.:Olas de Sangre:.

Síntesis, reseña y crítica de crímenes selectos, sucedidos en Veracruz, México

Veracruz se escribe con Zeta.

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Veracruz se escribe con Zeta

Estampas de la vida en el puerto

Por Fernanda Melchor

Publicado en la edición del 13 de abril 2011 de la revista digital Replicante

http://revistareplicante.com/destacados/veracruz-se-escribe-con-zeta/

1

Harta de la cháchara de tus parientes — recién llegados de visita al puerto— tomas el auto y te diriges a la playa. Hace un clima estupendo: el sol brilla con júbilo en lo alto del cielo pero el viento es aún fresco y trae consigo un aroma a tierras lejanas.

Te estacionas frente al mar. Enciendes un cigarrillo sin bajarte del auto. El mar está casi inmóvil, tan pálido como el cielo. Las olas rompen con desgana en la playa, olas enanas que por momentos parecen hechas de plata y no de agua, de azogue, del material ese del que está hecho Robert Patrick en Teminator II.

La playa no está vacía. De hecho, te percatas que hay más gente de la que suele haber los miércoles por la mañana: un grupo de treinta o cuarenta muchachos caminan cerca de la orilla. Llevan los pantalones de mezclilla arremangados y las camisas en las manos. Los pechos son morenos y lampiños, los cabellos van engominados, alzados en crestas o relamidos contra el cráneo. Te llama la atención que el grupo parezca caminar hacia un sitio preciso en la orilla; incluso ignoran al franelero que les ofrece asiento en las mesas protegidas con sombrillas que ha colocado sobre la arena rastrillada. Los movimientos de los chicos, la forma de llevar las ropas, te recuerdan las maneras de los turistas cuando bajan a la playa en manada para meter los tobillos en el mar y tomarse fotos. Pero aquellos chicos tienen más pinta de albañiles en día de descanso que de turistas.

A veinte metros de tu auto, una destartalada vagoneta blanca se detiene. Cuatro hombres vestidos de raperos —ropas deportivas, tatuajes, lentes oscuros— descienden y alcanzan al grupo en la playa. No alcanzas a escuchar lo que dicen, pero parece que los recién llegados les ordenan formarse. Parece que se tomarán una foto de grupo porque todos se acomodan dándole la espalda al mar,  incluso los de enfrente se sientan en cuclillas. Pero nadie trae cámara.

Enciendes otro cigarro mientras los líderes y los chicos abandonan la arena y suben hasta la acera. Algunos se amontonan junto a la vagoneta blanca y uno de los que mandan —jersey de basquetbol verde claro— los reprende y los obliga a dispersarse. La puerta corrediza de la vagoneta se abre y dentro hay más gente. Te da la impresión de que van nombrando a los chicos, porque estos se acercan de dos en dos al vehículo y después se alejan del sitio con pequeños sobre color manila en las manos. Te fijas en una chica (hay quizás como tres o cuatro chicas entre el grupo): se acerca a tu auto mientras cuenta dinero, billetes verdes, nuevos, que no pueden ser sino de doscientos pesos. Sus labios regordetes se mueven mientras sus dedos se deslizan con pericia. Un auto amarillo, marca Mitsubishi, se detiene junto a ella. La chica —piel color canela, blusa rosa mexicano, sandalias con pedrería y lentes oscuros que le cubren la mitad del rostro— abre la puerta del copiloto —el reguetón truena— y sube al vehículo. Segundos después llega un BMW 3251, negro, al que suben tres chicos esmirriados —el menor no debe tener ni siquiera los quince años—. Luego es una camioneta cuya marca no reconoces: sólo sabes que es blanca, nueva y lleva los vidrios polarizados.

Para entonces te das cuenta de que hay dos hombres parados junto a tu vehículo. No te miran fijamente pero notas que se colocaron en tu punto ciego. No puedes mirarlos de lleno porque tendrías que volver la cabeza por completo y no quieres que se den cuenta que te diste cuenta. Tomas tu celular y le hablas a tu amigo Agustín, el primero del directorio. Charlas de cualquier cosa mientras fumas otro cigarrillo. Cuando los líderes de la camioneta te observan con recelo, dices alguna gracejada y ríes, para relajar tu rostro y no delatarte.

Te marchas un minuto después de que uno de los hombres te mostrara la cacha de una pistola asomando de la cintura de sus bermudas.

 

2

Nunca supiste su verdadero nombre. Te dio miedo preguntarle. Los amigos que te lo recomendaron lo llamaban Ángel del Mal; incluso así te lo escribió uno de ellos en la tarjeta en la que te pasó también su clave de radio y un número de celular. A ti te daba vergüenza aquel nombre tan payaso y lo llamabas Ángel, a secas.

La primera vez que le marcaste por radio lo citaste en un pequeño parque a dos cuadras de tu casa. No querías que supiera dónde vivías. Eran las ocho de la noche y el parque estaba a oscuras; por entre las ramas de los almendros soplaba la brisa fresca de octubre, ese vientecillo con olor a bosque que empujaba lejos el aire caldeado de la ciudad y que por la noche hacía aullar como desesperados a los perros de la cuadra.

