Una cárcel de película
Fernanda Melchor
(Fotos de Isaac Aguilar)
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El traslado inició a las dos de la mañana, en medio de un norte furibundo. Algunos presos ni siquiera alcanzaron a vestirse por completo cuando los agentes federales irrumpieron en las crujías. A golpes y patadas los obligaron a formarse en los corredores, a cubrirse el rostro con los brazos desnudos, a desfilar frente a una valla de soldados que amenazaban con dispararles si se atrevían a alzar la mirada para buscar a sus familiares entre la muchedumbre que gritaba a lo lejos.
Tiritaban; algunos pensaban en la “bienvenida” que recibirían al llegar a sus nuevos “hogares”; otros habían sido más precavidos y lograron hacer “arreglos”: desde mediados de diciembre se hablaba de que el penal sería vaciado para filmar ahí la nueva película de Mel Gibson, rumor que las autoridades negaron incluso cuando ya había sido publicada oficialmente la declaratoria de inhabilitación del inmueble.
En autobuses rentados y escoltados por hummers del ejército partieron cerca de mil presos con destino a otros penales del estado. La puertas de Allende quedaron abiertas y a su alrededor se refugiaron decenas de mujeres que esperaban a que amaneciera para indagar la suerte de su gente.
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A Rodrigo lo mandaron al penal deshabitado para husmear en las crujías y fotografiar los graffitis que los presos dejaron sobre los muros. Las ratas se paseaban a sus anchas por los pasillos e incluso correteaban a los empleados de limpia pública que si estos intentaban ahuyentarlas.
Cuando recuerda, Rodrigo frunce las narices como si aún sintiera la peste.
“Era un cochinero; no sé cómo podían vivir tanta gente ahí adentro, cómo podían comer en esos puestos que anunciaban ‘ricos tacos’ si era un asco. Nada más atravesabas el patio y te encontrabas con una especie de mercado de pesadilla, apocalíptico, todo hecho de madera podrida, todo lleno de moscas y cucarachas, apestando a drenaje y creolina”.
Rodrigo vio cómo los policías se llevaban teles, ventiladores, grabadoras y hasta maquinarias industriales. También vio señoras que lloraban, con sus facturas en la mano, porque los aparatos que aún no acababan de pagar no aparecerían en las celdas de sus parientes.
“Hablé con el delegado de Readaptación Social, le pregunté si habían cerrado el penal para hacer la película de Gibson y me dijo que no, que se estaba cerrando por motivos de salubridad, que eran pura coincidencia que el traslado y el inicio de la filmación de la película se dieran casi al mismo tiempo”.
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El 13 de enero, cuando presidía un evento, Fidel Herrera Beltrán divulgó que bandas del crimen organizado se había apropiado de Allende y que planeaban llevar a cabo un motín donde varios reos serían degollados. Aunque nunca aclaró a qué grupo delictivo se refería, insinuó que el asunto estaba ligado a la muerte del fundador de Los Zetas, Braulio Arellano alias El Gonzo, ocurrida meses atrás en Soledad de Doblado.
A pesar de algunas protestas (el diputado Sergio Vaca, por ejemplo, calificó el desalojo como un “fidelazo” y afirmó que se crucificaría desnudo si llegaban a vender el edificio) el penal fue “prestado” a Mel Gibson para la grabación de How I spend my summer vacactions. El precio que Gibson pagó por dicha renta jamás fue divulgado.
Y cuando se le preguntó al director general de Cinematografía de la entidad si la reubicación de los reos obedecía a una exigencia del actor australiano, el funcionario aseguró, coincidentemente, que el desalojo del penal y la filmación de la película habían sucedido casi al mismo tiempo “por pura coincidencia”.
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A principios de febrero, Lalo andaba de vacaciones y se fue a hacer casting para la película de Mel Gibson. Sabía que buscaban gente morena, con tatuajes y que hubieran estado en prisión; Lalo sólo cumplía con el primer requisito pero aún así logró quedar: después de cinco horas de cola, le dijeron que se presentara en el penal el 29 de abril a las 5 de la tarde y que le pagarían 400 pesos.
