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	<title>.:Olas de Sangre:.</title>
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	<description>Síntesis, reseña y crítica de crímenes selectos, sucedidos en Veracruz, México</description>
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		<title>Veracruz se escribe con Zeta.</title>
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		<pubDate>Wed, 19 Oct 2011 22:31:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>olasdesangre</dc:creator>
				<category><![CDATA[asesinato]]></category>
		<category><![CDATA[crimen organizado]]></category>
		<category><![CDATA[rumores]]></category>

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		<description><![CDATA[Veracruz se escribe con Zeta Estampas de la vida en el puerto Por Fernanda Melchor Publicado en la edición del 13 de abril 2011 de la revista digital Replicante http://revistareplicante.com/destacados/veracruz-se-escribe-con-zeta/ 1 Harta de la cháchara de tus parientes — recién llegados de visita al puerto— tomas el auto y te diriges a la playa. Hace [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=olasdesangre.wordpress.com&amp;blog=737410&amp;post=140&amp;subd=olasdesangre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Veracruz se escribe con Zeta</strong></p>
<p>Estampas de la vida en el puerto</p>
<p>Por Fernanda Melchor</p>
<p><em>Publicado en la edición del 13 de abril 2011 de la revista digital Replicante</em></p>
<p><em><a href="http://revistareplicante.com/destacados/veracruz-se-escribe-con-zeta/">http://revistareplicante.com/destacados/veracruz-se-escribe-con-zeta/</a></em></p>
<p style="text-align:center;"><a href="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2011/10/foto0684.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-149" title="Veracruz" src="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2011/10/foto0684.jpg?w=300&#038;h=225" alt="" width="300" height="225" /></a></p>
<p><strong>1</strong></p>
<p>Harta de la cháchara de tus parientes — recién llegados de visita al puerto— tomas el auto y te diriges a la playa. Hace un clima estupendo: el sol brilla con júbilo en lo alto del cielo pero el viento es aún fresco y trae consigo un aroma a tierras lejanas.</p>
<p>Te estacionas frente al mar. Enciendes un cigarrillo sin bajarte del auto. El mar está casi inmóvil, tan pálido como el cielo. Las olas rompen con desgana en la playa, olas enanas que por momentos parecen hechas de plata y no de agua, de azogue, del material ese del que está hecho Robert Patrick en <em>Teminator II</em>.</p>
<p>La playa no está vacía. De hecho, te percatas que hay más gente de la que suele haber los miércoles por la mañana: un grupo de treinta o cuarenta muchachos caminan cerca de la orilla. Llevan los pantalones de mezclilla arremangados y las camisas en las manos. Los pechos son morenos y lampiños, los cabellos van engominados, alzados en crestas o relamidos contra el cráneo. Te llama la atención que el grupo parezca caminar hacia un sitio preciso en la orilla; incluso ignoran al franelero que les ofrece asiento en las mesas protegidas con sombrillas que ha colocado sobre la arena rastrillada. Los movimientos de los chicos, la forma de llevar las ropas, te recuerdan las maneras de los turistas cuando bajan a la playa en manada para meter los tobillos en el mar y tomarse fotos. Pero aquellos chicos tienen más pinta de albañiles en día de descanso que de turistas.</p>
<p>A veinte metros de tu auto, una destartalada vagoneta blanca se detiene. Cuatro hombres vestidos de raperos —ropas deportivas, tatuajes, lentes oscuros— descienden y alcanzan al grupo en la playa. No alcanzas a escuchar lo que dicen, pero parece que los recién llegados les ordenan formarse. Parece que se tomarán una foto de grupo porque todos se acomodan dándole la espalda al mar,  incluso los de enfrente se sientan en cuclillas. Pero nadie trae cámara.</p>
<p>Enciendes otro cigarro mientras los líderes y los chicos abandonan la arena y suben hasta la acera. Algunos se amontonan junto a la vagoneta blanca y uno de los que mandan —jersey de basquetbol verde claro— los reprende y los obliga a dispersarse. La puerta corrediza de la vagoneta se abre y dentro hay más gente. Te da la impresión de que van nombrando a los chicos, porque estos se acercan de dos en dos al vehículo y después se alejan del sitio con pequeños sobre color manila en las manos. Te fijas en una chica (hay quizás como tres o cuatro chicas entre el grupo): se acerca a tu auto mientras cuenta dinero, billetes verdes, nuevos, que no pueden ser sino de doscientos pesos. Sus labios regordetes se mueven mientras sus dedos se deslizan con pericia. Un auto amarillo, marca Mitsubishi, se detiene junto a ella. La chica —piel color canela, blusa rosa mexicano, sandalias con pedrería y lentes oscuros que le cubren la mitad del rostro— abre la puerta del copiloto —el <em>reguetón</em> truena— y sube al vehículo. Segundos después llega un BMW 3251, negro, al que suben tres chicos esmirriados —el menor no debe tener ni siquiera los quince años—. Luego es una camioneta cuya marca no reconoces: sólo sabes que es blanca, nueva y lleva los vidrios polarizados.</p>
<p>Para entonces te das cuenta de que hay dos hombres parados junto a tu vehículo. No te miran fijamente pero notas que se colocaron en tu punto ciego. No puedes mirarlos de lleno porque tendrías que volver la cabeza por completo y no quieres que se den cuenta que te diste cuenta. Tomas tu celular y le hablas a tu amigo Agustín, el primero del directorio. Charlas de cualquier cosa mientras fumas otro cigarrillo. Cuando los líderes de la camioneta te observan con recelo, dices alguna gracejada y ríes, para relajar tu rostro y no delatarte.</p>
<p>Te marchas un minuto después de que uno de los hombres te mostrara la cacha de una pistola asomando de la cintura de sus bermudas.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>2</strong></p>
<p>Nunca supiste su verdadero nombre. Te dio miedo preguntarle. Los amigos que te lo recomendaron lo llamaban Ángel del Mal; incluso así te lo escribió uno de ellos en la tarjeta en la que te pasó también su clave de radio y un número de celular. A ti te daba vergüenza aquel nombre tan payaso y lo llamabas Ángel, a secas.</p>
<p>La primera vez que le marcaste por radio lo citaste en un pequeño parque a dos cuadras de tu casa. No querías que supiera dónde vivías. Eran las ocho de la noche y el parque estaba a oscuras; por entre las ramas de los almendros soplaba la brisa fresca de octubre, ese vientecillo con olor a bosque que empujaba lejos el aire caldeado de la ciudad y que por la noche hacía aullar como desesperados a los perros de la cuadra.</p>
<p>Ángel del Mal se acercó a bordo de un automóvil oscuro, nuevo pero austero. Te pidió que subieras. Condujo el vehículo alrededor del parque mientras te mostraba una bolsa de supermercado atiborrada de paquetes diminutos; cada uno conteniendo un gramo de cocaína. Le compraste cuatro aquella primera vez. Tu mujer tenía antojo de marihuana pero Ángel no llevaba: te explicó que no le gustaba comercializar con mota pues ocupaba demasiado espacio, olía mucho y era tan barata que no le dejaba casi ganancias. Te cayó bien su franqueza, su bigote de Pedro Infante, su leve acento norteño, la sencillez de unas ropas que lo hacían lucir como el gerente de una tienda de zapatos. Le calculaste 40 años y un pasado castrense.</p>
<p>Comenzaste a llamarlo una o dos veces por semana; era un alivio no tener que aparecerse por las tienditas y lidiar con los vendedores callejeros; siempre querían propina, siempre miraban tu auto con codicia y algo de rencor. Poco a poco te atreviste a hacerle conversación e incluso preguntas. Sabías que no era correcto mostrar tanta curiosidad pero realmente querías saber si trabajaba para Los Zetas, aunque no los nombraste de esa manera porque estabas acostumbrado a no mencionar ese apelativo en voz alta, como todas las personas que conocías: dijiste “los de la última letra”. Mientras se efectuaba la transacción, Ángel habló. No dijo que sí ni que no pero te dio a entender que la mercancía que él repartía por toda la ciudad y que tú y tus amigos esninfaban ruidosamente en las fiestas provenía de este grupo delictivo. Te dio a entender que él era sólo uno de tantos vendedores autorizados y que sí se atrevía a incrementar el costo oficial de cada bolsa era para ahorrar a sus clientes la molestia de salir de sus domicilios. La confesión te puso nervioso; le estrechaste la mano con premura, abriste la puerta del auto para descender y casi te desmayas al ver la patrulla que los seguía con las luces apagadas.  Te imaginaste en los separos inmundos de la policía, a tu mujer teniendo que empeñar algo para pagar una multa de cuatro ceros, a tus amigos furiosos porque no llegabas con el perico. Pero Ángel, muy calmo, casi sonriendo, te dijo que bajaras del auto sin miedo, que la inmunidad ante la policía ya estaba incluida en el precio de cada grapa.</p>
<p>— Si se meten conmigo le responden a aquellos y no son pendejos— dijo.</p>
<p>Otra noche, de nuevo en su auto, le preguntaste si había más repartidores como él. Con el rostro súbitamente alargado, te contó que solía haber un muchacho que también vendía coca a domicilio y que siempre iba acompañado de una chica, para despistar a los militares en los retenes que a cada rato  improvisaban en las calles del puerto.  Ángel te contó cómo el chico había empezado a “jugarles chueco” a Los Zetas: para incrementar sus ganancias comenzó a comprarle droga a los “chapulines”, miembros de otros cárteles que actuaban en la periferia de la ciudad, hasta que los jefes se dieron cuenta de su traición y le exigieron a Ángel del Mal que “le pusiera el dedo”, que hablara por radio con el muchacho para que este le dijera dónde se escondía. Los sicarios mataron al muchacho y a la chica que lo acompañaba; Ángel estaba ahí.</p>
<p>— Me obligaron a seccionarlo— te confesó. Se retorcía el bigote con nervios.</p>
<p>La palabra se quedó rebotando en tu cabeza pero no fue sino hasta que entraste a tu casa y pasaste el seguro de la puerta, con tu botín bien guardado en una de las solapas de tu cartera, que comprendiste lo que tu <em>dealer</em> quiso decir con ese término que sonaba a medias médico, a medias burocrático: que los patrones lo habían obligado a descuartizar el cuerpo de su antiguo compañero.</p>
<p>La coca que compraste aquel día te supo a veneno pero te la acabaste toda, hasta la última morusa que quedó pegada al billete de veinte que utilizabas para inhalarla. Y es que con algo debías condimentar el par de botellas de whiskey de doce años que tus amigos habían llevado: ni modo que se las tomaran en seco.</p>
<p>Dos meses más tarde, Ángel del Mal dejó de responder su radio y tuviste que acudir de nuevo con los vendedores callejeros.</p>
<p><strong>3</strong></p>
<p>Era un sábado como cualquier otro. La tienda mayorista en la que trabajabas como cajero estaba a reventar de clientes y niños. Iniciaste tu día de la forma acostumbrada: con una junta de motivación en la que el gerente compelía a los empleados (“socios” era el término que prefería la empresa, para ahorrarse prestaciones laborales) a gritar y brincar abrazados. Tu sonrisa debía de ser tan amplia como la que lucía el botón que pendía de tu camisa, decía tu supervisor, pero rara vez lograbas mantenerla más de una hora seguida, lo que te restaba puntos de productividad y pesos en la quincena.</p>
<p>Todo transcurría con normalidad. El dolor de pies era aún soportable. Por la caja que atendías desfilaban las señoras que compraban pasteles congelados y latas de conserva gigantes; señores que iban por cartones de cigarrillos, comida preparada y licores. Y de repente, por ahí del mediodía, se formó ante tu fila una caravana de montacargas que arrastraban un par de refrigeradores, tres lavadoras, cinco hornos de microondas, pacas y pacas de ropas, cajas de licores y de golosinas. Estabas acostumbrado a facturar grandes pedidos de restaurantes y hoteles, así que no te extrañó que el total de aquella cuenta ascendiera a poco más de 10 mil dólares. Detrás del último carrito apareció un hombre de mediana edad, acompañado de seis muchachos de aires gansteriles. Le sonreíste al cliente, le deseaste una buena tarde y preguntarle por su forma de pago. Sin decir una palabra, él te entregó una tarjeta de crédito que fue rechazada por el sistema al primer intento.</p>
<p>Le pediste disculpas al cliente, le explicaste que tu terminal señalaba que la tarjeta había sido cancelada. Sin inmutarse, el hombre sacó otra tarjeta del bolsillo trasero.  Era un plástico virgen, sin letras ni números ni logos de ningún banco. Le diste vuelta entre tus dedos y miraste la banda magnética mientras sentías cómo los poros de todo tu cuerpo se levantaban.  Estiraste aún más tu sonrisa y te disculpaste nuevamente con el cliente: no podías pasar aquella tarjeta.</p>
<p>— Pásala, coño, tú pásala— decía el tipo, con evidente molestia.</p>
<p>— Pásala, pendejo. No hagas panchos— añadió uno de los malandrillos.</p>
<p>Como no sabías que hacer, seguiste el manual de la compañía: llamaste a tu supervisor. Los tipos te miraron con odio pero no serías tú quien les negara lo que querían. El supervisor tardó 15 minutos en llegar; la tienda estaba a reventar. Le entregaste la tarjeta; la miró por todos lados y se negó también a pasarla.</p>
<p>El hombre ni siquiera alzó la voz para explicarles que, si no le cobraban con aquel plástico, tú y el supervisor acabarían muertos en el estacionamiento, con las caras llenas de agujeros y los sesos desparramados.</p>
<p>Tu supervisor pasó de inmediato la tarjeta. Los hombres se marcharon tranquilamente con su mercancía.</p>
<p>Al día siguiente presentaste tu renuncia. Necesitabas el trabajo pero no sabías si los tipos aquellos volverían. Más tarde te enteraste que tu supervisor había hecho lo mismo.</p>
<p style="text-align:center;"><a href="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2011/10/foto0401.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-153" title="Vida nocturna." src="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2011/10/foto0401.jpg?w=300&#038;h=225" alt="" width="300" height="225" /></a></p>
<p><strong>4</strong></p>
<p>Lo tuyo, lo tuyo siempre ha sido el antro. Incluso tu fiesta de XV se celebró, allá a finales de los noventa, en la que era la disco más <em>cool</em> del puerto. Tu papá ya había rentado el Casino Naval y te imaginaba rodeada de chambelanes, con vestido de crinolina, lanzando palomas blancas al techo. Tuviste que encerrarte dos días en tu cuarto y gritar que te matarías si tus amigas te llegaban a ver bailando el vals con un algún naco de la Academia Naval, para que finalmente tu papá accediera a rentar el antro y se olvidara del pastel de tres pisos.</p>
<p>Conoces todos los centros nocturnos del puerto, o al menos todos los que valen la pena. No te importa realmente que en las bocinas truene el pop, el <em>reguetón</em>, el <em>lounge</em> o la salsa; para ti siempre ha sido más importante la convivencia: estar con la gente que quieres y admiras, echar relajo sin tener que abundar en conversaciones aburridas, bailar y beber y reírte hasta el amanecer.</p>
<p>Te gustaba en particular aquel antro de decoración<em> vintage</em>, asientos de terciopelo y arañas de cristal en el techo. Y te gustaba porque era el más costoso del puerto, el más nuevo, el más exclusivo. Únicamente la gente bonita y bien vestida podía ingresar al local; podías ser rubio de ojo azul y hablar francés, pero si llegabas en bermudas y chanclas, <em>bye</em>, no pasabas de la puerta. Era tan pero tan glamuroso que a veces sentías pena de tener que ponerte la misma blusa dos veces, cuando sabías que había chicas que llevaban vestidos de diseñador de 30 mil pesos. Pero una vez adentro te encontrabas con todo el mundo y tus complejos se diluían como el hielo <em>frappé</em> en tu trago de colores.</p>
<p>Por eso te llamó tanto la atención aquel grupo de prietitos pelos necios, vestidos con camisas deportivas y gruesas cadenas, que empezó a acudir los fines de semana al antro. Se veían tan fuera de lugar que todo el mundo se les quedaba viendo de reojo y nadie entendía, al principio, por qué el dueño del lugar se deshacía en caravanas y las ofrecía siempre las mejores mesas, aquellas que ni tus propios amigos lograban reservar. Mucha gente se molestó, y no porque fueran morenos; algunos de tus amigos lo eran y tenían más dinero que los güeros; lo raro era que los tipos aquellos no bailaban ni se divertían.  Se la pasaban mirándose las caras mientras bebían como cosacos, en completo silencio. A veces iban acompañados de mujeres; todas te parecían vulgarsísimas, corrientes, incluso con tremendas joyas que lucían.</p>