Ángel del Mal se acercó a bordo de un automóvil oscuro, nuevo pero austero. Te pidió que subieras. Condujo el vehículo alrededor del parque mientras te mostraba una bolsa de supermercado atiborrada de paquetes diminutos; cada uno conteniendo un gramo de cocaína. Le compraste cuatro aquella primera vez. Tu mujer tenía antojo de marihuana pero Ángel no llevaba: te explicó que no le gustaba comercializar con mota pues ocupaba demasiado espacio, olía mucho y era tan barata que no le dejaba casi ganancias. Te cayó bien su franqueza, su bigote de Pedro Infante, su leve acento norteño, la sencillez de unas ropas que lo hacían lucir como el gerente de una tienda de zapatos. Le calculaste 40 años y un pasado castrense.

Comenzaste a llamarlo una o dos veces por semana; era un alivio no tener que aparecerse por las tienditas y lidiar con los vendedores callejeros; siempre querían propina, siempre miraban tu auto con codicia y algo de rencor. Poco a poco te atreviste a hacerle conversación e incluso preguntas. Sabías que no era correcto mostrar tanta curiosidad pero realmente querías saber si trabajaba para Los Zetas, aunque no los nombraste de esa manera porque estabas acostumbrado a no mencionar ese apelativo en voz alta, como todas las personas que conocías: dijiste “los de la última letra”. Mientras se efectuaba la transacción, Ángel habló. No dijo que sí ni que no pero te dio a entender que la mercancía que él repartía por toda la ciudad y que tú y tus amigos esninfaban ruidosamente en las fiestas provenía de este grupo delictivo. Te dio a entender que él era sólo uno de tantos vendedores autorizados y que sí se atrevía a incrementar el costo oficial de cada bolsa era para ahorrar a sus clientes la molestia de salir de sus domicilios. La confesión te puso nervioso; le estrechaste la mano con premura, abriste la puerta del auto para descender y casi te desmayas al ver la patrulla que los seguía con las luces apagadas.  Te imaginaste en los separos inmundos de la policía, a tu mujer teniendo que empeñar algo para pagar una multa de cuatro ceros, a tus amigos furiosos porque no llegabas con el perico. Pero Ángel, muy calmo, casi sonriendo, te dijo que bajaras del auto sin miedo, que la inmunidad ante la policía ya estaba incluida en el precio de cada grapa.

— Si se meten conmigo le responden a aquellos y no son pendejos— dijo.

Otra noche, de nuevo en su auto, le preguntaste si había más repartidores como él. Con el rostro súbitamente alargado, te contó que solía haber un muchacho que también vendía coca a domicilio y que siempre iba acompañado de una chica, para despistar a los militares en los retenes que a cada rato  improvisaban en las calles del puerto.  Ángel te contó cómo el chico había empezado a “jugarles chueco” a Los Zetas: para incrementar sus ganancias comenzó a comprarle droga a los “chapulines”, miembros de otros cárteles que actuaban en la periferia de la ciudad, hasta que los jefes se dieron cuenta de su traición y le exigieron a Ángel del Mal que “le pusiera el dedo”, que hablara por radio con el muchacho para que este le dijera dónde se escondía. Los sicarios mataron al muchacho y a la chica que lo acompañaba; Ángel estaba ahí.

— Me obligaron a seccionarlo— te confesó. Se retorcía el bigote con nervios.

La palabra se quedó rebotando en tu cabeza pero no fue sino hasta que entraste a tu casa y pasaste el seguro de la puerta, con tu botín bien guardado en una de las solapas de tu cartera, que comprendiste lo que tu dealer quiso decir con ese término que sonaba a medias médico, a medias burocrático: que los patrones lo habían obligado a descuartizar el cuerpo de su antiguo compañero.

La coca que compraste aquel día te supo a veneno pero te la acabaste toda, hasta la última morusa que quedó pegada al billete de veinte que utilizabas para inhalarla. Y es que con algo debías condimentar el par de botellas de whiskey de doce años que tus amigos habían llevado: ni modo que se las tomaran en seco.

Dos meses más tarde, Ángel del Mal dejó de responder su radio y tuviste que acudir de nuevo con los vendedores callejeros.

3

Era un sábado como cualquier otro. La tienda mayorista en la que trabajabas como cajero estaba a reventar de clientes y niños. Iniciaste tu día de la forma acostumbrada: con una junta de motivación en la que el gerente compelía a los empleados (“socios” era el término que prefería la empresa, para ahorrarse prestaciones laborales) a gritar y brincar abrazados. Tu sonrisa debía de ser tan amplia como la que lucía el botón que pendía de tu camisa, decía tu supervisor, pero rara vez lograbas mantenerla más de una hora seguida, lo que te restaba puntos de productividad y pesos en la quincena.

Todo transcurría con normalidad. El dolor de pies era aún soportable. Por la caja que atendías desfilaban las señoras que compraban pasteles congelados y latas de conserva gigantes; señores que iban por cartones de cigarrillos, comida preparada y licores. Y de repente, por ahí del mediodía, se formó ante tu fila una caravana de montacargas que arrastraban un par de refrigeradores, tres lavadoras, cinco hornos de microondas, pacas y pacas de ropas, cajas de licores y de golosinas. Estabas acostumbrado a facturar grandes pedidos de restaurantes y hoteles, así que no te extrañó que el total de aquella cuenta ascendiera a poco más de 10 mil dólares. Detrás del último carrito apareció un hombre de mediana edad, acompañado de seis muchachos de aires gansteriles. Le sonreíste al cliente, le deseaste una buena tarde y preguntarle por su forma de pago. Sin decir una palabra, él te entregó una tarjeta de crédito que fue rechazada por el sistema al primer intento.

