. Y decidieron encerrarme. En el cuarto, con Naná. Escuchaba sus gritos, sola. Pudriéndose en la caja.Yo los vi meterla al baúl. Llenarlo de cal. Estaba muerta, no dormida.

¿Naná?

Se había ido ¿Que hacer?

Y entonces lo supe.

Malaquías 4:26.  

VI

Yo seré tu lanza, Señor. Arrojaré a los impíos al mar de fuego.

La oportunidad. Hacer lo correcto. No puedo equivocarme. Aleja tu cólera de mí, pues soy justo. Y el olor es fuerte. ¿Qué tal si se despiertan?

¡Rápido! ¡Los monstruos! Se arrastran por el patio. ¡No tiembles! Hay que acabar, ya. Con esto. Termina pronto. O te comerán ¿Quieres ser masticado, digerido? Trozos de pollo infecto ¡No! ¡No pasará jamás!

Yo soy justo, y seré tu lanza. Tu espada, Señor. Mi alma es inmortal.

Camino. El pasillo, no acaba. Entro al cuarto. Los puercos roncan. Caras, vientres. Cáscaras nada más. No quiero ni tocarlos. Sábanas húmedas, de gasolina. Pobres cerdos. Pero hay esperanza: el fuego los redimirá.  La oscuridad aprieta. Pero hay alguien más en la casa.

Silbidos. Chapoteo, miembros deformes en el zaguán ¡Se acercan! Voces, perversas. Por el pasillo. Detrás de la puerta.  Marcas rojas, en el umbral. Resiste, Herón. Resiste

¡Señor, tu cólera! El mar de fuego. Seré tu lanza y tu altar.

Los cerrillos. En la bolsa. Mis manos tiemblan ¡No puedo! ¡No puedo flaquear!

Yo soy el justo. Hablo. El elegido.

 Dientes, rotos, los monstruos. Uñas. Extienden sus garras. Para rasgar. Devorar, alma y pellejo.

Esto tiene que acabar. Invoco el fuego ¡El resplandor, Señor! ¡Los gemidos! La noche se evapora. Enmudecen los grillos.

Ardo en vida, pero gozo. Porque Dios está conmigo. 

Y entonces desperté. Vi la luna en el espejo.

Written by F. Melchor

febrero 2, 2007 at 11:29 pm

Publicado en piromanía, sueños