<p>Un amigo te contó que los tipos aquellos eran narcos y le creíste: tenían la misma pinta de los que salían en la tele, esposados frente a mesas atascadas de metralletas. Tu amigo te aconsejó que jamás les dirigieras la palabra ni voltearas a mirarlos siquiera porque ya había pasado, te contó, que en algún otro antro del puerto un grupo de sujetos de las mismas características se prendaban de alguna chica y decidían llevársela, aunque tuvieran que deshacerse del marido o de los pretendientes. No le creíste, parecía el argumento de una película chafísima, pero luego tu mamá te contó que aquello realmente le había pasado a la hija de una señora que le había mandado un correo a una amiga suya. Te traía tonta con sus advertencias y consejos bienintencionados cada vez que te arreglabas para salir, y acabaste por prometerle que ya no acudirías a la disco. Pero seguías yendo. Te aburrías horrores en los bares y las fiestas caseras.</p>
<p>La última vez que pusiste un pie en aquel antro fue una noche de sábado para domingo. El lugar reventaba de gente y ruido y de un momento para otro las luces se encendieron y la música se murió en las bocinas. Un grupo de tipos armados había entrado al antro, se dirigieron a una de las mesas y sacaron cargando a un muchachito. Pudiste ver todo lo que le hacían porque el antro tenía grandes ventanales que daban hacia  el Boulevard Ávila Camacho, la avenida que recorría toda la costa. Tres camionetas detenían el tráfico de la avenida; cinco sujetos golpeaban por turnos al chico; le sacaron sangre de la cara con las culatas de sus fusiles y después, cuando quedó inconsciente, lo levantaron del suelo y lo arrojaron dentro de una de las camionetas.</p>
<p>Dentro del antro todos tenían cara de espanto, menos los narcos de la mesa junto a la pista. Pensaste en el pobrecito muchacho; tan guapito que se veía. La gente cuchicheaba y muy cerca de tu mesa alguien comenzó a gritar en un radio, decía algo sobre la policía.</p>
<p>Uno de los narcos, un tipo imponente, con el pelo cortado de cepillo, se levantó de su asiento y sin dirigirse a nadie en particular, gritó que “ahí no había pasado nada”.</p>
<p>— ¿O qué, alguien vio algo? —reclamó, con los brazos en jarras.</p>
<p>Todos huyeron en estampida. Ni siquiera alcanzaron a pagar las cuentas. Tú ibas llorando. Tenías mucho miedo y no podía creer que la ciudad en que habías nacido se estaba convirtiendo en uno de esos lugares feos que existen en la frontera, en donde no hay donde salir a divertirse porque a cada rato hay balaceras.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>5</strong></p>
<p>Te despiertas con el ruido de las metralletas tronando afuera de tu casa. Saltas de la cama y cruzas corriendo el pasillo para entrar al cuarto de tu hijo: yace en su cama, despierto y asustado. Tu esposo se asoma por la ventana de la sala y te grita que te arrojes al piso. Te dice que afuera hay soldados, que van armados, que acaban de agarrar tu auto como parapeto, que apuntan a una camioneta volcada al final de la calle.</p>
<p>No te atreves a abrir la puerta de tu casa hasta bien entrada la mañana. Algunos reporteros tocan el timbre pero no les abres.</p>
<p>Todo aquel mes te ves incapaz de dormir de corrido: cada vez que cierras los ojos vuelves a escuchar el clamor de las balas.</p>
<p style="text-align:center;"><a href="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2011/10/foto0161.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-151" title="Invernadero esquina Marte." src="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2011/10/foto0161.jpg?w=225&#038;h=300" alt="" width="225" height="300" /></a></p>
<p><strong>6</strong></p>
<p>Hace tiempo que no paseas por aquel barrio. Hay muchas más casas de las que recordabas, más lujosas que entonces, ahora pintadas de alegres colores y decoradas con molduras de importación y portones blancos. No queda ni rastro del terreno baldío en el que jugabas beisbol y cazabas lagartijas con tus amigos, pero la escuela primaria a la que asististe durante seis años está en el mismo sitio; incluso sigue pintada de blanco, aunque ahora luce más pequeña de lo que recordabas. La puerta de entrada ya no es más una reja de fierro sino un portón de aluminio albo. Detrás de ella escuchas gritos infantiles, risas: supones que es la hora del recreo.</p>
<p>Se te antoja de repente entrar a la escuela y subir a la dirección para saludar a aquella prefecta bajita, de voz atiplada, que te jalaba las orejas con dulzura cuando hablabas demasiado en clase, o a tu maestra de sexto año, la que te dio a leer a Malfalda y te contó lo que realmente había pasado en Tlatelolco, esa mujer morena, de gruesos lentes, que te enseñó a ti y a tus compañeros cómo jugar beisbol sin guantes, al estilo del pequeño pueblo selvático del que provenía. Estás a punto de presionar el timbre cuando recuerdas que no cuentas con mucho tiempo, que sería mejor apresurarte a llegar a la oficina. Permaneces unos minutos más frente al portón y te prometes a ti misma que pasarás después a saludar a tus antiguas maestras. Te das la vuelta para marcharte y entonces reparas en una especie de florero que alguien ha colocado en el borde de la acera, junto a un pequeño árbol que no existía en tus tiempos de escolar. Te acercas a contemplarlo. Las flores que contiene están marchitas pero lucen recientes. Sobre el suelo, desperdigados, yacen los pedazos de una cruz de yeso rota. Te inclinas para mirar los fragmentos; hay letras doradas en ellos. Los acomodas sobre la acera para formar un nombre y una fecha: “Miriam M. Barra. 1974-2010”. Sobre el tronco del árbol descubre un cristo de metal, clavado. Haces la resta correspondiente: Miriam tenía 36 años el día de su muerte, ocurrida en aquella misma esquina; seguramente en un accidente de tráfico. Te marchas del lugar chiflando la canción con la que la radio te despertó aquella mañana.</p>
<p>Pasan dos días. El nombre de Miriam M. Barra se te ha quedado grabado. Te aburres en la oficina; tienes que esperar instrucciones que no llegan y para matar el tiempo, decides buscar aquel nombre en el explorador pero la búsqueda no arroja ningún dato interesante. Decides entonces probar con los nombres de las calles. Tecleas “Invernadero esquina Marte”: la primera entrada que aparece proviene de un periódico en línea y anuncia: “Apareció descuartizada”. La fotografía que acompaña la nota muestra a un grupo de policías vestidos de negro en el proceso de levantar un bulto envuelto en sábanas ensangrentadas, casi frente al portón blanco del colegio. Las notas suponen que el cuerpo pertenece a Nayeli Reyes Santos, empleada del Poder Judicial de la Federación, secuestrada cuatro días antes del hallazgo. Las imágenes abundan: instantáneas de Nayeli en vida (cabello liso, mechas rubias, sonrisa coqueta, rostro afilado) y de su cuerpo mutilado: piernas cortadas a la altura de la ingle, brazos amoratados, separados de un torso apenas cubierto por una camiseta a rayas y una cartulina (“Ezto le va a pasar a todoz aquelloz que falten al  rezpeto o pongan el dedo a la compañía. Atte Z”) que alguien fijó a la carne con un cuchillo, hundido hasta la empuñadura. Las siguientes notas consignan el reconocimiento del cuerpo por parte de un familiar cercano de Nayeli y la devolución del mismo, dos días después, en pleno velorio: los padres de la abogada de 32 años abrieron el ataúd y se percataron de que el cuerpo que lloraban tenía cabello oscuro y rizado y llevaba tatuajes que Nayeli nunca se había hecho.</p>
<p>Te embarga la tristeza. No hay ninguna información que consigne la posterior identificación del cuerpo de Miriam M. Barra, de 36 años, ni la aparición, con vida o sin ella, de la empleada del PJF. Recordaste lo que alguna vez te contó una amiga artista que había trabajado con una embalsamadora: no existen cuerpos femeninos en las facultades de Medicina porque estos siempre terminan por ser rescatados de los anfiteatros, lo que siempre no sucede con los varones. Pensaste en el dolor de la familia de Miriam, en las flores marchitas por el calor pero relativamente recientes en el florero, en la cruz rota sobre la acera. ¿Habrían sido los perpetradores de su homicidio quienes la habían arrojado al suelo para destruirla? ¿O sólo una travesura de los niños de la escuela, un mero accidente?</p>
<p>Los ojos te lagrimean. Te los limpias con coraje: ya no eres una chiquilla y no puedes darte el lujo de llorar por quien no conoces. Recuerdas aquella vez en que la maestra de sexto puso en clase ese video en donde los soldados le disparaban a los estudiantes, allá en la Plaza de las Tres Culturas, y recuerdas también que, aquella misma noche, fuiste incapaz de pegar el ojo pues aún podías escuchar los gritos, los cantos de los muchachos, sus consignas. Diste vueltas bajo tus sábanas de Garfield hasta bien entrada la madrugada; tenías la sensación de que tú eras tan culpable como los soldados, como el presidente con cara de chango que salía gesticulando en el video y al que los estudiantes le mentaban la madre horas antes de caer al suelo, despedazados por las balas.</p>
<p><strong>7</strong></p>
<p>Llevas ya ocho días yaciendo en una camilla en la sala de urgencias del IMSS. Tu tía te cuida. Todos los días te dice que ya en cualquier momento serás trasladado a un hospital en el que podrán coserte el hueco de la espalda, que ahí en Urgencias no pueden hacer nada porque no estás afiliado. Te dice también que el gobernador pregunta a diario por ti y que se ha comprometido a conseguir atención médica y una beca para que puedas terminar de estudiar la secundaria.</p>
<p>Llevas ya ocho días en aquella camilla, bocabajo, con las moscas zumbando en torno a tu cabeza, sin que te suban a piso ni te trasladen. Te medican y ponen sueros, te inyectan todo el tiempo. Antibióticos, sobre todo, para que la herida no se te pudra. La tienes cubierta de gasa y no permiten que te la toques, aunque tú te empeñas en hacerlo y a veces, cuando tu tía no te vigila, cuando las enfermeras se marchan a atender a los pacientes, te retuerces para llevarte una mano a la espalda y sentir el hueco que la bala expansiva te dejó a la altura de la paletilla.</p>
<p>— Cinco centímetros más adentro y no la cuentas— te dijo el médico.</p>
<p>El dolor aumenta durante la noche, cuando los medicamentos reducen su efecto y el silencio del hospital te recuerda que tu madre está muerta, que la mataron las mismas balas que te hirieron cuando viajaban en un taxi por la calle La Fragua, hace ocho días.</p>
<p>Y entonces lloras, aunque tu tía esté contigo, aunque te acaricie la cabeza y te pida que no lo hagas, que tu mami se pondría más triste de verte sufrir tanto. Lloras porque tú fuiste el de la idea de ir a cenar tortas después del concierto de la Arrolladora Banda Limón en el Auditorio Benito Juárez y porque fuiste tú el que eligió el carro que se atravesaría en el medio de la balacera.</p>
<p>Y ni siquiera pudiste ir al velorio, ni siquiera pudiste llevarle flores y pedirle disculpas. Por eso lloras, porque todo es tu culpa.</p>
<p><strong><br />
</strong></p>
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			<media:title type="html">Invernadero esquina Marte.</media:title>
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		<item>
		<title>La casa del Estero</title>
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		<pubDate>Sun, 09 Jan 2011 23:05:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>olasdesangre</dc:creator>
				<category><![CDATA[rumores]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Fernanda Melchor Afortunado aquel que logró conocer la causa de las cosas y puso bajo sus pies todos sus temores, la creencia en un destino inexorable y el estrepitoso ruido del Aqueronte. - Vigilio, &#8220;Geórgicas&#8221; 1 Todo comenzó con una llamada. — Oye, Jorge, vamos al Estero&#8230; Era Betty al teléfono. Al fondo se [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=olasdesangre.wordpress.com&amp;blog=737410&amp;post=132&amp;subd=olasdesangre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;"><a href="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2011/01/la-casa-del-diablo.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-133" title="La Casa del Diablo" src="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2011/01/la-casa-del-diablo.jpg?w=300&#038;h=225" alt="" width="300" height="225" /></a></p>
<p style="text-align:left;">Por Fernanda Melchor</p>
<p style="text-align:left;"><em>Afortunado aquel que logró conocer la causa de las cosas</em></p>
<p style="text-align:left;"><em>y puso bajo sus pies todos sus temores,</em></p>
<p style="text-align:left;"><em>la creencia en un destino inexorable</em></p>
<p style="text-align:left;"><em>y el estrepitoso ruido del Aqueronte.</em></p>
<p style="text-align:left;"><em>- </em>Vigilio, &#8220;Geórgicas&#8221;</p>
<p><strong>1</strong></p>
<p>Todo comenzó con una llamada.</p>
<p>— Oye, Jorge, vamos al Estero&#8230;</p>
<p>Era Betty al teléfono. Al fondo se escuchaban las risitas de Jacqueline y de Evelia.</p>
<p>“El Estero. Quieren ir a esa maldita casa de nuevo” pensó Jorge y la modorra de las cuatro de la tarde lo abandonó por completo.</p>
<p>— No puedo ir, no tengo dinero.</p>
<p>Fue seco para desanimarlas.</p>
<p>— ¡Anda, Jorge! Nosotras ponemos la botella…</p>
<p>Jorge miró el rostro dormido de su abuela, su boca ligeramente abierta, las cobijas hasta la barbilla. El teléfono estaba en el cuarto de la anciana pero ella nunca escuchaba el timbre.</p>
<p>— No tengo nada, ni para el autobús.</p>
<p>— ¡No importa, nosotras te invitamos!</p>
<p>A lo lejos se escuchaba una canción de Soda Estéreo.</p>
<p>—  Anda, no seas mamón. Te esperamos en Plaza Acuario— gritó Betty, y luego colgó.</p>
<p>Jorge marcó entonces el número de Tacho.</p>
<p>— Oye, carnal, fíjate que…</p>
<p>— Sí, ya me hablaron.</p>
<p>— ¿Tú qué dices? ¿Vamos?</p>
<p>Tacho permaneció en silencio. Jorge retorcía el cordón del teléfono entre sus dedos. Conocía bien a Tacho y sabía que estaría recordando la aventura de la semana anterior. “Las caras largas de los cadetes, la herida en la cabeza de Karla”. Deseaba con toda el alma que su amigo se negara a ir.</p>
<p>— Pus vamos a ver qué pasa— acabó murmurando Tacho, y Jorge apretó los labios. Colgó el aparato y fue a darse una ducha. Por la ventana del baño observó que el cielo se cubría de nubes negras y se alegró. Se vistió y salió de la casa sin despertar a la abuela.</p>
<p>No había avanzado ni diez metros sobre la avenida cuando el aguacero comenzó a caer. Gotas gruesas y tupidas oscurecieron el pavimento pero Jorge no se molestó en cubrirse. “Ahora Tacho no querrá ir, es la excusa perfecta”. ¡Cómo amaba Jorge las tormentas instantáneas de finales de primavera!</p>
<p>Para cuando llegó a casa de su amigo, la lluvia había cesado. Tacho fumaba bajo un árbol; estaba listo.</p>
<p>— ¿Qué onda, Jorge, nos vamos?</p>
<p>El sol brillaba de nuevo en el cielo e iluminaba las fachadas de las casas. Los niños regresaban en tropel a las calles. Algunos llevaban barcos de papel en las manos; los hacían navegar sobre un arrollo bajo la cuneta. “En menos de una hora, toda esta agua será aire caliente de nuevo”, pensó Jorge, derrotado.</p>
<p>— Pues vamos.</p>
<p>Llevaba el corazón como exprimido por un puño invisible mientras caminaban al sitio en el que las chicas ya los esperaban.</p>
<p><strong>2</strong></p>
<p>De niño, Jorge había escuchado muchas leyendas sobre la casa del Estero. Se decía que los dueños pertenecían a una secta satánica, que realizaban rituales abominables en los túneles que pasaban por debajo de ella. Que el lugar había sido construido para albergar un hotel con restaurante que nunca pudo ser inaugurado, supuestamente porque uno de los vigilantes perdió el juicio y asesinó a su familia entera ahí adentro y luego se suicidó, y que desde entonces el alma del sujeto penaba entre los escombros y la vegetación salvaje.</p>
<p>Jorge escuchaba con atención todos aquellos rumores en el patio de la escuela pero jamás dejó de pensar que eran meras exageraciones. Él mismo no había visto la casa más que dos o tres veces desde el puente del Estero, al viajar en autobús rumbo a Alvarado. Era una mansión de tres pisos, con paredes de ladrillo y ventanas sin cristales. Una ceiba terca trepaba junto al edificio; sus raíces leñosas parecían alimentarse de los cimientos.</p>
<p>Cuando Jorge tenía 15 años convenció a la pandilla de <em>scouts</em> a la que pertenecía de que realizaran una expedición a la casa abandonada y comprobaran si era cierto que nadie podía pasar una noche entera ahí dentro. Como escultistas de libro de texto, realizaron algunas visitas fugaces para conocer el terreno: entraron por un agujero al primer piso, recorrieron los cuartos oscuros y malolientes que parecían haber sido construidos bajo un diseño laberíntico. Entre risas nerviosas llegaron al tercer piso, el único lugar que realmente tenía apariencia de restaurante, con su barra y su cocina y sus cuartos de baño. Todo estaba cubierto de hojas secas, excrementos de roedores y cadáveres de lagartijas.</p>