Le pediste disculpas al cliente, le explicaste que tu terminal señalaba que la tarjeta había sido cancelada. Sin inmutarse, el hombre sacó otra tarjeta del bolsillo trasero.  Era un plástico virgen, sin letras ni números ni logos de ningún banco. Le diste vuelta entre tus dedos y miraste la banda magnética mientras sentías cómo los poros de todo tu cuerpo se levantaban.  Estiraste aún más tu sonrisa y te disculpaste nuevamente con el cliente: no podías pasar aquella tarjeta.

— Pásala, coño, tú pásala— decía el tipo, con evidente molestia.

— Pásala, pendejo. No hagas panchos— añadió uno de los malandrillos.

Como no sabías que hacer, seguiste el manual de la compañía: llamaste a tu supervisor. Los tipos te miraron con odio pero no serías tú quien les negara lo que querían. El supervisor tardó 15 minutos en llegar; la tienda estaba a reventar. Le entregaste la tarjeta; la miró por todos lados y se negó también a pasarla.

El hombre ni siquiera alzó la voz para explicarles que, si no le cobraban con aquel plástico, tú y el supervisor acabarían muertos en el estacionamiento, con las caras llenas de agujeros y los sesos desparramados.

Tu supervisor pasó de inmediato la tarjeta. Los hombres se marcharon tranquilamente con su mercancía.

Al día siguiente presentaste tu renuncia. Necesitabas el trabajo pero no sabías si los tipos aquellos volverían. Más tarde te enteraste que tu supervisor había hecho lo mismo.

4

Lo tuyo, lo tuyo siempre ha sido el antro. Incluso tu fiesta de XV se celebró, allá a finales de los noventa, en la que era la disco más cool del puerto. Tu papá ya había rentado el Casino Naval y te imaginaba rodeada de chambelanes, con vestido de crinolina, lanzando palomas blancas al techo. Tuviste que encerrarte dos días en tu cuarto y gritar que te matarías si tus amigas te llegaban a ver bailando el vals con un algún naco de la Academia Naval, para que finalmente tu papá accediera a rentar el antro y se olvidara del pastel de tres pisos.

Conoces todos los centros nocturnos del puerto, o al menos todos los que valen la pena. No te importa realmente que en las bocinas truene el pop, el reguetón, el lounge o la salsa; para ti siempre ha sido más importante la convivencia: estar con la gente que quieres y admiras, echar relajo sin tener que abundar en conversaciones aburridas, bailar y beber y reírte hasta el amanecer.

Te gustaba en particular aquel antro de decoración vintage, asientos de terciopelo y arañas de cristal en el techo. Y te gustaba porque era el más costoso del puerto, el más nuevo, el más exclusivo. Únicamente la gente bonita y bien vestida podía ingresar al local; podías ser rubio de ojo azul y hablar francés, pero si llegabas en bermudas y chanclas, bye, no pasabas de la puerta. Era tan pero tan glamuroso que a veces sentías pena de tener que ponerte la misma blusa dos veces, cuando sabías que había chicas que llevaban vestidos de diseñador de 30 mil pesos. Pero una vez adentro te encontrabas con todo el mundo y tus complejos se diluían como el hielo frappé en tu trago de colores.

Por eso te llamó tanto la atención aquel grupo de prietitos pelos necios, vestidos con camisas deportivas y gruesas cadenas, que empezó a acudir los fines de semana al antro. Se veían tan fuera de lugar que todo el mundo se les quedaba viendo de reojo y nadie entendía, al principio, por qué el dueño del lugar se deshacía en caravanas y las ofrecía siempre las mejores mesas, aquellas que ni tus propios amigos lograban reservar. Mucha gente se molestó, y no porque fueran morenos; algunos de tus amigos lo eran y tenían más dinero que los güeros; lo raro era que los tipos aquellos no bailaban ni se divertían.  Se la pasaban mirándose las caras mientras bebían como cosacos, en completo silencio. A veces iban acompañados de mujeres; todas te parecían vulgarsísimas, corrientes, incluso con tremendas joyas que lucían.

Un amigo te contó que los tipos aquellos eran narcos y le creíste: tenían la misma pinta de los que salían en la tele, esposados frente a mesas atascadas de metralletas. Tu amigo te aconsejó que jamás les dirigieras la palabra ni voltearas a mirarlos siquiera porque ya había pasado, te contó, que en algún otro antro del puerto un grupo de sujetos de las mismas características se prendaban de alguna chica y decidían llevársela, aunque tuvieran que deshacerse del marido o de los pretendientes. No le creíste, parecía el argumento de una película chafísima, pero luego tu mamá te contó que aquello realmente le había pasado a la hija de una señora que le había mandado un correo a una amiga suya. Te traía tonta con sus advertencias y consejos bienintencionados cada vez que te arreglabas para salir, y acabaste por prometerle que ya no acudirías a la disco. Pero seguías yendo. Te aburrías horrores en los bares y las fiestas caseras.