Cuando llegó se enteró de que le tocaba hacer de “civil”. Entre los extras habías “policías”, “soldados”, “reos” y “reporteros”. Un amigo suyo, Eliseo, actuaría como prisionero: había estado guardado en Allende un par de semanas por robar tubería de cobre. Lalo se acercó a él y lo notó nervioso. Cuando iban entrando al penal, Eliseo le confesó: “Chale, loco, me lleva la madre. Yo ya estuve aquí y no quiero volver a entrar… ¿Qué tal si ahora no salgo?”.
Eliseo le señalaba a los extras que habían sido “inquilinos”: eran todos jóvenes y flacos, llevaban las greñas largas y los ojos enrojecidos. Eliseo le señaló a un chico cubierto de tatuajes; le dijo: “Ese cuate ya mató como a cinco. Le han de haber dado chance de trabajar en la película”. Lalo sintió miedo. Llegó un momento que, entre risa y risa, ya no distinguía a los policías de los ex convictos. Luego se hizo amigo de una “policía”, que resultó ser una agente verdadera. Le contó que sus superiores le dijeron que la mandarían a un “operativo especial”. Cuando ella y sus compañeros bajaron del autobús se dieron cuenta de que estaba en el set de la película.
Simularon un motín hasta las tres de la mañana. Reunieron a todos en el patio y les pidieron que actuaran “con normalidad”; que cuando escucharan un disparo se tiraran al piso. Así estuvo Lalo toda la noche; tenía la panza colorada de tanto rodar por el suelo de cemento. Luego los pusieron a correr en las calles aledañas mientras los filmaban desde un helicóptero y, más tarde, a “cascarear” dentro de la prisión hasta que salió el sol y pusieron retirarse.
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Por la calle de Zaragoza bajaron hasta Rayón, y luego subieron a Independencia. Eran 200 personas, casi en su mayoría mujeres: maduras, regordetas, de carnes apretadas y lustrosas como fruta morena. Llevaban mantas pidiendo el apoyo del gobierno para poder visitar a sus familiares, apoyo que durante el periodo electoral fue suspendido. Pedían también, a gritos, mayor sensibilidad a las autoridades judiciales, que prácticamente tenían congelados 650 procesos.
“Mel Gibson, chingas a tu madre”, aullaba una ancianita que era seguida por una muchacha de ojos verdes y shorts cortísimos. “Me prometieron 700 pesos por día, a mí y a mi nieta, y a la mera hora no nos pagaron ni la mitad” denunciaba, morada del coraje.
“¿Cuánto habrá pagado Mel por Allende?”, se escuchaba más allá. “Dicen que un millón de dólares”… “No, fue más, fue muchísimo dinero”… “Todo se lo clavó El Negro pá las elecciones”… “Ay, no, El Negro no es capaz de eso” “No se metan con el gober; la cosa es contra los jueces y los de readaptación, ¿oyeron?”, las regañó una mujer vestida por completo de rojo, desde los tenis astrosos hasta la punta de los cabellos.
“Dicen que hay gente que ni siquiera aparece, que se fugaron o los fugaron, como el que mató al primo de Yunes”, murmura una joven de largos cabellos. “Que hay presos que ni siquiera tienen causa, como la señora esa que se robó una bicicleta y que ya lleva dos años en el bote sin que le resuelvan”.
“Pobre”, se lamenta su vecina. “Al menos yo sé que el mío sí se lo merece…”.






Buenísimo: “al menos yo sé que el mío sí se lo merece…”. Jajajajaja.
Un saludo.
Cornoemplumado
noviembre 23, 2010 a 11:02 am
Hola Fernanda
Necesito hablarte sobre una antología que estoy haciendo y quiero ver si te interesas, es de escritoras jóvenes de México nacidas en los ochentas.
Saludos
Miguel
Juan Miguel
enero 22, 2011 a 8:19 am
haber si la publicas ojala y sea referida al puerto un abrazo añoranzas
chuy
octubre 14, 2011 a 7:17 am
La anècdota es buena,pero es, simplemente, una narraciòn sin pies ni cabeza; en fin, no me gusto como otras tuyas
Ricardo
mayo 4, 2011 a 4:23 pm
Que padre escribes., felicidades! cuentanos del que mato a la ovia orque lo corto.
alejandra elizondo
julio 29, 2011 a 10:38 pm