<p>Lo único extraño que encontraron fue, en las habitaciones detrás de la barra, un portal con marco de piedra. Miraron adentro y vieron que se trataba de una escalera que descendía en espirales hacia la oscuridad.</p>
<p>Se marcharon, y cinco días después estaban de vuelta, con linternas, tiras de halógeno, cuerdas, provisiones de comida y agua, y una estrategia contra el pánico que el mismo Jorge había diseñado.</p>
<p>—Todos ustedes han escuchado los rumores. Lo importante es permanecer tranquilos si sienten algo extraño para que no nos entre el pánico— los aleccionó Jorge antes de emprender el viaje a Boca del Río. Ya habían decidido incluso el orden en el que descenderían: primero El Puma, que a sus 19 años era considerado por todos como un verdadero adulto y por ello portaba el bastón del mando del clan. Luego seguiría Jorge, luego Adán y hasta lo último Lilí. A Roxana le tocó vigilar el extremo de la cuerda con la que se amarraron, como exploradores alpinos, antes de descender.</p>
<p>Ahí adentro apestaba a humedad y podredumbre. Avanzaron lentamente porque los peldaños de la escalera se desmoronaban y la oscuridad era absoluta. Después de unos minutos El Puma ordenó:</p>
<p>— Enciendan sus linternas.</p>
<p>Pero ninguna de las cuatro funcionaba. “Pero si probamos las baterías allá arriba”, pensó Jorge, aunque se cuidó de decirlo en voz alta.</p>
<p>Los chicos sacaron entonces las tiras de halógeno de sus bolsillos, y fueron quebrándolas para obtener una luz verde, fluorescente, que apenas iluminaba el camino. Así descendieron unos diez metros más. Hacía demasiado calor y el sudor traspasaba las prendas de sus uniformes. Delante de Jorge, El Puma tanteaba el terreno con el bastón de mando; por detrás, Adán respiraba contra su nuca y a Liliana le castañeaban los dientes. Jorge también sentía miedo pero la flaqueza era algo que debía aprender a dominar, a controlar, si es que quería ingresar al Colegio Militar cuando cumpliera 18 años. Su sueño no era vestir el uniforme negro de los cadetes, sino hacer la carrera de las armas para unirse luego a la Legión Extranjera, y escapar así de Veracruz , de la abuela.</p>
<p>—Esperen…—balbuceó El Puma de pronto.</p>
<p>Jorge chocó contra su espalda.</p>
<p>— ¿Qué pasa?</p>
<p>— Me acaban de quitar el bastón de las manos.</p>
<p>Jorge respiró profundo. Casi no había aire ahí dentro.</p>
<p>— ¿Estás seguro?</p>
<p>Al Puma se le quebró la voz y ya no pudo hablar.</p>
<p>“Ya, esto es, esto es el pánico”, pensó Jorge “Ya todo está mal”. Su pecho era un fuelle. Carraspeó hasta recobrar la voz y dio la orden de retroceder.</p>
<p>Subieron como los cangrejos. Nadie quería darle la espalda al foso, de donde provenía el ruido del bastón al golpear brutalmente las paredes. Jorge respiraba con la boca abierta; trataba de encontrar un ritmo, un control, una certidumbre. “Quizás es un drogadicto,  un loquito de esos que se meten a las casas abandonadas” pensó por un momento. “¿Pero qué clase de loco se esconde en un agujero y espera hasta que llegue alguien para…”</p>
<p>No pudo ni quiso terminar ese pensamiento. Cuando lograron salir a la luz, encontraron a Roxana llorando con la cabeza metida entre las rodillas. Durante varios minutos no pudo hablar, sólo les señalaba la cuerda con la que se habían amarrado a una columna cercana. La piola oficial de los <em>scouts</em>, garantizada para soportar una tonelada de peso, estaba rota, reventada a pocos centímetros del nudo.</p>
<p>—Vi que se tensó, como si la jalaran desde abajo— diría la chica. – Pensé que se habían caído, que algo les pasaba, y comencé jalarla hasta que reventó…</p>
<p>La piel de sus manos estaba quemada por la fibra.</p>
<p>Roxana había gritado sus nombres al pie de las escaleras, pero no le respondieron y entonces cedió al llanto. En el interior de las escaleras, en la oscuridad, ellos nunca oyeron su llamado.</p>
<p>Huyeron de la casa antes de que llegara el ocaso. El Puma iba hasta adelante y llevaba la navaja abierta y bien apretada en la mano.</p>
<p style="text-align:center;"><a href="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2011/01/la-casa-del-diablo-2.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-134" title="La Casa del Diablo 2" src="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2011/01/la-casa-del-diablo-2.jpg?w=300&#038;h=225" alt="" width="300" height="225" /></a></p>
<p><strong> 3</strong></p>
<p>En el centro de Boca del Río, las chicas entraron a una tienda para comprar alcohol, soda y cigarros. Jorge y Tacho permanecieron afuera, en silencio.</p>
<p>Jorge miraba el puente que atravesaba el río. “Ahí, del otro lado, está la encrucijada. Tomas la izquierda, subes el puente y pides la parada nomás bajando. Luego subes la brecha y caminas al lado del río y cruzas la verja y luego…”. Se sintió asqueado y escupió hacia la calle. Cuando levantó la vista vio que una mujer les hacía señas.</p>
<p>Estaba envuelta en un zarape andrajoso y sus cabellos eran hilachas grasientas. Su cara enorme estaba cubierta de tizne.</p>
<p>— ¡Mírenlos, allá van!— chillaba la vieja, señalando el puente.</p>
<p>Y reía mostrando una boca llena de cavidades negras.</p>
<p>Jorge miró a Tacho. Pensó que era el momento de parar todo, de reconocer que era un error volver a meterse a la casa. “La cosa de las escaleras, lo que apedreó a los cadetes. Y hoy, la lluvia repentina, la loca”. Pero Tacho no decía nada; hasta pareció ofendido cuando Jorge le sostuvo la mirada, esperando una respuesta. El rostro flaco y ceñudo de Tacho era un reproche; parecía estar diciéndole: “No digas nada o será peor. De esas cosas nunca se habla”.</p>
<p><strong>4</strong></p>
<p>Porque la semana anterior Jorge y Tacho habían estado en la casa, por invitación de Jacqueline. Un grupo de amigos de la chica, estudiantes de la academia naval de Antón Lizardo, estaban de permiso y querían conocer el lugar. Cuando Jorge y Tacho llegaron ya estaban todos adentro. Podían escucharlos reír y gritar dentro de los cuartos.</p>
<p>A Jorge, los cadetes le cayeron mal en automático. Odió sus aires de superioridad, sus cabellos cortados al rape. Él, Tacho y Jacqueline se apartaron del grupo y recorrieron solos la casa. Al llegar al tercer piso, una sombra cayó sobre Jorge y lo sujetó del cuello. Era uno de los cadetes; llevaba una máscara de simio cubriéndole el rostro y una pistola en la mano.</p>
<p>— ¡Quítame esa cosa de la cara!— gritó Jorge y pateó al tipo en los testículos.</p>
<p>— ¡Estamos jugando, pendejo, no tiene balas!— lloriqueó el cadete desde el suelo.</p>
<p>Jorge hubiera querido machacarle la cara al tipo e incluso pensó en sacar la navaja que siempre llevaba consigo pues ya no era un <em>boy scout</em> sino un hombre de 25 años, desertor del bachillerato y veterano de las peleas callejeras.  No le importaba que los cadetes fueran nueve; sabía que Tacho no lo abandonaría.</p>
<p>Pero Jacqueline le estaba rogando que no se peleara, que mejor se alejaran de los otros chicos y subieran a la azotea a mirar el río y las copas de los árboles.</p>
<p>Cuando salieron de la casa para marcharse, encontraron a los cadetes y sus amigas de pie junto al camino, como formados para pasar revista, con los rostros desencajados.</p>
<p>Karla, la amiga de Jacqueline, se acercó para reclamarle a Jorge:</p>
<p>— ¡Coño, Jorge, si tienes algún pinche problema con mis amigos díselo sus caras, pero no estén con sus chingaderas de aventarnos piedras desde ahí arriba!</p>
<p>El rostro pequeñito y agraciado de Karla estaba contraído por el llanto.</p>
<p>— ¿De qué estás hablando?</p>
<p>— ¡No se hagan pendejos, los vimos que nos aventaron de piedras desde el balcón del segundo piso!</p>
<p>Y les enseñó un verdugón que manchaba de sangre su oreja.</p>
<p>De nada sirvió que Jacqueline jurara por Dios que ellos no habían sido; nadie quiso creerles. Y Jorge partió de aquella casa jurando que jamás en su vida regresaría.</p>
<p>Hasta el sábado siguiente, cuando recibió la llamada.</p>
<p style="text-align:center;"><a href="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2011/01/la-casa-del-diablo-3.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-135" title="La Casa del Diablo 3" src="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2011/01/la-casa-del-diablo-3.jpg?w=300&#038;h=225" alt="" width="300" height="225" /></a></p>
<p><strong>5</strong></p>
<p>Jorge, Tacho y las chicas llegaron a la brecha de arena y conchas trituradas a las cinco y media de la tarde. Del lado derecho fluía el río. Del lado izquierdo se alzaba la casa abandonada. Jorge los condujo a una terraza exterior a la que consideraba segura.  <strong> </strong></p>
<p>Para las nueve de la noche, las chicas ya habían dado cuenta del brandy. Borrachas, insistieron en jugar a la botella.</p>
<p>Jorge no lograba relajarse y sus amigas se lo reprochaban. No había bebido ni una gota de alcohol en toda la tarde y sentía el cuello rígido.</p>
<p>—Jorge, quita esa cara, te toca a ti.</p>
<p>Jorge giró la botella. Le tocó mandar a Betty. Le ordenó que bailara como <em>stripper</em>, aunque ni siquiera sentía deseos de verla mover las carnes. La chica subió a una de las bancas de la terraza y bailó entre risas. Cuando iba a alzarse la playera, miró hacia la ventana y bajó de un salto.</p>
<p>— ¡Viene alguien!</p>
<p>Jorge se levantó como resorte. Miró por la ventana y alcanzó a ver una sombra.</p>
<p>Ordenó a las chicas que se recostaran contra el piso y a Tacho que aguardara junto al marco de la ventana. Así, con los puños apretados y el estómago hecho un nudo, esperó al visitante.</p>
<p>Pasaron diez minutos, en los que no escucharon más que el rumor de los grillos y las salamandras.</p>
<p>Jorge ordenó la retirada. Estaba recogiendo la basura cuando Betty se paró a su lado.</p>
<p>—Jorge, algo le pasa a Evelia.</p>
<p>Evelia seguía acostada boca abajo sobre el piso de la terraza y jadeaba. Jorge se acercó y le pidió que se pusiera de pie. Ella comenzó a temblar, como si riera en silencio.  Furioso, Jorge la tomó de los hombros y le dio la vuelta. La chica sonreía con malsana alegría.</p>
<p>— ¿Me estaban buscando?—- dijo con voz cavernosa— ¡Pues aquí estoy!</p>
<p>— Evelia, déjate de pendejadas…— comenzó a decir Jorge, con la piel erizada, pero la chica comenzó a tirar golpes, a sollozar y reír al mismo tiempo, a morderse los labios y jalarse de los cabellos.  Jorge le sujetó las manos y pidió ayuda a Tacho. Entre los dos la cargaron y recorrieron los cuartos en la oscuridad, buscando la salida. Betty y Jacqueline gimoteaban detrás de ellos.</p>
<p>— ¿Por qué nos vamos, si está tan bonito aquí adentro?- sollozaba Evelia, para luego gruñir como perro mientras golpeaba a los chicos y les escupía. Se sacudía de tal forma que, una vez afuera de la casa, logró liberarse y caer al suelo. Jorge vio con verdadero espanto como la chica comenzaba a reptar velozmente hacia el interior de nuevo, cómo se arrastraba sólo con las manos.</p>
<p>“Si se mete, nunca la sacaremos” pensó con horror, y se arrojó sobre ella. La montó y la golpeó de lleno en el rostro. Evelia abrió los ojos. Sus lágrimas hacían surcos sobre la mugre de sus mejillas.</p>
<p>— ¡Jorge, no me pegues, soy yo!— suplicó, con los ojos inflamados pero vivos.</p>
<p>Jorge la abrazó muy fuerte. Pensó que el peligro había pasado.</p>
<p><strong>6</strong></p>
<p>Años después Jorge se preguntaría cómo habían logrado llegar hasta la iglesia de Santa Ana, en pleno centro de Boca del Río, con Evelia vociferando entre sus brazos. Tardó mucho tiempo en recordar que, cuando al fin alcanzaron la carretera, tuvieron que hacerle señas a los autos que pasaban, y que uno de ellos los condujo de regreso a la ciudad.</p>
<p>Fue Jorge quien aporreó las puertas de la Iglesia mientras el resto del grupo cuidaba de Evelia. En el carro se había puesto mal de nuevo: no había dejado de reír y sollozar histéricamente. Cuando al fin salió el párroco, vestido de pantalones cortos y camiseta, la chica se mecía a sí misma, sentada en el suelo, con los cabellos negros cubriéndole el rostro. Jorge explicó en cuatro frases lo que les había ocurrido. El párroco se inclinó sobre Evelia, le alzó la barbilla y contempló su rostro enrojecido.</p>
<p>— No, muchachos, esta niña se pasó de pastillas. Y además apesta a alcohol— dictaminó —Mejor llévenla a la Cruz Roja para que le bajen la intoxicación.</p>
<p>Y les cerró la puerta en las narices.</p>
<p>Jorge hubiera deseado que el sacerdote tuviera la razón, pero luego recordó la mirada en los ojos de Evelia al darle la vuelta, las voces que salían de su garganta, la fuerza con la que los había golpeado. Tuvieron que sentarse encima de ella, que no pesaba ni cuarenta kilos, para que no escapara por la ventana del auto.</p>
<p>Miró su reloj, no eran ni las once de la noche. Los autos y los peatones pasaban junto a ellos, ajenos a sus cuitas. Algunos miraban a Evelia con curiosidad. La chica se revolcaba sobre el piso.</p>
<p>Un taxista se detuvo y llamó a Jorge. Después de escuchar el problema, se bajó del auto y se acercó a la chica. Era un hombre barrigón, lleno de canas, con cara de pocos amigos.</p>
<p>— Oye, chamaca— le gritó a Evelia y comenzó a abofetearla con su manaza— ¿Te gustan las pastillas, verdad? ¿Te gusta meterte tu <em>thinner</em>, ponerte hasta la madre? Ya déjate de pendejadas y párate…</p>
<p>Evelia respingó. Miró al taxista con extrañeza y luego comenzó a reír.</p>
<p>— ¡Adivina quién está aquí conmigo!— aulló — ¡La puta de María Esperanza López!</p>
<p>El rostro cobrizo del taxista se tornó verde. Dio tres pasos para atrás, confundido.</p>
<p>— ¡Te gastaste todo el dinero y ni una misa le rezaste y ahora YO ME LA ESTOY CHINGANDO AQUÍ ABAJO!</p>
<p>El pobre hombre corrió a refugiarse a su taxi. A través de la ventanilla, le hizo señas a Jorge y le entregó el rosario que colgaba del espejo retrovisor.</p>
<p>—Esa niña está muy mal, llévenla a un lugar o se les va a ir— advirtió —.No sé cómo supo el nombre de mi mamá, cómo supo que se acaba de morir…</p>
<p>Arrancó el motor del auto y desapareció.</p>
<p>Un segundo taxista, que había estado mirando la escena, se acercó también y propuso que llevaran a Evelia con una curandera que él conocía, cerca de la iglesia de La Guadalupana. Los chicos, que ya no tenían dinero, miraron a Jorge. “¿Por qué tengo que ser yo el que decida?” pensó en aquel instante. Sentía deseos de arrojar bien lejos el rosario, la responsabilidad. “Ah, pero tú sabías y te quedaste callado. Tú viste las señales y no dijiste nada. Si a Evelia le pasa algo será tu culpa. Tienes que hacer algo para ayudarla”.</p>
<p>Se dio cuenta de que todo aquel tiempo, desde que habían escapado de la casa, había estado mascullando una plegaria.</p>
<p>- Vamos- le dijo al taxista.</p>
<p><strong>7</strong></p>
<p>Los recibió una mujer afable, en la treintena, de cabello corto y teñido de rubio.</p>
<p>—Los estábamos esperando— dijo, abriéndoles la puerta del taxi, y condujo al grupo hacia el interior de una vecindad miserable. En el patio de tierra se levantaba la casa de la curandera. Era de madera, muy rústica.</p>
<p>La mujer, que se presentó como La Clarividente, les hizo formarse a la entrada.</p>
<p>—Ustedes pasan—les dijo al taxista y a Evelia—. Ustedes también—dirigiéndose a Jorge y a Betty.</p>
<p>—Ustedes no; tú lo traes en la espalda y tú, mi niña, en la pierna. Esperen afuera.</p>
<p>Tacho y Jacqueline se miraron con alivio. Jorge se preguntó cómo es que la mujer sabía que Tacho llevaba una gárgola tatuada en un hombro, y Jacqueline, una serpiente enroscada en el tobillo.</p>
<p>El interior de la casa de madera estaba lleno de velas. Sobre una de las paredes colgaban tres retratos: uno de Cristo, otro de la Virgen y otro que Jorge no pudo reconocer y que pertenecía a un hombre de bigote, vestido de catrín, que sonreía como esfinge.</p>
<p>La curandera, una mujer madura, de piel muy oscura y cabello suelto hasta la cintura, ordenó que sentaran a Evelia en un sofá colocado en medio de la estancia; Jorge y el taxista le sujetaron los brazos. La mujer revolvió entre los libros y manojos de yerba que tenía sobre la mesa y comenzó a invocar los nombres de la Virgen, de Jesucristo, de San Juan Bautista. Se acercó a la chica y azotó su cuerpo con ramas de albahaca, mientras oraba.</p>
<p>Evelia despertó con un gemido y comenzó a hacer lo suyo. Jorge tuvo que emplear toda la fuerza de sus brazos para impedir que el cuerpecillo de la chica se levantara.  Reía y lloraba al mismo tiempo. Mostraba dientes y encías e intentaba morder a Jorge. Las venas y tendones de su cuello parecían cables a punto de reventar.</p>