La última vez que pusiste un pie en aquel antro fue una noche de sábado para domingo. El lugar reventaba de gente y ruido y de un momento para otro las luces se encendieron y la música se murió en las bocinas. Un grupo de tipos armados había entrado al antro, se dirigieron a una de las mesas y sacaron cargando a un muchachito. Pudiste ver todo lo que le hacían porque el antro tenía grandes ventanales que daban hacia  el Boulevard Ávila Camacho, la avenida que recorría toda la costa. Tres camionetas detenían el tráfico de la avenida; cinco sujetos golpeaban por turnos al chico; le sacaron sangre de la cara con las culatas de sus fusiles y después, cuando quedó inconsciente, lo levantaron del suelo y lo arrojaron dentro de una de las camionetas.

Dentro del antro todos tenían cara de espanto, menos los narcos de la mesa junto a la pista. Pensaste en el pobrecito muchacho; tan guapito que se veía. La gente cuchicheaba y muy cerca de tu mesa alguien comenzó a gritar en un radio, decía algo sobre la policía.

Uno de los narcos, un tipo imponente, con el pelo cortado de cepillo, se levantó de su asiento y sin dirigirse a nadie en particular, gritó que “ahí no había pasado nada”.

— ¿O qué, alguien vio algo? —reclamó, con los brazos en jarras.

Todos huyeron en estampida. Ni siquiera alcanzaron a pagar las cuentas. Tú ibas llorando. Tenías mucho miedo y no podía creer que la ciudad en que habías nacido se estaba convirtiendo en uno de esos lugares feos que existen en la frontera, en donde no hay donde salir a divertirse porque a cada rato hay balaceras.

 

5

Te despiertas con el ruido de las metralletas tronando afuera de tu casa. Saltas de la cama y cruzas corriendo el pasillo para entrar al cuarto de tu hijo: yace en su cama, despierto y asustado. Tu esposo se asoma por la ventana de la sala y te grita que te arrojes al piso. Te dice que afuera hay soldados, que van armados, que acaban de agarrar tu auto como parapeto, que apuntan a una camioneta volcada al final de la calle.

No te atreves a abrir la puerta de tu casa hasta bien entrada la mañana. Algunos reporteros tocan el timbre pero no les abres.

Todo aquel mes te ves incapaz de dormir de corrido: cada vez que cierras los ojos vuelves a escuchar el clamor de las balas.

6

Hace tiempo que no paseas por aquel barrio. Hay muchas más casas de las que recordabas, más lujosas que entonces, ahora pintadas de alegres colores y decoradas con molduras de importación y portones blancos. No queda ni rastro del terreno baldío en el que jugabas beisbol y cazabas lagartijas con tus amigos, pero la escuela primaria a la que asististe durante seis años está en el mismo sitio; incluso sigue pintada de blanco, aunque ahora luce más pequeña de lo que recordabas. La puerta de entrada ya no es más una reja de fierro sino un portón de aluminio albo. Detrás de ella escuchas gritos infantiles, risas: supones que es la hora del recreo.

Se te antoja de repente entrar a la escuela y subir a la dirección para saludar a aquella prefecta bajita, de voz atiplada, que te jalaba las orejas con dulzura cuando hablabas demasiado en clase, o a tu maestra de sexto año, la que te dio a leer a Malfalda y te contó lo que realmente había pasado en Tlatelolco, esa mujer morena, de gruesos lentes, que te enseñó a ti y a tus compañeros cómo jugar beisbol sin guantes, al estilo del pequeño pueblo selvático del que provenía. Estás a punto de presionar el timbre cuando recuerdas que no cuentas con mucho tiempo, que sería mejor apresurarte a llegar a la oficina. Permaneces unos minutos más frente al portón y te prometes a ti misma que pasarás después a saludar a tus antiguas maestras. Te das la vuelta para marcharte y entonces reparas en una especie de florero que alguien ha colocado en el borde de la acera, junto a un pequeño árbol que no existía en tus tiempos de escolar. Te acercas a contemplarlo. Las flores que contiene están marchitas pero lucen recientes. Sobre el suelo, desperdigados, yacen los pedazos de una cruz de yeso rota. Te inclinas para mirar los fragmentos; hay letras doradas en ellos. Los acomodas sobre la acera para formar un nombre y una fecha: “Miriam M. Barra. 1974-2010”. Sobre el tronco del árbol descubre un cristo de metal, clavado. Haces la resta correspondiente: Miriam tenía 36 años el día de su muerte, ocurrida en aquella misma esquina; seguramente en un accidente de tráfico. Te marchas del lugar chiflando la canción con la que la radio te despertó aquella mañana.