<p>— ¡Me estaban buscando! ¡Ella me andaba buscando y aquí estoy!— repetía, enfurecida.</p>
<p>La curandera bañó a Evelia con agua bendita. La chica chilló como si la estuviesen acuchillando.</p>
<p>— ¡Sal, espíritu impuro, en nombre del señor Jesucristo!— decía la curandera. Eran las únicas palabras, en la retahíla de aullidos que se escuchaban, que Jorge comprendía.</p>
<p>— ¡Ellos me llamaron, ellos me fueron a buscar! ¡ESTA PERRA ES MÍA!</p>
<p>Las llamas de las veladoras, cientos de ellas sobre la paredes, chisporrotearon y parecieron querer extinguirse. Cada vez que Evelia gritaba las mechas de las velas tronaban, como si las hubieran espolvoreado con pólvora. Jorge sentía mucho miedo; se sentía como atrapado en un mundo desconocido. Ni siquiera quería mirar a la curandera, tan horrible le parecía su rostro negroide mientras se movía alrededor de ellos y gritaba en una lengua a mitad de camino entre el latín y el náhuatl.</p>
<p>— ¡Sal, esta carne no te pertenece! ¡EL PODER DE CRISTO TE ORDENA QUE TE VAYAS!—rugió de pronto en español y arrojó un objeto que se rompió contra el suelo. Un círculo de fuego los atrapó en el centro del cuarto. Las llamas le llegaban a Jorge a la cintura. Un grito de pavor se le escapó, impúdico, por entre los dientes apretados. Estuvo a punto de soltar a Evelia para huir de la cabaña pero se lo impidió la mirada negra de la curandera. La mujer atravesó las llamas de un salto y tomó a Evelia de los cabellos y comenzó a gritarle en la cara, como si quisiera devorarla.</p>
<p style="text-align:center;"><a href="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2011/01/dsc05862.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-136" title="DSC05862" src="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2011/01/dsc05862.jpg?w=225&#038;h=300" alt="" width="225" height="300" /></a></p>
<p><strong>8</strong></p>
<p>Jorge nunca supo a qué hora lo sacaron del cuarto pero cuando volvió en sí se encontró en medio del patio, vomitando bilis. Los focos de la vecindad se prendían y apagaban como si la instalación eléctrica estuviera fallando.<strong> </strong></p>
<p>Tacho y Jacqueline le ayudaron a incorporarse.</p>
<p>—La Clarividente ha estado llame y llame a sus amigas, para que ayuden a rezar— le contó Tacho.</p>
<p>Su cara siempre flaca lucía ahora consumida.</p>
<p>— ¿Ya le hablaron a sus padres?— preguntó Jorge, cuando al fin logró respirar.</p>
<p>—Ya vienen en camino.</p>
<p>Miró el reloj y vio que eran las tres de la mañana. “¿Todo este tiempo estuve ahí adentro?”, pensó incrédulo.</p>
<p>A pocos metros, La Clarividente conversaba con un grupo de señoras de apariencia humilde. Discutían con seriedad el caso de Evelia.</p>
<p>— ¿Ya probaron la limpia?</p>
<p>—Ya. Nada</p>
<p>—Oiga, ¿y el libro, el círculo de fuego?</p>
<p>—También, pero nada.</p>
<p>Entonces apareció la curandera. Se dirigió directamente hacia a las señoras y habló con una mujer morena, de cejas casi unidas.</p>
<p>—Es muy fuerte, no se quiere ir. Ya amenazó que a las cuatro se la lleva.</p>
<p>—Hay que mandarlo a llamar—dijo la morena, como si fuera la respuesta más obvia.</p>
<p>—Puedo hacerlo— respondió la curandera, guiñando un ojo — Ya le he pedido favores.</p>
<p><strong>9</strong></p>
<p>Lo que sucedió entonces, Jorge lo recordaría como se recuerda una pesadilla muy larga pero lúcida. Esta vez no quiso entrar al cuarto y se quedó junto a la puerta.</p>
<p>Primero las señoras desnudaron a Evelia y le pusieron una bata alba. Luego atendieron a la curandera: sin parar de rezar, sacudieron el cuerpo de la mujer con manojos de yerba. La curandera comenzó a mecerse sobre los pies; eructó ruidosamente y luego cayó desmayada. Las mujeres se aprestaron a socorrerla. Antes de que se agacharan para ayudarla a ponerse de pie, la curandera ya estaba caminando alrededor del cuarto, animada por una energía distinta, masculina.</p>
<p>— ¡Muy buenas noches tengan todos ustedes! Mi nombre es Yan Gardec y estoy aquí para ayudar a esta hermanita</p>
<p>Descubrió a Evelia sobre el sofá y la señaló con el índice</p>
<p>—Yo te conozco, tú y yo nos hemos batido muchas veces, Satanachia— le dijo.</p>
<p>Evelia soltó una risilla.</p>
<p>— ¡Ella me estaba buscando, hace mucho que ella me estaba llamando! ¡Y me la voy a llevar!</p>
<p>— ¡No, ella no te pertenece, le pertenece al Señor! ¿Por qué no te marchas de aquí? ¿Qué es lo que quieres?</p>
<p>Cundo Evelia comenzó a recitar, utilizando tres voces diferentes, las invocaciones bajo las cuales la curandera debía sacrificar un cabro negro a cambio del alma de la chica, Jorge corrió hasta salir de la vecindad. Moría por un cigarrillo, por sentir el estómago lleno de otra cosa que no fuera el pavor.</p>
<p>Afuera se topó con doña Ana, la madre de Tacho. Pero la alegría de ver un rostro conocido se le fue a los pies cuando la mujer le espetó, sin siquiera saludarlo:</p>
<p>— ¿Ya ven lo que pasa por andar de pendejos?</p>
<p><strong>10</strong></p>
<p>Durante varios meses después de aquella nefasta excursión a la casa del Estero, Jorge no visitó a ninguno de sus amigos. No fue una algo consciente, simplemente comenzó a pasar más tiempo cerca de su barrio.</p>
<p>Después supo, por Jacqueline, que los padres de Evelia no le creyeron una sola palabra a la curandera y se marcharon ofendidos con su maltrecha hija cuando la mujer quiso cobrarles 5 mil pesos para completar el trabajo. Que para septiembre, Evelia se había encerrado en su cuarto y se negaba a salir. Golpeaba a sus padres, se defecaba encima, se hacía daño con las paredes y las cosas que rompía. Los padres la llevaron al hospital. El psiquiatra les dijo que tendrían que internarla en una institución.</p>
<p>Por su parte, Betty le contó que fueron unos parientes los que convencieron a los padres de Evelia de llevarla a las misas de liberación de Puentejula. Jorge conocía las historias: se decía que gente de todo el mundo acudía a la iglesia de ese pueblito para liberarse de malos espíritus durante una misa larguísima, cantada en latín y arameo.</p>
<p>Según Betty, Evelia era siempre la primera de todos los endemoniados en caer al suelo y comenzar a escupir majaderías, hasta que le hicieron un exorcismo especial.</p>
<p>- Dicen que amarraron a Evelia junto con un puerco al borde de una barranca, allá por Xalapa- confesó Betty, la última vez en que se vieron. – El demonio se salió de ella, se metió al cochino y luego lo aventaron al vacío.</p>
<p><strong>11</strong></p>
<p>Jorge ha contado esta historia a muchas personas porque está convencido de que un día encontrará a alguien que pueda explicarle lo que vio.</p>
<p>Hasta la fecha no ha tenido suerte.</p>
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		<media:content url="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2011/01/la-casa-del-diablo.jpg?w=300" medium="image">
			<media:title type="html">La Casa del Diablo</media:title>
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			<media:title type="html">La Casa del Diablo 2</media:title>
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			<media:title type="html">La Casa del Diablo 3</media:title>
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	</item>
		<item>
		<title>Una cárcel de película</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Oct 2010 04:20:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>olasdesangre</dc:creator>
				<category><![CDATA[cárceles]]></category>
		<category><![CDATA[maltrato]]></category>

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		<description><![CDATA[Una cárcel de película Fernanda Melchor (Fotos de Isaac Aguilar)     1 El traslado inició a las dos de la mañana, en medio de un norte furibundo. Algunos presos ni siquiera alcanzaron a vestirse por completo cuando los agentes federales irrumpieron en las crujías. A golpes y patadas los obligaron a formarse en los [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=olasdesangre.wordpress.com&amp;blog=737410&amp;post=118&amp;subd=olasdesangre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div><strong>Una cárcel de película</strong></div>
<p><strong>Fernanda Melchor</p>
<p></strong></p>
<p><em>(Fotos de Isaac Aguilar)</em></p>
<div id="attachment_119" class="wp-caption aligncenter" style="width: 310px"><a href="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2010/10/celda-vacia-11.jpg"><img class="size-medium wp-image-119" title="celda vacia/ Isaac Aguilar" src="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2010/10/celda-vacia-11.jpg?w=300&#038;h=200" alt="" width="300" height="200" /></a><p class="wp-caption-text">Penal Ignacio Allende, enero 2010</p></div>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>1</strong></p>
<p>El traslado inició a las dos de la mañana, en medio de un norte furibundo. Algunos presos ni siquiera alcanzaron a vestirse por completo cuando los agentes federales irrumpieron en las crujías. A golpes y patadas los obligaron a formarse en los corredores, a cubrirse el rostro con los brazos desnudos, a desfilar frente a una valla de soldados que amenazaban con dispararles si se atrevían a alzar la mirada para buscar a sus familiares entre la muchedumbre que gritaba a lo lejos.</p>
<p>Tiritaban; algunos pensaban en la “bienvenida” que recibirían al llegar a sus nuevos “hogares”; otros habían sido más precavidos y lograron hacer “arreglos”: desde mediados de diciembre se hablaba de que el penal sería vaciado para filmar ahí la nueva película de Mel Gibson, rumor que las autoridades negaron incluso cuando ya había sido publicada oficialmente la declaratoria de inhabilitación del inmueble.</p>
<p>En autobuses rentados y escoltados por <em>hummers</em> del ejército partieron cerca de mil presos con destino a otros penales del estado. La puertas de Allende quedaron abiertas y a su alrededor se refugiaron decenas de mujeres que esperaban a que amaneciera para indagar la suerte de su gente.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong><a href="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2010/10/celda-vacia-03.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-120" title="celda vacia/ Isaac Aguilar" src="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2010/10/celda-vacia-03.jpg?w=300&#038;h=200" alt="Penal Ignacio Allende, enero 2010" width="300" height="200" /></a></strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>2</strong></p>
<p>A Rodrigo lo mandaron al penal deshabitado para husmear en las crujías y fotografiar los graffitis que los presos dejaron sobre los muros. Las ratas se paseaban a sus anchas por los pasillos e incluso correteaban a los empleados de limpia pública que si estos intentaban ahuyentarlas.</p>
<p> Cuando recuerda, Rodrigo frunce las narices como si aún sintiera la peste.</p>
<p> “Era un cochinero; no sé cómo podían vivir tanta gente ahí adentro, cómo podían comer en esos puestos que anunciaban ‘ricos tacos’ si era un asco. Nada más atravesabas el patio y te encontrabas con una especie de mercado de pesadilla, apocalíptico, todo hecho de madera podrida, todo lleno de moscas y cucarachas, apestando a drenaje y creolina”.</p>
<p>Rodrigo vio cómo los policías se llevaban teles, ventiladores, grabadoras y hasta maquinarias industriales. También vio señoras que lloraban, con sus facturas en la mano, porque los aparatos que aún no acababan de pagar no aparecerían en las celdas de sus parientes.</p>
<p>“Hablé con el delegado de Readaptación Social, le pregunté si habían cerrado el penal para hacer la película de Gibson y me dijo que no, que se estaba cerrando por motivos de salubridad, que eran pura coincidencia que el traslado y el inicio de la filmación de la película se dieran casi al mismo tiempo”.</p>
<div id="attachment_121" class="wp-caption aligncenter" style="width: 310px"><a href="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2010/10/celda-vacia-08.jpg"><img class="size-medium wp-image-121" title="celda vacia/ Isaac Aguilar" src="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2010/10/celda-vacia-08.jpg?w=300&#038;h=200" alt="" width="300" height="200" /></a><p class="wp-caption-text">Penal Ignacio Allende, enero 2010</p></div>
<p><strong>3</strong></p>
<p>El 13 de enero, cuando presidía un evento, Fidel Herrera Beltrán divulgó que bandas del crimen organizado se había apropiado de Allende y que planeaban llevar a cabo un motín donde varios reos serían degollados. Aunque nunca aclaró a qué grupo delictivo se refería, insinuó que el asunto estaba ligado a la muerte del fundador de Los Zetas, Braulio Arellano alias El Gonzo, ocurrida meses atrás en Soledad de Doblado.</p>
<p>A pesar de algunas protestas (el diputado Sergio Vaca, por ejemplo, calificó el desalojo como un “fidelazo” y afirmó que se crucificaría desnudo si llegaban a vender el edificio) el penal fue “prestado” a Mel Gibson para la grabación de <em>How I spend my summer vacactions</em>. El precio que Gibson pagó por dicha renta jamás fue divulgado.</p>
<p>Y cuando se le preguntó al director general de Cinematografía de la entidad si la reubicación de los reos obedecía a una exigencia del actor australiano, el funcionario aseguró, coincidentemente, que el desalojo del penal y la filmación de la película habían sucedido casi al mismo tiempo “por pura coincidencia”.</p>
<p><strong> </strong></p>
<div><strong></strong></div>
<p><strong></p>
<div id="attachment_122" class="wp-caption aligncenter" style="width: 310px"><a href="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2010/10/penal-pertenencias-03.jpg"><img class="size-medium wp-image-122" title="Recogiendo pertenencias/ Isaac Aguilar" src="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2010/10/penal-pertenencias-03.jpg?w=300&#038;h=200" alt="" width="300" height="200" /></a><p class="wp-caption-text">Entrada del penal Ignacio Allende, enero 2010</p></div>
<p></strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>4</strong></p>
<p>A principios de febrero, Lalo andaba de vacaciones y se fue a hacer casting para la película de Mel Gibson. Sabía que buscaban gente morena, con tatuajes y que hubieran estado en prisión; Lalo sólo cumplía con el primer requisito pero aún así logró quedar: después de cinco horas de cola, le dijeron que se presentara en el penal el 29 de abril a las 5 de la tarde y que le pagarían 400 pesos.</p>
<p>Cuando llegó se enteró de que le tocaba hacer de “civil”. Entre los extras habías “policías”, “soldados”, “reos” y “reporteros”. Un amigo suyo, Eliseo, actuaría como prisionero: había estado guardado en Allende un par de semanas por robar tubería de cobre. Lalo se acercó a él y lo notó nervioso. Cuando iban entrando al penal, Eliseo le confesó: “Chale, loco, me lleva la madre. Yo ya estuve aquí y no quiero volver a entrar… ¿Qué tal si ahora no salgo?”.</p>
<p>Eliseo le señalaba a los extras que habían sido “inquilinos”: eran todos jóvenes y flacos, llevaban las greñas largas y los ojos enrojecidos. Eliseo le señaló a un chico cubierto de tatuajes; le dijo: “Ese cuate ya mató como a cinco. Le han de haber dado chance de trabajar en la película”. Lalo sintió miedo. Llegó un momento que, entre risa y risa, ya no distinguía a los policías de los ex convictos. Luego se hizo amigo de una “policía”, que resultó ser una agente verdadera. Le contó que sus superiores le dijeron que la mandarían a un “operativo especial”. Cuando ella y sus compañeros bajaron  del autobús se dieron cuenta de que estaba en el set de la película.</p>
<p>Simularon un motín hasta las tres de la mañana. Reunieron a todos en el patio y les pidieron que actuaran “con normalidad”; que cuando escucharan un disparo se tiraran al piso. Así estuvo Lalo toda la noche; tenía la panza colorada de tanto rodar por el suelo de cemento. Luego los pusieron a correr en las calles aledañas mientras los filmaban desde un helicóptero y, más tarde, a “cascarear” dentro de la prisión hasta que salió el sol y pusieron retirarse.</p>
<p><strong> </strong></p>
<div><strong></strong></div>
<p><strong></p>
<div id="attachment_123" class="wp-caption aligncenter" style="width: 210px"><a href="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2010/10/penal-pertenencias-04.jpg"><img class="size-medium wp-image-123" title="Recogiendo pertenencias/ Isaac Aguilar" src="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2010/10/penal-pertenencias-04.jpg?w=200&#038;h=300" alt="" width="200" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">Al día siguiente del desalojo del Penal Ignacio Allende, en enero 2010</p></div>
<p></strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>5</strong></p>
<p>Por la calle de Zaragoza bajaron hasta Rayón, y luego subieron a Independencia. Eran 200 personas, casi en su mayoría mujeres: maduras, regordetas, de carnes apretadas y lustrosas como fruta morena. Llevaban mantas pidiendo el apoyo del gobierno para poder visitar a sus familiares, apoyo que durante el periodo electoral fue suspendido. Pedían también, a gritos, mayor sensibilidad a las autoridades judiciales, que prácticamente tenían congelados 650 procesos.</p>
<p>“Mel Gibson, chingas a tu madre”, aullaba una ancianita que era seguida por una muchacha de ojos verdes y shorts cortísimos. “Me prometieron 700 pesos por día, a mí y a mi nieta, y a la mera hora no nos pagaron ni la mitad” denunciaba, morada del coraje.</p>
<p> “¿Cuánto habrá pagado Mel por Allende?”, se escuchaba más allá. “Dicen que un millón de dólares”… “No, fue más, fue muchísimo dinero”… “Todo se lo clavó El Negro pá las elecciones”… “Ay, no, El Negro no es capaz de eso”  “No se metan con el gober; la cosa es contra los jueces y los de readaptación, ¿oyeron?”, las regañó una mujer vestida  por completo de rojo, desde los tenis astrosos hasta la punta de los cabellos.</p>
<p>“Dicen que hay gente que ni siquiera aparece, que se fugaron o los fugaron, como el que mató al primo de Yunes”, murmura una joven de largos cabellos. “Que hay presos que ni siquiera tienen causa, como la señora esa que se robó una bicicleta y que ya lleva dos años en el bote sin que le resuelvan”.</p>
<p>“Pobre”, se lamenta su vecina. “Al menos yo sé que el mío sí se lo merece…”.</p>
<div id="attachment_124" class="wp-caption aligncenter" style="width: 310px"><a href="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2010/10/celda-vacia-10.jpg"><img class="size-medium wp-image-124" title="Celda vacía/ Isaak Aguilar" src="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2010/10/celda-vacia-10.jpg?w=300&#038;h=200" alt="" width="300" height="200" /></a><p class="wp-caption-text">Penal Ignacio Allende, enero 2010</p></div>
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			<media:title type="html">Recogiendo pertenencias/ Isaac Aguilar</media:title>
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			<media:title type="html">Recogiendo pertenencias/ Isaac Aguilar</media:title>
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			<media:title type="html">Celda vacía/ Isaak Aguilar</media:title>
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		<title>Insomnio</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Jul 2010 06:36:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>olasdesangre</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Insomnio Por Fernanda Melchor La señora Rita soñó, la noche de la balacera, que caminaba por un jardín inmenso. Se había quitado los zapatos por temor a estropear el césped, que lucía histéricamente corto y verde como el de un campo de golf. La yerba parecía gemir y quejase bajo el peso de su regordeta [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=olasdesangre.wordpress.com&amp;blog=737410&amp;post=112&amp;subd=olasdesangre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Insomnio<br />
Por Fernanda Melchor</p>
<p>La señora Rita soñó, la noche de la balacera, que caminaba por un jardín inmenso. Se había quitado los zapatos por temor a estropear el césped, que lucía histéricamente corto y verde como el de un campo de golf. La yerba parecía gemir y quejase bajo el peso de su regordeta figura, así que doña Rita  comenzó a caminar de puntillas, y luego, no supo cómo, se encontró completamente desnuda. En el sueño, la señora Rita pensaba que era una hora muy inapropiada para que una dama se paseara sola en la oscura campiña, y además encuerada, y decidió buscar el camino que la llevara de vuelta a la ciudad, cuyas luces chisporroteaban en el horizonte.</p>
<p>*</p>
<p>La señora Rita recuerda que, durante el sueño, no sintió verdadero miedo sino hasta que una aeronave -un platillo volador con todo y cúpula redonda, luces de colores y metal ardiente- se posó de pronto por encima de su persona y comenzó a ronronear como un motor hecho de carne.<br />
La señora Rita despertó en ese momento, pero el ruido no cesó. Su esposo acababa de levantarse de la cama y abría la puerta del cuarto. Doña Rita le gritó que no saliera pero era tal estruendo que don Manolo no alcanzó a escucharla; ella lo siguió con las piernas tambaleantes. Parecía que un avión caería sobre la casa, a juzgar por el clamor. Doña Rita no estaba del todo segura de haber despertado del sueño, y corrió al cuarto de Paulito para asegurarse de que no lo habían secuestrado los extraterrestres.<br />
Su hijo ya estaba de pie cuando la señora Rita entró a la habitación. Paulo creía que sólo eran cohetes –alguna broma de sus compañeros de la universidad- pero apartó a su vociferante madre de un empujón cuando vio, desde el pasillo, a su padre inmóvil junto al ventanal, con la espalda contra la pared, como si se escondiera alguien. Ya para entonces también se escuchaban gritos en la calle, y las llantas de un vehículo que derrapaban sobre el asfalto, y un retumbar de pasos calzados en botas sobre la banqueta.<br />
Desde el ventanal, don Manolo les gritó que se arrojaran el suelo.</p>
<p>*</p>
<p>La señora Rita no supo cuánto tiempo pasaron así, inmóviles sobre el piso, ella con la nariz de Nené, el pequinés de la familia, pegada a su cuello. Luego el tiroteo cesó y don Manolo pudo asomarse y dijo que veía soldados apostados en cuclillas junto a su auto, con sus G3 A3 apuntando hacia el final de la calle.<br />
Doña Rita le pidió entonces que telefoneara a la policía. Don Manolo y Paulo le dijeron, al mismo tiempo, que se callara.<br />
Y así les amaneció ése día. Hasta bien entradas las siete de la mañana no escucharon ni una sola sirena de patrulla ni de la Cruz Roja y ni siquiera don Manolo se había atrevido a sacar las narices fuera de la casa. La señora Rita se paseaba por el único piso de la vivienda, graznando su nerviosismo y con el teléfono inalámbrico entre las manos. Cuando don Manolo decidió abrió la puerta y salió a la calle, doña Rita comenzó a telefonear a sus familiares. Nadie sabía de ninguna balacera, apenas su hermana había escuchado algo, también en sueños, a un kilómetro de distancia. No pudo seguir hablando porque su esposo, con el rostro pálido, cerró la puerta a sus espaldas y con gestos frenéticos le pidió que guardara silencio. Afuera estaba lleno de reporteros con grabadoras y cámaras que querían escuchar su testimonio.<br />
- Ni madres –dijo don Manolo- Al rato aquellos reconocen la casa y se vienen a vengar de nosotros, ¿no?<br />
Doña Rita pensó en ese momento que los periodistas eran como zopilotes que nada más andan rondando la desgracia. Se escandalizó de que todo aquello, obra seguramente de los narcos, estuviera pasando en su fraccionamiento de portones blancos y camionetas del año y sirvientas que barren a diario los frentes de las fachadas. Y con lo costosa que había salido la casa, se lamentaba con voz plañidera, sería imposible mudarse de nuevo. Recordó que tenía que ir a la tintorería a recoger las camisas de su esposo pero nada más de pensar en salir a la calle se le subió la presión, el colesterol y los triglicéridos, y tuvo que recostarse en la penumbra hasta el mediodía.</p>
<p>*</p>
<p>Paulito desoyó los lloriqueos de doña Rita; se negó a faltar a la universidad por culpa del incidente. Cuando regresó le contó a su madre que había hablado con un amigo influyente y que este le había dicho que debían salir de aquella casa; que un grupo de agentes federales había tomado la calle de Venus y había gran posibilidad de que al caer la tarde ocurriera una nueva balacera. Doña Rita había intentado seguir las noticias por la televisión pero, cada vez que veía imágenes de cascos verdes y rostros embozados, el dolor de cabeza se le empeoraba y además las palmas de las manos comenzaban a escocerle y sentía que su pecho era una jaula que encerraba a un canario aterrado.<br />
La noche después de la balacera doña Rita y su familia buscaron refugio en casa de un familiar. Ella no pudo pegar el ojo en toda la noche, por miedo de soñar de nuevo con alienígenas, y porque cada chasquido de aquella casa ajena le hacía abrir los ojos, y también porque Nené no dejó de olisquear todos los rincones del cuarto de visitas, y amenazaba, cada cinco minutos, con rociar cobijas y muebles con su patita alzada.</p>
<p>*</p>
<p>Han pasado varios días y doña Rita no puede dormir. No soporta la idea de que Paulo salga por las noches, para gran fastidio del muchacho. Su marido está ya cansado de sus pavores nocturnos y sus desmayos de telenovela, y bajo la amenaza del divorcio, la ha arrastrado a la consulta del psiquiatra.<br />
Doña Rita sabe que los soldados se han marchado de su calle pero no entiende por qué el miedo no la abandona. Hasta la visión de una mesita atestada de revistas viejas y folletos sobre depresión e impotencia le erizan los vellos de la nuca, igual que el chirrido de las mecedoras en la sala de espera, y los rostros impávidos de los otros pacientes.<br />
Doña Rita retuerce un pañuelo desechable entre sus dedos. El sudor empapa su rostro. Piensa que lo más aterrador de todo el asunto es que tendrá que entrar al consultorio y hablar de sus sueños con un perfecto desconocido.</p>
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	</item>
		<item>
		<title>Aquí no es Miami</title>
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		<pubDate>Tue, 09 Feb 2010 16:26:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>olasdesangre</dc:creator>
				<category><![CDATA[muelle]]></category>
		<category><![CDATA[polizones]]></category>
		<category><![CDATA[rumores]]></category>

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		<description><![CDATA[Texto: Fernanda Melchor Corría el mes de enero y el viento del norte soplaba gélido contra el rostro desnudo de Paco mientras caminaba por la avenida Montesinos hacia la entrada del muelle. Eran cerca de las nueve de la noche y la temperatura seguía bajando. Probablemente alcanzaría los doce grados en la madrugada, predijo su [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=olasdesangre.wordpress.com&amp;blog=737410&amp;post=109&amp;subd=olasdesangre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Texto: Fernanda Melchor</em></p>
<p>Corría el mes de enero y el viento del norte soplaba gélido contra el rostro desnudo de Paco mientras caminaba por la avenida Montesinos hacia la entrada del muelle. Eran cerca de las nueve de la noche y la temperatura seguía bajando. Probablemente alcanzaría los doce grados en la madrugada, predijo su padre, así que Paco se colocó encima un suéter y dos camisolas antes de abandonar la casa: su sangre jarocha se helaba siempre con más benigna de las brisas.</p>
<p>Compró dos tortas de cochinita pibil en el mercadillo establecido afuera de la garita de Morelos. Se empujó también dos tacos, uno de papa con chorizo y otro de papa con <em>buebo</em>, en el puesto de doña Almeja. Su turno empezaba a las diez de la noche y terminaba a las seis de la mañana, pero Paco esperaba trabajar solamente un par de horas debido al mal tiempo.</p>
<p>Solo habían nombrado a ocho trabajadores para el turno nocturno. El viento impedía la carga y descarga de mercancías y contenedores pero no afectaba a los trincadores, especializados en sujetar con bandas los autos dentro de los buques, o de supervisar las maniobras de descenso de los mismos. El trabajo de Paco, y de los otros siete hombres asignados aquella noche, consistiría en armar rampas de acero, arrastrarlas hacia las <em>madrinas</em> -esos camiones gigantes que llevan autos nuevos en sus vientres-  y trincar los carros a las estructuras de acero.</p>
<p>El supervisor había anunciado que solo cargarían nueve <em>madrinas</em>.</p>
<p>- A lo mucho estamos saliendo de aquí a las doce- pronosticó uno de los obreros, un viejo de vientre fofo y brazos tatuados desde las muñecas hasta los hombros, que apodaban El Burro.</p>
<p>Paco nunca trabajaba los sábados por la noche pero tenía tantas deudas que había decidido pedir varios turnos extras y así compensar sus derroches. Era el más joven de los siete compañeros y le tocó en la primera línea. Entre trinca y trinca bromeaba y conversaba con los obreros. Todos tenían el rostro enrojecido por el frío pero nadie llevaba guantes. Las manos callosas de aquellos hombres lo sorprendían por su tosquedad y aparente aspereza, y Paco imaginó que algún día las suyas lucirían de aquel modo, si no se apuraba a terminar la preparatoria.</p>
<p>Así cargaron ocho <em>madrinas</em>. La última venía retrasada, explicó el supervisor, que caminaba de un lado a otro de la explanada con el radio en la mano. Al parecer se le había ponchado una llanta y el conductor reportaba hallarse apenas en Tamarindo. Eran pasadas las once y el frío apretaba.</p>
<p>Los obreros se habían sentado en el suelo. Se acurrucaban unos contra otros para protegerse del viento, cuando un resplandor de luces rojas y azules iluminó la noche.</p>
<p>- Hay pedos- murmuró El Chiles, otro de los obreros.</p>
<p>Una camioneta de Migración y dos camionetas repletas de policías auxiliares avanzaban por la explanada hacia un pequeños barco de carga atracado en el muelle dos. Detrás de los policías venía una patrulla de la Policía Federal, con la sirena encendida. Bajaron corriendo hombres armados con fusiles y perros y subieron al barco. Paco y sus compañeros solo alcanzaban a ver, sobre la cubierta de la nave, las lucecitas de las linternas apuntando hacia todos lados.</p>
<p>- Ese barco ha de traer droga-  dijo Paco- Les han de haber encontrado algo…</p>
<p>Pero no acabó de decir esto cuando notaron que los agentes regresaban al muelle, acompañados de unas veinte personas, todas de raza negra: mujeres y hombres viejos que lloraban y se frotaban los brazos y que pronto desaparecieron en el interior de la camioneta de Migración. Algunos policías permanecieron, al pie del barco, apuntando al agua con sus linternas. Sus perros gruñían y arremetían contra las olas que reventaban con la orilla de concreto, pero después de un rato también se marcharon.</p>
<p>A las doce de la noche la explanada había vuelto a quedar desierta, y Paco y sus compañeros esperaban, con crecientes ansias,  la llegada de la novena <em>madrina</em>. Sentados en el suelo les dieron la una, la una y media, y no fue hasta las dos de la mañana que los faros del enorme vehículo aparecieron en el portón de la garita. Despacharon su trabajo en pocos minutos y caminaron hacia el supervisor para preguntarle si ya podían marcharse.</p>
<p>- Espérenme, compañeros, que estoy pidiendo autorización- decía el tipo.- Denme una hora y les resuelvo.</p>
<p>Maldiciendo, Paco y sus compañeros volvieron a posar sus traseros yertos sobre el piso de cemento. Hablaron de mujeres, de música, de futbol, de métodos para ganar la lotería, de religión, de política, de mujeres de nuevo. La mente de Paco divagaba, aburrida, mientras contemplaba la negrura del mar a través de un pasillo que se formaba entre las dos hileras de <em>madrinas</em> estacionadas, cuyos conductores esperaban la entrega de la documentación para poder partir en caravana hacia Puebla.</p>
<p>Algo se movía en el pasillo. El corazón de Paco dio un brinco cuando alcanzó a ver un hombre harapiento que corría hacia donde estaban sentados. Paco se irguió, pensando que sería algún drogadicto pendenciero , y entonces pudo ver que el hombre no se acercaba solo: lo seguían ocho sombras esqueléticas. Eran nueve los hombres que se aproximaban en total, completamente mojados, con largas heridas como latigazos sobre los brazos y piernas, todos negros como el carbón y descalzos.</p>
<p>Paco se adelantó, con los puños en alto, y el primer polizón dijo, con un acento que le recordó al usado en Puerto Rico:</p>
<p>- Mi hermano, ayúdame, mi hermano, por favor, somos de República Dominicana, tenemos una semana sin comer…</p>
<p>- No nos delates- gemían los otros, en coro.</p>
<p>Sangraban de todas partes y escurrían agua helada. Eran todos jóvenes y fuertes; debían serlo para haber aguantado dos horas sujetos a los pilares que sostenían el muelle. Los viejos y las mujeres no pudieron escapar de las bodegas del barco, pero los más aptos alcanzaron a saltar al agua y aferrarse a los pilares de concreto infestados de percebes, soportando el embate de las olas embravecidas y el frío que recorría el puerto en una exhalación gélida.</p>
<p>- Dime, hermano, ¿dónde estamos? ¿Ya estamos en Miami?</p>
<p>A Paco se le escapó una risa nerviosa.</p>
<p>- ¿Miami? ¡No mames, están en Veracruz!</p>
<p>- ¿Qué tanto falta para Miami?- preguntaba el que habló primero.</p>
<p>- Falta un chingo, como tres días.</p>
<p>- ¿Y dónde estamos?</p>
<p>- En Veracruz</p>
<p>- ¿Pero dónde está eso?</p>
<p>Los negros volteaban hacia el barco de carga de donde habían saltado, como si buscaran la manera de introducirse de nuevo.</p>
<p>Paco dibujó en el aire la curva del Golfo de México; señaló un punto intermedio.</p>
<p>Los rostros de los dominicanos se llenaron de congoja. Paco pensó que, de haber tenido líquidos suficientes en el cuerpo, ya estarían llorando.</p>