Pasan dos días. El nombre de Miriam M. Barra se te ha quedado grabado. Te aburres en la oficina; tienes que esperar instrucciones que no llegan y para matar el tiempo, decides buscar aquel nombre en el explorador pero la búsqueda no arroja ningún dato interesante. Decides entonces probar con los nombres de las calles. Tecleas “Invernadero esquina Marte”: la primera entrada que aparece proviene de un periódico en línea y anuncia: “Apareció descuartizada”. La fotografía que acompaña la nota muestra a un grupo de policías vestidos de negro en el proceso de levantar un bulto envuelto en sábanas ensangrentadas, casi frente al portón blanco del colegio. Las notas suponen que el cuerpo pertenece a Nayeli Reyes Santos, empleada del Poder Judicial de la Federación, secuestrada cuatro días antes del hallazgo. Las imágenes abundan: instantáneas de Nayeli en vida (cabello liso, mechas rubias, sonrisa coqueta, rostro afilado) y de su cuerpo mutilado: piernas cortadas a la altura de la ingle, brazos amoratados, separados de un torso apenas cubierto por una camiseta a rayas y una cartulina (“Ezto le va a pasar a todoz aquelloz que falten al  rezpeto o pongan el dedo a la compañía. Atte Z”) que alguien fijó a la carne con un cuchillo, hundido hasta la empuñadura. Las siguientes notas consignan el reconocimiento del cuerpo por parte de un familiar cercano de Nayeli y la devolución del mismo, dos días después, en pleno velorio: los padres de la abogada de 32 años abrieron el ataúd y se percataron de que el cuerpo que lloraban tenía cabello oscuro y rizado y llevaba tatuajes que Nayeli nunca se había hecho.

Te embarga la tristeza. No hay ninguna información que consigne la posterior identificación del cuerpo de Miriam M. Barra, de 36 años, ni la aparición, con vida o sin ella, de la empleada del PJF. Recordaste lo que alguna vez te contó una amiga artista que había trabajado con una embalsamadora: no existen cuerpos femeninos en las facultades de Medicina porque estos siempre terminan por ser rescatados de los anfiteatros, lo que siempre no sucede con los varones. Pensaste en el dolor de la familia de Miriam, en las flores marchitas por el calor pero relativamente recientes en el florero, en la cruz rota sobre la acera. ¿Habrían sido los perpetradores de su homicidio quienes la habían arrojado al suelo para destruirla? ¿O sólo una travesura de los niños de la escuela, un mero accidente?

Los ojos te lagrimean. Te los limpias con coraje: ya no eres una chiquilla y no puedes darte el lujo de llorar por quien no conoces. Recuerdas aquella vez en que la maestra de sexto puso en clase ese video en donde los soldados le disparaban a los estudiantes, allá en la Plaza de las Tres Culturas, y recuerdas también que, aquella misma noche, fuiste incapaz de pegar el ojo pues aún podías escuchar los gritos, los cantos de los muchachos, sus consignas. Diste vueltas bajo tus sábanas de Garfield hasta bien entrada la madrugada; tenías la sensación de que tú eras tan culpable como los soldados, como el presidente con cara de chango que salía gesticulando en el video y al que los estudiantes le mentaban la madre horas antes de caer al suelo, despedazados por las balas.

7

Llevas ya ocho días yaciendo en una camilla en la sala de urgencias del IMSS. Tu tía te cuida. Todos los días te dice que ya en cualquier momento serás trasladado a un hospital en el que podrán coserte el hueco de la espalda, que ahí en Urgencias no pueden hacer nada porque no estás afiliado. Te dice también que el gobernador pregunta a diario por ti y que se ha comprometido a conseguir atención médica y una beca para que puedas terminar de estudiar la secundaria.

Llevas ya ocho días en aquella camilla, bocabajo, con las moscas zumbando en torno a tu cabeza, sin que te suban a piso ni te trasladen. Te medican y ponen sueros, te inyectan todo el tiempo. Antibióticos, sobre todo, para que la herida no se te pudra. La tienes cubierta de gasa y no permiten que te la toques, aunque tú te empeñas en hacerlo y a veces, cuando tu tía no te vigila, cuando las enfermeras se marchan a atender a los pacientes, te retuerces para llevarte una mano a la espalda y sentir el hueco que la bala expansiva te dejó a la altura de la paletilla.

— Cinco centímetros más adentro y no la cuentas— te dijo el médico.

El dolor aumenta durante la noche, cuando los medicamentos reducen su efecto y el silencio del hospital te recuerda que tu madre está muerta, que la mataron las mismas balas que te hirieron cuando viajaban en un taxi por la calle La Fragua, hace ocho días.

Y entonces lloras, aunque tu tía esté contigo, aunque te acaricie la cabeza y te pida que no lo hagas, que tu mami se pondría más triste de verte sufrir tanto. Lloras porque tú fuiste el de la idea de ir a cenar tortas después del concierto de la Arrolladora Banda Limón en el Auditorio Benito Juárez y porque fuiste tú el que eligió el carro que se atravesaría en el medio de la balacera.

Y ni siquiera pudiste ir al velorio, ni siquiera pudiste llevarle flores y pedirle disculpas. Por eso lloras, porque todo es tu culpa.


Escrito por olasdesangre

octubre 19, 2011 a 10:31 pm

La casa del Estero

con 6 comentarios

Por Fernanda Melchor

Afortunado aquel que logró conocer la causa de las cosas

y puso bajo sus pies todos sus temores,

la creencia en un destino inexorable

y el estrepitoso ruido del Aqueronte.

- Vigilio, “Geórgicas”

1

Todo comenzó con una llamada.

— Oye, Jorge, vamos al Estero…

Era Betty al teléfono. Al fondo se escuchaban las risitas de Jacqueline y de Evelia.

“El Estero. Quieren ir a esa maldita casa de nuevo” pensó Jorge y la modorra de las cuatro de la tarde lo abandonó por completo.