<p>- ¿Y por tierra, cómo llegamos a Miami?- preguntó otro negro, desde la retaguardia.</p>
<p>- No tengo ni idea- respondió Paco.</p>
<p>Lo más lejos al norte que conocía era la ciudad de Poza Rica.</p>
<p>- Ayúdanos, hermano, por piedad – gimoteaba el líder.</p>
<p>Los nueve pares de ojos, enormes y amarillentos, miraban a los estibadores con aire suplicante.</p>
<p>- Hay que meterlos al baño, porque si los ven, van a valer verga- afirmó El Chiles.</p>
<p>Los condujeron a los sanitarios del almacén. Allá dentro, Paco sacó la última de sus tortas; sabía  que no sería suficiente ni para alimentar a uno de ellos, pero sus rostros hambrientos le daban lástima.</p>
<p>El negro que actuaba como líder por poco se la arrebata. Devoró la mitad de la torta de dos enormes mordiscos, y al ver la manera en que sus compañeros de infortunio salivaban, pasó el resto de la torta al negro que le seguía, un tipo enrome y musculoso con cicatrices en la cara. Otro de los obrero les llevó un balde con agua y los dominicanos se abalanzaron sobre del líquido; bebían con la desesperación de quien lleva días en el mar sin ver más que la oscuridad de las bodegas, rezando para que el capitán del navío no fuera inglés o alemán; sabían que los oficiales europeos tenían por costumbre arrojar a los polizones al mar, para evitarse trámites molestos al llegar a su destino.</p>
<p>Entonces, en susurros, los dominicanos comenzaron a contar su historia. Eran treinta los que habían subido al barco, que llevaba madera de República Dominicana a Miami. Habían sobornado a un grupo de tripulantes para que los dejaran esconderse en las bodegas.  Iban contando las paradas que hacía al barco: Rio Jaina, Cristóbal, Veracruz, y bajaron cuando creyeron que se hallaban en Miami, pero no contaban con que el barco se detendría también en Kingston, Jamaica.</p>
<p>Uno de los polizones, el de las cicatrices en la cara, apartó a Paco del grupo-</p>
<p>- Mi hermano, tienes que ayudarme, tú no sabes los que yo he sufrido. Tengo que llegar a los Estados Unidos porque allá tengo una hermana, en Nueva York, que me está esperando…</p>
<p>Y apretaba el brazo de Paco con su manaza.</p>
<p>- Mi hermana me mandó una carta, diciéndome que allá están los tipos que mataron a mi padre. Tú no sabes lo que yo he sufrido, hermano. Mi padre tenía deudas y lo mataron, cuando mi hermana y yo habíamos ido por agua al río. Tú no sabes lo que es ver que están macheteando a tu papá, que están matando a tu mamá- jadeaba, con los dientes apretados .- La violaron y la mataron y yo sin poder hacer nada, escondido detrás de los matorrales.</p>
<p>Su rostro, arañado de líneas irregulares, estaba contraído de angustia.</p>
<p>- Mi hermana me escribió, diciéndome que esos tipos que mataron a mis padres están allá, en Nueva York, y yo nada voy a eso, voy a matar a ésos hijos de puta.</p>
<p>Paco no podía hablar. El odio del dominicano era tan intenso que tuvo miedo de proseguir el plan que había urdido con sus compañeros y los conductores de las <em>madrinas</em>: sacar a los polizones del muelle a bordo de las cabinas de los transportes. Aquel hombre estaba lleno de rencor y furia, de determinación asesina, y nada lo haría abandonar sus propósitos. Paco estaba seguro de que no dudaría en asaltar con violencia, o hasta matar, para obtener dinero y llegar a su destino, si no es que ya lo había hecho.</p>
<p>Uno de los compañeros de Paco, un hombre moreno y fornido apodado La Thalía, rescató a Paco del abrazo del dominicano y lo llevó hacia la explanada. El viento había arreciado y llevaba consigo el aroma a grasa quemada de los barcos.</p>
<p>- Paquito, no le vayas a dar tus datos a ése hijo de la chingada- dijo Thalía.</p>
<p>- ¿Cómo crees? Está bien zafado- respondió Paco, tomando el cigarrillo que el obrero le ofrecía.- ¿Escuchaste lo que me estaba contando? Hablaba de que quería llegar a Nueva York a matar a no sé quienes…</p>
<p>- Mira, que se los lleven los choferes y los boten en otro estado…</p>
<p>- Pero, ¿cómo vamos a dejarlos entrar a México? Tú no sabes si van a matar a alguien aquí afuerita…</p>
<p>- Mira, uno hace lo que puede…. Pero que te quede claro: nunca nadie es nomás una víctima.</p>
<p>Ése día, un sábado de enero a principios de siglos, fue el último turno nocturno que Paco trabajó en la trinca.</p>
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	</item>
		<item>
		<title>tantas historias por contar</title>
		<link>http://olasdesangre.wordpress.com/2009/08/06/tantas-historias-que-contar/</link>
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		<pubDate>Thu, 06 Aug 2009 07:05:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>olasdesangre</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[sueños]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8230; y uno nomás quiere andar revolviendo la mierda.   ¿Lo cuento o no lo cuento? ¿Ustedes qué dicen?<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=olasdesangre.wordpress.com&amp;blog=737410&amp;post=105&amp;subd=olasdesangre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&#8230; y uno nomás quiere andar revolviendo la mierda.</p>
<p> </p>
<p>¿Lo cuento o no lo cuento?</p>
<p>¿Ustedes qué dicen?</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/olasdesangre.wordpress.com/105/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/olasdesangre.wordpress.com/105/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/olasdesangre.wordpress.com/105/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/olasdesangre.wordpress.com/105/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/olasdesangre.wordpress.com/105/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/olasdesangre.wordpress.com/105/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/olasdesangre.wordpress.com/105/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/olasdesangre.wordpress.com/105/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/olasdesangre.wordpress.com/105/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/olasdesangre.wordpress.com/105/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/olasdesangre.wordpress.com/105/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/olasdesangre.wordpress.com/105/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/olasdesangre.wordpress.com/105/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/olasdesangre.wordpress.com/105/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=olasdesangre.wordpress.com&amp;blog=737410&amp;post=105&amp;subd=olasdesangre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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	</item>
		<item>
		<title>La rubia que todos querían</title>
		<link>http://olasdesangre.wordpress.com/2009/07/01/la-rubia-que-todos-queria/</link>
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		<pubDate>Wed, 01 Jul 2009 00:54:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>olasdesangre</dc:creator>
				<category><![CDATA[asesinato]]></category>
		<category><![CDATA[cárceles]]></category>
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		<description><![CDATA[El caso de Evangelina Tejera, la Medea veracruzana Por Fernanda Melchor (publicado en la revista Replicante, mayo-julio 2009) Evangelina Segunda, con belleza de Artemisa; Venus te envidia iracunda el candor de tu sonrisa -“Magazine Dominical” no. 54 del periódico El Dictamen; 13 de febrero 1983, p.8 1.- Espectros “El centro de Veracruz está lleno de [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=olasdesangre.wordpress.com&amp;blog=737410&amp;post=98&amp;subd=olasdesangre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El caso de Evangelina Tejera, la Medea veracruzana</p>
<p>Por Fernanda Melchor</p>
<p>(publicado en la revista <em>Replicante</em>, mayo-julio 2009)</p>
<div id="attachment_99" class="wp-caption aligncenter" style="width: 235px"><img class="size-medium wp-image-99" title="evangelina en 1983" src="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2009/07/evangelina-en-1983.jpg?w=225&#038;h=300" alt="Evangelina Tejera Bosada, a los 18 años, en 1983" width="225" height="300" /><p class="wp-caption-text">Evangelina Tejera Bosada, a los 18 años, en 1983</p></div>
<blockquote><p><em>Evangelina Segunda, con belleza de Artemisa;</em></p>
<p><em>Venus te envidia iracunda el candor de tu sonrisa</em></p></blockquote>
<p>-“Magazine Dominical” no. 54 del periódico El Dictamen; 13 de febrero 1983, p.8</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>1.- Espectros</strong></p>
<p>“El centro de Veracruz está lleno de fantasmas” suele decir mi padre cada vez que pasamos frente a las ruinas del primer hogar que tuvieron los Melchor en Veracruz, un lúgubre patio de vecindad en la avenida Cinco de Mayo. Como tantos otros edificios del centro histórico, estas cuarterías abandonadas son ahora hogar de dipsómanos y felinos sarnosos, infelices espectros que penan entre la basura y espantan a las buenas conciencias del Puerto, como alguna vez lo hicieron el Monje Decapitado o la Mujer de Blanco durante la Colonia.</p>
<p>En el primer cuadro de Veracruz hay fantasmas con el rostro tiznado sufriendo la mona en el suelo de los callejones; espantos descarnados que entran y salen de zaguanes secretos en los retretes de las cantinas. Sombras que por caridad o por astucia habitan mansiones de madrépora,  edificios cuyas cornisas se desmoronan sobre las calles causando víctimas mortales en días de viento. Los legítimos propietarios, caballeretes criollos, observan con desinterés la degradación de sus herencias pues les resulta mejor negocio vender el terreno que gastar en restaurar los vetustos inmuebles.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>2.- Miguel, jubilado.</strong></p>
<p><strong> </strong>“Yo viví mucho tiempo en el edificio de la Lotería Nacional, arriba del local de Telas de México, ahí en Rayón e Independencia… Se llamaba así porque antes estaban ahí las oficinas de la Lotería, en la planta baja, hasta que las quitaron en mil novecientos noventa y tantos cuando se quemó la bodega&#8230; Después del incendio nos salieron los dueños con la tarugada de que iban a remodelar los departamentos, pero en lugar de eso nos cortaron la luz y el agua  y nos fueron corriendo a todos…  Yo me resistí porque la verdad no me alcanzaba; quería seguir pagando renta congelada y por eso me aferré, pero luego me cansé de andar batallando… Y es que no me gustaba mucho vivir en ese edificio, la verdad… No sé si se haya dado cuenta usted cuando estuvo allá pero como que hay mala vibra, ¿no?&#8230; Como que uno no está a gusto en ese lugar, no sé cómo explicarlo… Luego de noche se escuchan cosas feas, como gritos, quejidos… Teníamos una vecina que ya falleció, doña Idalia, que era muy sensible para esas cosas… Ella fue la que llegó a ver a los dos niños, a los hijos de Evangelina, jugando en las escaleras, muchos meses después de que se descubriera el crimen… Yo creo que fue por eso que los dueños dejaron que se cayera todo; a lo mejor querían que ya nadie se acordara de lo que había pasado en aquel departamento…”</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>3.- La bella rubia</strong></p>
<p>En 1983, Evangelina Tejera es coronada como Reina del Carnaval de Veracruz bajo el nombre de Evangelina II. Su Majestad tiene 18 años, juega al tenis, le encanta la música moderna y toca el piano, afirman las crónicas de sociales de la época. A todos los compromisos de su reinado la acompaña su padre, Jaime Tejera Suárez, médico de profesión; pero el nombre de la madre, de apellido Bosada, jamás es mencionado. El divorcio que separó a la familia cuando Evangelina tenía apenas nueve años no consta en ningún medio, como tampoco lo hace el alcoholismo y la violencia de Tejera Suárez, que alguna vez amenazara con su pistola a sus aterrorizados hijos; tampoco figuran los reproches que la madre comenzara a hacerle a Evangelina a causa de las penurias económicos que sufrían y que ocasionarían el abandono de sus estudios a la mitad del tercer año de secundaria.</p>
<p>Las fotografías de esta Evangelina adolescente insisten siempre en sus ojos límpidos, en su tez cérea, en aquel par de pómulos afilados. Sus finas cejas permanecen siempre arqueadas, como congeladas en un mohín de coqueta sorpresa. Imágenes de dientes perfectos, miradas soñadoras de gruesas pestañas. Fotos en donde aparece sonriendo, con el cabello suelto, recostada sobre el pasto de un club campestre, o caminando por las calles de Veracruz de la mano de Octavio Mardones, el barbudo Rey Feo de 1983, envuelta en encajes de plata y lentejuelas, carbunclos de fantasía y nubes de confeti.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>4.- Tomasa, comerciante.</strong></p>
<p>“Sí, era guapa, hasta parecía gringa. Tenía los ojos verdes y la piel muy blanca… Tuvo novios desde chica; había uno que hasta le pegaba, pero es que ella era medio loca, ¿sabe?&#8230; Desde los 15 años fue adicta a la mariguana pero se descaró después de haber sido reina del carnaval, con tantas fiestas a las que iba, en las discotecas de moda y con la gente de dinero… Dicen que se juntaba con puros juniors para drogarse, ahí en casa de Guillo Pasquel, en Emparan y Cinco de Mayo… Siempre estaba con un montón de juniors que se metían coca y luego andaban haciendo locuras en sus carrazos; luego hasta mataban gente pero nadie les hacía nada porque la policía estaba nomás para protegerlos… Como el tal Picho Malpica, que mató a la hija del Polo Hoyos nomás porque la muchacha ya no quiso ser su novia; o como Miguel Kaiser, que vendía coca en los palenques… Dicen que él era el que le vendía la droga, a ella y al tal De la Rosa, el papá de dos niños, y que era en el departamento de la Lotería donde ellos vendían coca y mariguana a otros drogadictos, y hacían orgías… Y que en una de esas ella se volvió loca de un pasón y mató a los dos escuincles… Dicen que después de estrangularlos los descuartizó en la mesa del comedor para enterrarlos en una maceta…”</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<div id="attachment_100" class="wp-caption aligncenter" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-100" title="evangelina en la escena del crimen" src="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2009/07/evangelina-en-la-escena-del-crimen.jpg?w=300&#038;h=225" alt="Fotografías aparecidas el 7 de abril de 1989 en el periódico El Dictamen que muestran la escena del crimen" width="300" height="225" /><p class="wp-caption-text">Fotografías aparecidas el 7 de abril de 1989 en el periódico El Dictamen que muestran la escena del crimen</p></div>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>5.-  Flores</strong></p>
<p>Fue el hermano menor de Evangelina, Juan Miguel Tejera Bosada, quien dio parte a las autoridades judiciales de Veracruz del homicidio de sus sobrinos Jaime y Juan Miguel, de tres y dos años de edad. Era el 6 de abril de 1989. Según las periciales legistas, la muerte de los niños había ocurrido tres o cuatro semanas atrás, y en ambos casos había sido causada por traumatismo craneoencefálico con fractura y hemorragia interna. Los cuerpecitos presentaban también otras lesiones posteriores a la muerte: habían intentado incinerarlos en una pira de papeles en la sala del departamento 501 del Edificio de la Lotería Nacional, y al no conseguirlo, les habían amputado las piernas con el fin de que ambos cupieran en una maceta oaxaqueña de 50 centímetros de diámetro que podía verse desde la principal arteria de la ciudad, la avenida Independencia.</p>
<p>Jaime y Juan Miguel fueron sepultados el miércoles 12 de abril de 1989, casi una semana después del descubrimiento del crimen. Como ninguno de sus familiares acudió al Instituto de Medicina Forense a reclamar los cuerpos, autoridades asistenciales del DIF los inhumaron en un austero sepelio, sin misas ni flores, en terrenos del panteón municipal.</p>
<p><strong>6.- José, periodista.</strong></p>
<p>“El juzgado estaba hasta la madre, lleno de funcionarios, de reporteros y de gente morbosa nomás esperando a oír la confesión de la asesina… Ella apareció detrás de la rejilla de instrucciones; se veía bien jodida la pobre, así como encogida, toda desarreglada, vestida de falda y tenis y una playera blanca que le quedaba gigante,  con el cabello rubio pero sucio y la barbilla sobre el pecho… En todo el tiempo que estuvo declarando jamás alzó la mirada, ni una vez pude verle los ojos. Era como si la gente le diera miedo; se agarraba así de las rejillas oxidadas, le temblaban las manos… Su abogado, Pedro García Reyes -Pedro el Malo, le decíamos por malandro- estaba sentado sobre el escritorio de una de las secretarias y fumaba como loco; se la pasó todo el tiempo gritándole de cosas a la fiscal Nohemí Quirasco, interrumpiendo su interrogatorio… A la mera hora la Evangelina dijo que ella no había matado a los niños, que ellos se habían muerto de hambre porque dizque no tenía dinero pa’ comprarles comida y que no había dicho nada a su familia porque estaban peleados… Luego la fiscal le preguntó que por qué había enterrado los cuerpos en la maceta, y puta, que Evangelina se pone a temblar, y que dice: ‘Es que tenía miedo’… ‘¿Miedo a qué o a quienes?’ le preguntó la Quirasco, pero el prepotente soberbio de Pedro el Malo le objetó la pregunta, por intrascendente según él… Yo la neta sentí como que había chanchullo, como que estaban ocultando algo&#8230; Por eso cuando el juez mandó a que le hicieran todos aquellos estudios psiquiátricos de volada pensé que la iban a hacer pasar por loca, y como fue…”</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>7.- Veintiocho años</strong></p>
<p>Evangelina permaneció recluida en el Centro de Readaptación Social Ignacio Allende del puerto de Veracruz hasta 1990, cuando el juez Carlos Rodríguez Moreno decidió iniciar un proceso especial y enviarla al Instituto Psiquiátrico Veracruzano, donde permanecería cerca de cuatro años bajo el cuidado de Camerino Vázquez Martínez, psiquiatra que conocía bien a la familia de Evangelina. De tres dictámenes médicos realizados a la inculpada sólo el del psiquiatra Marco Antonio Rocha diagnosticó un “trastorno antisocial de la personalidad con brote psicótico agudo”; el resto concluyó que ningún padecimiento neurológico o endocrinológico era responsable de las alteraciones conductuales de Evangelina.</p>
<p>El proceso ordinario se reinició en 1995, y tras una serie de apelaciones y amparos fallidos interpuestos por un defensor de oficio, el juez Samuel Baizabal Maldonado condenó a la antigua reina de Carnaval a 28 años de prisión y multa de 35 pesos por el delito de homicidio calificado en agravio de Jaime y Juan Miguel Tejera Bosada. Para el magistrado, Evangelina demostró  capacidad de razonar y de comprender las repercusiones del acto criminal cuando intentó deshacerse de los dos cuerpos. Pesaba sobre ella, además, el testimonio de su hermano de 19 años, que la acusaba directamente de ser la autora de los asesinatos.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>8.- Daniel, mafioso.</strong></p>
<p>“Yo no creo que haya matado a los chamacos… Ella no era para nada una persona violenta… Era desmadrosa, sí, y atascada; le gustaban mucho las drogas, la mota y la coca, pero no estaba demente… Yo al principio sí pensé que los había matado porque había veces que yo sentía que los chamacos como que le estorbaban a la hora del desmadre, pero luego me dije que no, que ella no hubiera sido capaz de hacer eso, y menos de cortarlos en pedazos… Yo iba mucho para ese departamento; ahí nos juntábamos para cotorrear… El Mario, el Kaiser, el Guillo, el Tiburcio, el Picho, el Cara de León; caía la flota y había de todo… N’hombre, un perico mundial, del de antes, no de las cochinadas que venden ahora… Un perico que venía como en escamas, como en cristales y que costaba como mil pesos el gramo en aquel entonces, pero te ponía hasta las nalgas… Siempre había gente en ese departamento, metiéndose mierda, chupando, bailando… Y los niños, pus en el cuarto, ¿no?&#8230; Sí los llegué a ver una que otra vez; eran güeritos los dos, como ella… Yo creo que Evangelina se volvió loca después, por haber tenido que aguantar lo que vivió… Yo creo que fueron los narcos los que mataron a los chamacos, en venganza, porque ella y el pendejo aquel De la Rosa se metieron toda la coca y se gastaron el varo… Yo creo que por eso ella nunca confesó nada, pero tampoco dijo quién había sido… Porque prefirió vivir con ese estigma a que también la mataran a ella los narcos… y por eso se juntó con el <em>zeta</em> aquel dentro del bote, para protegerse de sus enemigos…”</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>9.- Prisión y refugio</strong></p>
<p>En la cárcel, Evangelina se restablece de sus trastornos y continúa interponiendo recursos legales para lograr su liberación. Dirige varios negocios dentro del Cereso Allende, da clases de aerobics y es nombrada reina del carnaval de los presos. Posteriormente es transferida al Cereso de Perote; ahí gana una mención honorífica en el certamen literario “Cartas a la sociedad”  y conoce a quien sería su esposo, Óscar Sentíes Alfonsín alias “El Güero Valle”, reo de alta peligrosidad vinculado al Cartel del Golfo y encargado de controlar parte del tráfico de drogas dentro de la prisión. Originario de Cosamaloapan y sentenciado a nueve años por robo calificado –y anteriormente preso por delitos contra la salud y portación ilegal de armas-  “El Güero Valle” recorre los penales del estado de Veracruz y Evangelina lo acompaña: de Allende a Cosamaloapan, de Perote a Villa Aldama, de Amatlán a Coatzacoalcos. Ahí, Sentíes Alfonsín se entrevista en mayo de 2008 con funcionarios estatales  y consigue la preliberación de su mujer, firmada por el priista Zeferino Tejeda Uscanga, entonces director de Readaptación Social.</p>
<p>Pero Evangelina no se marchó de su lado inmediatamente. Continuó viviendo con su cónyuge hasta octubre de 2008, cuando Alfonsín Sentíes fue asesinado dentro de una celda de castigo en la que había sido recluido tras haber organizado un motín dentro del penal de Coatzacoalcos. De 56 puñaladas que su victimario le propinó con una punta hechiza, solo tres resultaron ser mortales.</p>
<p>A dos décadas del doble homicidio que sacudió a la sociedad veracruzana, pocos conocen el actual paradero de la rubia Evangelina. Sin dinero, sin marido, sin el apoyo de su familia,  la antaño soberana del carnaval veracruzano se ha convertido en un fantasma: en su nombre se exhorta a los niños a portarse bien y comer sus verduras, como se hace en otras partes con el Lobo o La Llorona.</p>
<p>Y mientras la leyenda de su crimen continúa contándose en susurros, una luz clandestina ilumina las ventanas de su antigua morada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align:center;">
<div id="attachment_130" class="wp-caption aligncenter" style="width: 235px"><a href="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2009/07/el-edificio-de-la-loterc3ada1.jpg"><img class="size-medium wp-image-130" title="el edificio de la lotería" src="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2009/07/el-edificio-de-la-loterc3ada1.jpg?w=225&#038;h=300" alt="" width="225" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">Vista del departamento 501 del ex edificio de la Lotería Nacional, sobre la avenida Independencia</p></div>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/olasdesangre.wordpress.com/98/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/olasdesangre.wordpress.com/98/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/olasdesangre.wordpress.com/98/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/olasdesangre.wordpress.com/98/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/olasdesangre.wordpress.com/98/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/olasdesangre.wordpress.com/98/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/olasdesangre.wordpress.com/98/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/olasdesangre.wordpress.com/98/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/olasdesangre.wordpress.com/98/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/olasdesangre.wordpress.com/98/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/olasdesangre.wordpress.com/98/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/olasdesangre.wordpress.com/98/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/olasdesangre.wordpress.com/98/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/olasdesangre.wordpress.com/98/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=olasdesangre.wordpress.com&amp;blog=737410&amp;post=98&amp;subd=olasdesangre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<pubDate>Thu, 26 Mar 2009 17:26:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>olasdesangre</dc:creator>
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		<description><![CDATA[      El caso de Evangelina Tejera Bosada, la rubia ex reina del carnaval veracruzano que en 1989 asesinó a sus hijos y los enterró en macetas. ¿O fue ella quien lo hizo? No se pierda la investigación del crimen que conmocionó a la sociedad mexicana, en exclusiva en .: Olas de Sangre:.<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=olasdesangre.wordpress.com&amp;blog=737410&amp;post=94&amp;subd=olasdesangre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;"> </p>
<p> </p>
<div id="attachment_95" class="wp-caption aligncenter" style="width: 610px"><img class="size-full wp-image-95" title="evangelina1" src="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2009/03/evangelina1.jpg?w=700" alt="Evangelina Tejera Bosada durante su coronación como reina del Carnaval de Veracruz de 1983"   /><p class="wp-caption-text">Evangelina Tejera Bosada durante su coronación como reina del Carnaval de Veracruz de 1983</p></div>
<p> </p>
<p>El caso de Evangelina Tejera Bosada, la rubia ex reina del carnaval veracruzano que en 1989 asesinó a sus hijos y los enterró en macetas.</p>
<p>¿O fue ella quien lo hizo?</p>
<p>No se pierda la investigación del crimen que conmocionó a la sociedad mexicana, en exclusiva en .: Olas de Sangre:.</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/olasdesangre.wordpress.com/94/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/olasdesangre.wordpress.com/94/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/olasdesangre.wordpress.com/94/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/olasdesangre.wordpress.com/94/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/olasdesangre.wordpress.com/94/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/olasdesangre.wordpress.com/94/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/olasdesangre.wordpress.com/94/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/olasdesangre.wordpress.com/94/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/olasdesangre.wordpress.com/94/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/olasdesangre.wordpress.com/94/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/olasdesangre.wordpress.com/94/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/olasdesangre.wordpress.com/94/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/olasdesangre.wordpress.com/94/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/olasdesangre.wordpress.com/94/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=olasdesangre.wordpress.com&amp;blog=737410&amp;post=94&amp;subd=olasdesangre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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	</item>
		<item>
		<title>El Templo del Vicio</title>
		<link>http://olasdesangre.wordpress.com/2008/12/10/el-templo-del-vicio/</link>
		<comments>http://olasdesangre.wordpress.com/2008/12/10/el-templo-del-vicio/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 10 Dec 2008 23:53:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>olasdesangre</dc:creator>
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		<category><![CDATA[crimen organizado]]></category>
		<category><![CDATA[rumores]]></category>

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		<description><![CDATA[Apuntes para una crónica de la llegada del crack al puerto de Veracruz Por Fernanda Melchor (Publicado en la revista Replicante, no. 17, noviembre 2008-enero 2009)     2008/No se metan con mis muchachos.  Harto del calor, de las comidas basadas en garnachas, de la peste a sobaco y encierro del cuartel, el secretario de [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=olasdesangre.wordpress.com&amp;blog=737410&amp;post=87&amp;subd=olasdesangre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Apuntes para una crónica de la llegada del crack al puerto de Veracruz</strong></p>
<p>Por Fernanda Melchor</p>
<p>(Publicado en la revista Replicante, no. 17, noviembre 2008-enero 2009)</p>
<p> </p>
<p style="text-align:center;"><img class="aligncenter size-full wp-image-90" title="crack" src="http://olasdesangre.files.wordpress.com/2008/12/crack1.jpg?w=700" alt="crack"   /></p>
<p> </p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-family:Calibri;"><strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;">2008/No se metan con mis muchachos. </span></strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span> </span>Harto del calor, de las comidas basadas en garnachas, de la peste a sobaco y encierro del cuartel, el secretario de Seguridad Pública se sacude de encima al matón que le cuida la espalda y escapa hacia la capital del estado, a bordo de su automóvil. Hace semanas que no ve a su familia, justo desde que iniciaran las amenazas telefónicas.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">A la altura de Rinconada, en medio de una insistente llovizna, <span> </span>dos camionetas negras se le pegan a los costados; una tercera unidad irrumpe desde una brecha rural y lo encajona. A punta de rifle, cuatro encapuchados lo obligan a bajar del vehículo.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">- Te voy a pedir que tus muchachos no se metan con los míos-<span>  </span>dice Zeta, recostado sobre el cuero del respaldo. En la letanía que recita, el secretario reconoce el nombre completo de su mujer, la dirección de su residencia en Jalapa, los horarios de los colegios privados a las que asisten sus hijos.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;"> </span></span></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-family:Calibri;"><strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;">2000/Ladrón que roba a ladrón: </span></strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;">En el patio del doctor Careló, Pancho Pantera forja un cigarro de mariguana, pensativo. Se ha dejado crecer el bigote y lleva los cabellos pintados.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">- Tengo que pensar bien cómo voy a chingar a esos vatos- murmura, pero no habla con nadie: maquila. </span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">El oficio de Pancho Pantera consistía en robar a la mafia. Se hacía pasar por agente de ventas y ofrecía cocaína a precio de mayoreo a empresarios locales. Acudía a la cita con una bolsa de cal, pero antes de que pudiera abrir el paquete, una decena de malandros vistiendo playeras de la PGR –el equipo de seguridad de Pancho- <span> </span>irrumpía en el sitio y confiscaba la “droga” y el dinero a cambio de la libertad de los traficantes. </span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">La mitad del botín iba al bolsillo de Pancho. Pero este perdió sus contactos tras una estancia de cinco años en prisión bajo el cargo de delincuencia organizada. Cuando salió, los Zetas le había arrebatado el negocio. </span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">- No quieren socios, esos vatos, quieren asalariados.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">La punta del cigarrillo resplandece en la penumbra.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">- Allá adentro son ellos, los presos, los que mandan a los custodios a castigo.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;"> </span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-family:Calibri;"><strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;">1997/Recuerdos de familia.-</span></strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"> Hijo de madre soltera, el Pollero fue criado en un hospicio y entrenado desde chico para el encierro. Cansado de madrugar y de pasar hambres, mutilando aves en el mercado, se aferra al sueño de convertirse en narco y salir de la pobreza. El Pollero comienza a visitar a los presos del penal y a regalarles alimentos; quiere que la mafia lo observe y lo reconozca. Un guatemalteco agradece su deferencia y lo premia con el primer conecte: un botín de droga oculto en el interior de una camioneta decomisada. Las autoridades le niegan al Pollero el permiso para disponer del vehículo de su “tío”, pero este los convence de que sólo busca “recuerdos familiares”. En el sitio indicado por el viejo, encuentra dos kilos de cocaína. </span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">Cuenta la leyenda que, al llegar a su casa, el Pollero pateó la olla de frijoles que hervían sobre el fogón y mandó a comprar cocteles de mariscos para toda la familia. </span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">- Ora que estamos en el negocio hay que comer como los ricos.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;"> </span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">Nota/ Proliferan los narquíquiris</span><a name="_ftnref1" href="http://olasdesangre.wordpress.com/wp-admin/#_ftn1"><span class="MsoFootnoteReference"><span><span class="MsoFootnoteReference"><strong><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">[1]</span></strong></span></span></span></a><span style="font-family:Calibri;">.