— No puedo ir, no tengo dinero.

Fue seco para desanimarlas.

— ¡Anda, Jorge! Nosotras ponemos la botella…

Jorge miró el rostro dormido de su abuela, su boca ligeramente abierta, las cobijas hasta la barbilla. El teléfono estaba en el cuarto de la anciana pero ella nunca escuchaba el timbre.

— No tengo nada, ni para el autobús.

— ¡No importa, nosotras te invitamos!

A lo lejos se escuchaba una canción de Soda Estéreo.

—  Anda, no seas mamón. Te esperamos en Plaza Acuario— gritó Betty, y luego colgó.

Jorge marcó entonces el número de Tacho.

— Oye, carnal, fíjate que…

— Sí, ya me hablaron.

— ¿Tú qué dices? ¿Vamos?

Tacho permaneció en silencio. Jorge retorcía el cordón del teléfono entre sus dedos. Conocía bien a Tacho y sabía que estaría recordando la aventura de la semana anterior. “Las caras largas de los cadetes, la herida en la cabeza de Karla”. Deseaba con toda el alma que su amigo se negara a ir.

— Pus vamos a ver qué pasa— acabó murmurando Tacho, y Jorge apretó los labios. Colgó el aparato y fue a darse una ducha. Por la ventana del baño observó que el cielo se cubría de nubes negras y se alegró. Se vistió y salió de la casa sin despertar a la abuela.

No había avanzado ni diez metros sobre la avenida cuando el aguacero comenzó a caer. Gotas gruesas y tupidas oscurecieron el pavimento pero Jorge no se molestó en cubrirse. “Ahora Tacho no querrá ir, es la excusa perfecta”. ¡Cómo amaba Jorge las tormentas instantáneas de finales de primavera!

Para cuando llegó a casa de su amigo, la lluvia había cesado. Tacho fumaba bajo un árbol; estaba listo.

— ¿Qué onda, Jorge, nos vamos?

El sol brillaba de nuevo en el cielo e iluminaba las fachadas de las casas. Los niños regresaban en tropel a las calles. Algunos llevaban barcos de papel en las manos; los hacían navegar sobre un arrollo bajo la cuneta. “En menos de una hora, toda esta agua será aire caliente de nuevo”, pensó Jorge, derrotado.

— Pues vamos.

Llevaba el corazón como exprimido por un puño invisible mientras caminaban al sitio en el que las chicas ya los esperaban.

2

De niño, Jorge había escuchado muchas leyendas sobre la casa del Estero. Se decía que los dueños pertenecían a una secta satánica, que realizaban rituales abominables en los túneles que pasaban por debajo de ella. Que el lugar había sido construido para albergar un hotel con restaurante que nunca pudo ser inaugurado, supuestamente porque uno de los vigilantes perdió el juicio y asesinó a su familia entera ahí adentro y luego se suicidó, y que desde entonces el alma del sujeto penaba entre los escombros y la vegetación salvaje.

Jorge escuchaba con atención todos aquellos rumores en el patio de la escuela pero jamás dejó de pensar que eran meras exageraciones. Él mismo no había visto la casa más que dos o tres veces desde el puente del Estero, al viajar en autobús rumbo a Alvarado. Era una mansión de tres pisos, con paredes de ladrillo y ventanas sin cristales. Una ceiba terca trepaba junto al edificio; sus raíces leñosas parecían alimentarse de los cimientos.

Cuando Jorge tenía 15 años convenció a la pandilla de scouts a la que pertenecía de que realizaran una expedición a la casa abandonada y comprobaran si era cierto que nadie podía pasar una noche entera ahí dentro. Como escultistas de libro de texto, realizaron algunas visitas fugaces para conocer el terreno: entraron por un agujero al primer piso, recorrieron los cuartos oscuros y malolientes que parecían haber sido construidos bajo un diseño laberíntico. Entre risas nerviosas llegaron al tercer piso, el único lugar que realmente tenía apariencia de restaurante, con su barra y su cocina y sus cuartos de baño. Todo estaba cubierto de hojas secas, excrementos de roedores y cadáveres de lagartijas.

Lo único extraño que encontraron fue, en las habitaciones detrás de la barra, un portal con marco de piedra. Miraron adentro y vieron que se trataba de una escalera que descendía en espirales hacia la oscuridad.

Se marcharon, y cinco días después estaban de vuelta, con linternas, tiras de halógeno, cuerdas, provisiones de comida y agua, y una estrategia contra el pánico que el mismo Jorge había diseñado.

—Todos ustedes han escuchado los rumores. Lo importante es permanecer tranquilos si sienten algo extraño para que no nos entre el pánico— los aleccionó Jorge antes de emprender el viaje a Boca del Río. Ya habían decidido incluso el orden en el que descenderían: primero El Puma, que a sus 19 años era considerado por todos como un verdadero adulto y por ello portaba el bastón del mando del clan. Luego seguiría Jorge, luego Adán y hasta lo último Lilí. A Roxana le tocó vigilar el extremo de la cuerda con la que se amarraron, como exploradores alpinos, antes de descender.

Ahí adentro apestaba a humedad y podredumbre. Avanzaron lentamente porque los peldaños de la escalera se desmoronaban y la oscuridad era absoluta. Después de unos minutos El Puma ordenó:

— Enciendan sus linternas.

Pero ninguna de las cuatro funcionaba. “Pero si probamos las baterías allá arriba”, pensó Jorge, aunque se cuidó de decirlo en voz alta.

Los chicos sacaron entonces las tiras de halógeno de sus bolsillos, y fueron quebrándolas para obtener una luz verde, fluorescente, que apenas iluminaba el camino. Así descendieron unos diez metros más. Hacía demasiado calor y el sudor traspasaba las prendas de sus uniformes. Delante de Jorge, El Puma tanteaba el terreno con el bastón de mando; por detrás, Adán respiraba contra su nuca y a Liliana le castañeaban los dientes. Jorge también sentía miedo pero la flaqueza era algo que debía aprender a dominar, a controlar, si es que quería ingresar al Colegio Militar cuando cumpliera 18 años. Su sueño no era vestir el uniforme negro de los cadetes, sino hacer la carrera de las armas para unirse luego a la Legión Extranjera, y escapar así de Veracruz , de la abuela.

—Esperen…—balbuceó El Puma de pronto.

Jorge chocó contra su espalda.

— ¿Qué pasa?

— Me acaban de quitar el bastón de las manos.

Jorge respiró profundo. Casi no había aire ahí dentro.

— ¿Estás seguro?

Al Puma se le quebró la voz y ya no pudo hablar.

“Ya, esto es, esto es el pánico”, pensó Jorge “Ya todo está mal”. Su pecho era un fuelle. Carraspeó hasta recobrar la voz y dio la orden de retroceder.

Subieron como los cangrejos. Nadie quería darle la espalda al foso, de donde provenía el ruido del bastón al golpear brutalmente las paredes. Jorge respiraba con la boca abierta; trataba de encontrar un ritmo, un control, una certidumbre. “Quizás es un drogadicto,  un loquito de esos que se meten a las casas abandonadas” pensó por un momento. “¿Pero qué clase de loco se esconde en un agujero y espera hasta que llegue alguien para…”

No pudo ni quiso terminar ese pensamiento. Cuando lograron salir a la luz, encontraron a Roxana llorando con la cabeza metida entre las rodillas. Durante varios minutos no pudo hablar, sólo les señalaba la cuerda con la que se habían amarrado a una columna cercana. La piola oficial de los scouts, garantizada para soportar una tonelada de peso, estaba rota, reventada a pocos centímetros del nudo.

—Vi que se tensó, como si la jalaran desde abajo— diría la chica. – Pensé que se habían caído, que algo les pasaba, y comencé jalarla hasta que reventó…

La piel de sus manos estaba quemada por la fibra.

Roxana había gritado sus nombres al pie de las escaleras, pero no le respondieron y entonces cedió al llanto. En el interior de las escaleras, en la oscuridad, ellos nunca oyeron su llamado.

Huyeron de la casa antes de que llegara el ocaso. El Puma iba hasta adelante y llevaba la navaja abierta y bien apretada en la mano.

3

En el centro de Boca del Río, las chicas entraron a una tienda para comprar alcohol, soda y cigarros. Jorge y Tacho permanecieron afuera, en silencio.

Jorge miraba el puente que atravesaba el río. “Ahí, del otro lado, está la encrucijada. Tomas la izquierda, subes el puente y pides la parada nomás bajando. Luego subes la brecha y caminas al lado del río y cruzas la verja y luego…”. Se sintió asqueado y escupió hacia la calle. Cuando levantó la vista vio que una mujer les hacía señas.

Estaba envuelta en un zarape andrajoso y sus cabellos eran hilachas grasientas. Su cara enorme estaba cubierta de tizne.

— ¡Mírenlos, allá van!— chillaba la vieja, señalando el puente.

Y reía mostrando una boca llena de cavidades negras.

Jorge miró a Tacho. Pensó que era el momento de parar todo, de reconocer que era un error volver a meterse a la casa. “La cosa de las escaleras, lo que apedreó a los cadetes. Y hoy, la lluvia repentina, la loca”. Pero Tacho no decía nada; hasta pareció ofendido cuando Jorge le sostuvo la mirada, esperando una respuesta. El rostro flaco y ceñudo de Tacho era un reproche; parecía estar diciéndole: “No digas nada o será peor. De esas cosas nunca se habla”.

4

Porque la semana anterior Jorge y Tacho habían estado en la casa, por invitación de Jacqueline. Un grupo de amigos de la chica, estudiantes de la academia naval de Antón Lizardo, estaban de permiso y querían conocer el lugar. Cuando Jorge y Tacho llegaron ya estaban todos adentro. Podían escucharlos reír y gritar dentro de los cuartos.

A Jorge, los cadetes le cayeron mal en automático. Odió sus aires de superioridad, sus cabellos cortados al rape. Él, Tacho y Jacqueline se apartaron del grupo y recorrieron solos la casa. Al llegar al tercer piso, una sombra cayó sobre Jorge y lo sujetó del cuello. Era uno de los cadetes; llevaba una máscara de simio cubriéndole el rostro y una pistola en la mano.

— ¡Quítame esa cosa de la cara!— gritó Jorge y pateó al tipo en los testículos.

— ¡Estamos jugando, pendejo, no tiene balas!— lloriqueó el cadete desde el suelo.