- </span></span></strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">Hasta los años treinta del siglo pasado, el clorhidrato de cocaína podría adquirirse en forma de comprimidos en diversas farmacias del puerto. Fue en una de ellas, La Parroquia, ubicada frente a la Plaza de Armas del la ciudad, donde el Hijo Predilecto de Veracruz, Francisco Rivera Ávila, laboró como farmacéutico</span><a name="_ftnref2" href="http://olasdesangre.wordpress.com/wp-admin/#_ftn2"><span class="MsoFootnoteReference"><span><span class="MsoFootnoteReference"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">[2]</span></span></span></span></a><span style="font-family:Calibri;"> y obtuvo el sobrenombre con el que firmaría sus décimas, Paco Píldora. </span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">Posteriormente, un selecto círculo de agentes aduanales, juniors y empresarios de la construcción y de bienes raíces acaparó la oferta y la demanda del producto. La droga colombiana llegaba en contenedores, a través de buques provenientes de Sudamérica, o atravesaba el Caribe a bordo de avionetas, hasta llegar a las bodegas en Mérida y Chiapas.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;"><span> </span>Durante los años noventa, la cocaína cruza la avenida Circunvalación</span><a name="_ftnref3" href="http://olasdesangre.wordpress.com/wp-admin/#_ftn3"><span class="MsoFootnoteReference"><span><span class="MsoFootnoteReference"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">[3]</span></span></span></span></a><span style="font-family:Calibri;">- ésa línea simbólica que divide a las calles del centro (la ciudad-museo) de las calles de las colonias (el reservorio del salvajismo) y se oferta a precios asequibles. El tráfico de drogas en la periferia es catalogado por las autoridades como “suministro entre viciosos”,<span>  </span>una actividad que genera escasas riquezas entre sus actores pero que es fuente de prestigio en la comunidad.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;"> </span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-family:Calibri;"><strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;">1998/El nuevo rico.- </span></strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;">Carnicero de oficio, Lázaro Llinas Castro es conocido en el puerto como el Rey de las Pastas. Sus familiares cercanos lo apodan el Loco. De abuelo y padre vendedores de mariguana, da su primer golpe cuando denuncia al Pollero ante las autoridades y se adueña de su coca, de su “plaza” y hasta de su mujer, Claudia. Instala su primera “tiendita” en una privada ubicada en las calles de Canal y Victoria. Algunos afirman que la fila para comprar droga era tan larga que parecía la de una tortillería.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">Con el tiempo, Lázaro se convierte en el nuevo rico de Veracruz. Manda a que le arreglen los dientes y a que le respinguen la nariz con cirugía plástica. Llega incluso a comprar un yate y un equipo de futbol de tercera división, el célebre Gloisa, que ese mismo año se disputara la copa de la liga amateur en el estadio Luis “Pirata” Fuente</span><a name="_ftnref4" href="http://olasdesangre.wordpress.com/wp-admin/#_ftn4"><span class="MsoFootnoteReference"><span><span class="MsoFootnoteReference"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">[4]</span></span></span></span></a><span style="font-family:Calibri;">. Kalusha, Francois Oman Biyic, Carlos Santos, Luis Hernández y el Turco Mohammed son algunos de los deportistas que Lázaro Llinas solía contratar como cachirules para los encuentros.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;"> </span></span></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-family:Calibri;"><strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;">2008/ El Templo del Vicio.- </span></strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;">Sobre la calva del doctor Careló brilla el foco desnudo de la sala. En sus manos sostiene la foto en donde aparece el Yiyo encendiendo una pipa.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">- Se pegaba unas peídas tremendas cuando los de la tienda le despachaban mal- recuerda, nostálgico.- Por eso me pidió que hablara con Lázaro.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">Yiyo sabía que Careló frecuentaba al clan de los Llinas. Aunque nunca tuvo tratos directos con el Loco, el doctor conocía a su primo hermano, Lazarito, un muchacho que solía visitarlo en secreto para fumar mariguana y no tener que compartir la droga con su familia.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">- Lazarito tenía ocho años cuando llegó. No sabía ni ponchar pero se chingaba dos churros él solito, uno detrás del otro.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;"><span> </span>Ya de adolescente y durante un baile en Capezzio, Lazarito sufrió una trombosis que le dejó paralizadas las piernas. A través de sesiones de acupuntura, el doctor Careló lo hizo caminar de nuevo. La familia del Rey de las Pastas le prodigaba desde entonces un trato deferente.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">Careló habló con las primas de Lázaro.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">- Me dijeron que de ahora en adelante pidieras “la del zapato”.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">Agradecido por el dato, el Yiyo le abrió las puertas de su casa, que pronto fue conocida como El Templo del Vicio entre los adictos de la colonia.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;"> </span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-family:Calibri;"><strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;">1999/El decreto.- </span></strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;">Dentro del Templo del Vicio reinaba el silencio. Solo se escuchaba el golpeteo de la navaja de afeitar partiendo las rocas de cocaína. Cinco pares de ojos contemplaban la formación de las líneas sobre la superficie del azogue. Sólo después de inhalarlas, el doctor Careló primero, se iniciaba la tertulia.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">Una noche, un chilango, mimo de oficio, visitó la casa de Yiyo y le mostró la manera de hervir bicarbonato sódico o amoníaco con clohidrato de cocaína para fabricar la “piedra”. El éxito de la nueva droga fue absoluto. El Yiyo pasa de ser el burrero de la banda a adquirir el rango de Gran Cocinero.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">- ¡En esta casa no se vuelve a inhalar!- decretó, después de consumida la primera alectoria.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;"> </span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-family:Calibri;"><strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;">Nota/Mercadotecnia.- </span></strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;">Aunque los mecanismos de la adicción a la cocaína convertida en crack- la “piedra” o “base”- no han sido aún establecidos por los investigadores, su uso está relacionado con una grave dependencia cuyo síndrome de abstinencia se manifiesta en insomnio, fatiga, apatía y depresión grave.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">El efecto del crack es efímero: después de arrojar el humo del primer tanque, el cerebro y las entrañas ruegan por una segunda dosis</span><a name="_ftnref5" href="http://olasdesangre.wordpress.com/wp-admin/#_ftn5"><span class="MsoFootnoteReference"><span><span class="MsoFootnoteReference"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">[5]</span></span></span></span></a><span style="font-family:Calibri;">. La “piedra”, al igual que la metanfetamina, es una droga diseñada para un consumo reiterado; un éxito de la narcomercadotecnia que empobrece al usuario y lo hace presa de sus más bajos instintos.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;"> </span></span></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-family:Calibri;"><strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;">2001/Bien ciscado.- </span></strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;">Las condiciones dadas, el Loco añade el nuevo platillo al menú de sus “tienditas”. Las aleja del centro y establece nuevas “plazas” en las colonias del oeste y el norte de la ciudad. Adquiere una manzana entera del Infonavit Buenavista y diversifica sus servicios: sus casas sirven para ocultar a las víctimas de secuestro, para almacenar lotes de mercancía robada.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">Agentes de la PGJ lo detienen varias veces, incluso dentro del aeropuerto; el dinero y los contactos con autoridades estatales</span><a name="_ftnref6" href="http://olasdesangre.wordpress.com/wp-admin/#_ftn6"><span class="MsoFootnoteReference"><span><span class="MsoFootnoteReference"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">[6]</span></span></span></span></a><span style="font-family:Calibri;"> lo salvan. La suerte le dura hasta el mediodía del miércoles 18 de julio, cuando un comando de la FEADS irrumpe en El Sanborncito, en donde Lázaro Llinas solía desayunar. La leyenda cuenta que, mientras los agentes federales lo arrastraban hacia la salida, el mayor capo del puerto dejó un reguero de orina sobre el piso de mosaicos.<span>  </span></span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;"> </span></span></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-family:Calibri;"><strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;">2008/Jalar a Dios de las orejas.- </span></strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;">Para el doctor Careló, existen dos tipos de adictos: los que fuman el crack en pipa- los exquisitos-, y los que lo hacen en una lata perforada –los miserables-. Sobre la mesa de la cocina yace su máximo orgullo como artesano: un tubo de vidrio, ennegrecido, con una maraña de alambre anudada en un extremo. La piedra se fijaba entre los hilos de cobre y se calentaba a fuego lento con un mechero de alcohol; de esta manera, Careló evitaba que los vapores tóxicos se desperdiciaran en el aire. Incluso llegó a calcular en miligramos los ingredientes de la cocción- cocaína, bicarbonato y agua- para asegurar la calidad del resultado. Era un simulacro estequiométrico en el que intervenían, en partes iguales, los conocimientos adquiridos en la preparatoria y el fervor codicioso de la dependencia.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">- ¿Por qué dejaste la piedra?</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">Careló tiene la cabeza vuelta hacia la puerta. Por primera ocasión soy capaz de notar la depresión, aparentemente mullida, que señala la ausencia de un pedazo cráneo: el recuerdo de un tiro que recibió en la selva de Nicaragua, cuando jugaba a ser guerrillero.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">- La única piedra buena es la primera. Sientes como si hubieras agarrado a Dios por las orejas. Las demás son una cabronada que te haces a ti mismo.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">- ¿Y si te invito una?- pregunto, para calarlo.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;">- Para tentarme tendrías que traer un kilo, como mínimo.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:Calibri;"> </span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;margin:0;"><span style="font-family:Calibri;"><strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;">Nota/Turno mixto.- </span></strong><span style="font-size:12pt;line-height:150%;">Muchos conectes han desaparecido en los últimos años, pero aún es posible comprar cocaína, en polvo o piedra, en esta colonia de calles deslavadas por las lluvias. Como las tiendas de conveniencia, funcionan las 24 horas del día. Los empleados apenas han dejado a tras la infancia; reciben 300 pesos por turno. Cualquier faltante durante el corte de caja es castigado mediante tablazos, diez por cada “grapa” perdida, en las asentaderas. La reincidencia es nula pues los infractores la pagan con la propia vida.</span></span></p>
<p><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">La policía conoce la ubicación de las tiendas, pero no interfiere. El mensaje es claro: <em>que tus muchachos no se metan con los míos.</em></span><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;"> </span></p>
<div></div>
<div id="ftn1">
<p class="MsoFootnoteText" style="line-height:150%;margin:0;">NOTAS</p>
<p class="MsoFootnoteText" style="line-height:150%;margin:0;"><a name="_ftn1" href="http://olasdesangre.wordpress.com/wp-admin/#_ftnref1"><span class="MsoFootnoteReference"><span><span class="MsoFootnoteReference"><span style="font-size:10pt;line-height:115%;font-family:&quot;">[1]</span></span></span></span></a><span style="font-family:Calibri;"><span style="font-size:x-small;"> </span><span style="font-size:9pt;line-height:150%;">Expresión jarocha que podría provenir de los términos <em>narco</em>: apócope de narcotraficante, y <em>quíquiri</em> o <em>kíkiri: </em>ave enana y de poco valor, en el caló de los criadores de gallos de pelea. Vendedor de droga de poca monta.</span></span></p>
</div>
<div id="ftn2">
<p class="MsoFootnoteText" style="margin:0;"><a name="_ftn2" href="http://olasdesangre.wordpress.com/wp-admin/#_ftnref2"><span class="MsoFootnoteReference"><span><span class="MsoFootnoteReference"><span style="font-size:10pt;line-height:115%;font-family:&quot;">[2]</span></span></span></span></a><span style="font-size:9pt;line-height:115%;"><span style="font-family:Calibri;"> Peredo, Roberto; “Diccionario biográfico de Veracruz”; México, Fundación Colosio, 2003; p. 211.</span></span></p>
</div>
<div id="ftn3">
<p class="MsoFootnoteText" style="margin:0;"><a name="_ftn3" href="http://olasdesangre.wordpress.com/wp-admin/#_ftnref3"><span class="MsoFootnoteReference"><span><span class="MsoFootnoteReference"><span style="font-size:10pt;line-height:115%;font-family:&quot;">[3]</span></span></span></span></a><span style="font-family:Calibri;"><span style="font-size:x-small;"> </span><span style="font-size:9pt;line-height:115%;">Flores Martós, Juan Antonio; “Portales de múcara. Una etnografía del puerto de Veracruz”; Xalapa, Universidad Veracruzana, 2004; p. 89-97.</span></span></p>
</div>
<div id="ftn4">
<p class="MsoFootnoteText" style="margin:0;"><a name="_ftn4" href="http://olasdesangre.wordpress.com/wp-admin/#_ftnref4"><span class="MsoFootnoteReference"><span><span class="MsoFootnoteReference"><span style="font-size:10pt;line-height:115%;font-family:&quot;">[4]</span></span></span></span></a><span style="font-family:Calibri;"><span style="font-size:x-small;"> </span><span style="font-size:9pt;line-height:115%;">Periódico Notiver, 28 de Septiembre de 2005, Sección El Deporte, Columna “Minuto Cero”.</span></span></p>
</div>
<div id="ftn5">
<p class="MsoFootnoteText" style="margin:0;"><a name="_ftn5" href="http://olasdesangre.wordpress.com/wp-admin/#_ftnref5"><span class="MsoFootnoteReference"><span><span class="MsoFootnoteReference"><span style="font-size:10pt;line-height:115%;font-family:&quot;">[5]</span></span></span></span></a><span style="font-family:Calibri;"><span style="font-size:x-small;"> </span><span style="font-size:9pt;line-height:115%;">“Es indudable que cuando las personas empiezan a usar la droga pueden limitar su uso a una o dos veces por semana; sin embargo, en la mayoría de los casos esta frecuencia aumenta gradualmente hasta que la persona se ve obligada a fumar intensamente todos los días, llevada por una necesidad irreprimible”, de “Las Naciones Unidas y la Fiscalización del uso indebido de drogas”; Nueva York, ONU, 1990.</span></span></p>
</div>
<div id="ftn6">
<p class="MsoFootnoteText" style="margin:0;"><a name="_ftn6" href="http://olasdesangre.wordpress.com/wp-admin/#_ftnref6"><span class="MsoFootnoteReference"><span style="font-size:9pt;line-height:115%;"><span><span class="MsoFootnoteReference"><span style="font-size:9pt;line-height:115%;font-family:&quot;">[6]</span></span></span></span></span></a><span style="font-size:9pt;line-height:115%;"><span style="font-family:Calibri;">“Fue detenido por elementos de la FEADS Francisco Salazar Tovar, subdelegado operativo de la PGJ de Veracruz, bajo el cargo de brindar protección a Lázaro Llinas Castro”, extraído del boletín no. 498/01 de la PGR del 22 de julio de 2001. </span></span></p>
</div>
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<hr size="1" /></div>
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		<pubDate>Fri, 31 Oct 2008 22:33:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>olasdesangre</dc:creator>
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