Jorge hubiera querido machacarle la cara al tipo e incluso pensó en sacar la navaja que siempre llevaba consigo pues ya no era un boy scout sino un hombre de 25 años, desertor del bachillerato y veterano de las peleas callejeras.  No le importaba que los cadetes fueran nueve; sabía que Tacho no lo abandonaría.

Pero Jacqueline le estaba rogando que no se peleara, que mejor se alejaran de los otros chicos y subieran a la azotea a mirar el río y las copas de los árboles.

Cuando salieron de la casa para marcharse, encontraron a los cadetes y sus amigas de pie junto al camino, como formados para pasar revista, con los rostros desencajados.

Karla, la amiga de Jacqueline, se acercó para reclamarle a Jorge:

— ¡Coño, Jorge, si tienes algún pinche problema con mis amigos díselo sus caras, pero no estén con sus chingaderas de aventarnos piedras desde ahí arriba!

El rostro pequeñito y agraciado de Karla estaba contraído por el llanto.

— ¿De qué estás hablando?

— ¡No se hagan pendejos, los vimos que nos aventaron de piedras desde el balcón del segundo piso!

Y les enseñó un verdugón que manchaba de sangre su oreja.

De nada sirvió que Jacqueline jurara por Dios que ellos no habían sido; nadie quiso creerles. Y Jorge partió de aquella casa jurando que jamás en su vida regresaría.

Hasta el sábado siguiente, cuando recibió la llamada.

5

Jorge, Tacho y las chicas llegaron a la brecha de arena y conchas trituradas a las cinco y media de la tarde. Del lado derecho fluía el río. Del lado izquierdo se alzaba la casa abandonada. Jorge los condujo a una terraza exterior a la que consideraba segura. 

Para las nueve de la noche, las chicas ya habían dado cuenta del brandy. Borrachas, insistieron en jugar a la botella.

Jorge no lograba relajarse y sus amigas se lo reprochaban. No había bebido ni una gota de alcohol en toda la tarde y sentía el cuello rígido.

—Jorge, quita esa cara, te toca a ti.

Jorge giró la botella. Le tocó mandar a Betty. Le ordenó que bailara como stripper, aunque ni siquiera sentía deseos de verla mover las carnes. La chica subió a una de las bancas de la terraza y bailó entre risas. Cuando iba a alzarse la playera, miró hacia la ventana y bajó de un salto.

— ¡Viene alguien!

Jorge se levantó como resorte. Miró por la ventana y alcanzó a ver una sombra.

Ordenó a las chicas que se recostaran contra el piso y a Tacho que aguardara junto al marco de la ventana. Así, con los puños apretados y el estómago hecho un nudo, esperó al visitante.

Pasaron diez minutos, en los que no escucharon más que el rumor de los grillos y las salamandras.

Jorge ordenó la retirada. Estaba recogiendo la basura cuando Betty se paró a su lado.

—Jorge, algo le pasa a Evelia.

Evelia seguía acostada boca abajo sobre el piso de la terraza y jadeaba. Jorge se acercó y le pidió que se pusiera de pie. Ella comenzó a temblar, como si riera en silencio.  Furioso, Jorge la tomó de los hombros y le dio la vuelta. La chica sonreía con malsana alegría.

— ¿Me estaban buscando?—- dijo con voz cavernosa— ¡Pues aquí estoy!

— Evelia, déjate de pendejadas…— comenzó a decir Jorge, con la piel erizada, pero la chica comenzó a tirar golpes, a sollozar y reír al mismo tiempo, a morderse los labios y jalarse de los cabellos.  Jorge le sujetó las manos y pidió ayuda a Tacho. Entre los dos la cargaron y recorrieron los cuartos en la oscuridad, buscando la salida. Betty y Jacqueline gimoteaban detrás de ellos.

— ¿Por qué nos vamos, si está tan bonito aquí adentro?- sollozaba Evelia, para luego gruñir como perro mientras golpeaba a los chicos y les escupía. Se sacudía de tal forma que, una vez afuera de la casa, logró liberarse y caer al suelo. Jorge vio con verdadero espanto como la chica comenzaba a reptar velozmente hacia el interior de nuevo, cómo se arrastraba sólo con las manos.

“Si se mete, nunca la sacaremos” pensó con horror, y se arrojó sobre ella. La montó y la golpeó de lleno en el rostro. Evelia abrió los ojos. Sus lágrimas hacían surcos sobre la mugre de sus mejillas.

— ¡Jorge, no me pegues, soy yo!— suplicó, con los ojos inflamados pero vivos.

Jorge la abrazó muy fuerte. Pensó que el peligro había pasado.

6

Años después Jorge se preguntaría cómo habían logrado llegar hasta la iglesia de Santa Ana, en pleno centro de Boca del Río, con Evelia vociferando entre sus brazos. Tardó mucho tiempo en recordar que, cuando al fin alcanzaron la carretera, tuvieron que hacerle señas a los autos que pasaban, y que uno de ellos los condujo de regreso a la ciudad.

Fue Jorge quien aporreó las puertas de la Iglesia mientras el resto del grupo cuidaba de Evelia. En el carro se había puesto mal de nuevo: no había dejado de reír y sollozar histéricamente. Cuando al fin salió el párroco, vestido de pantalones cortos y camiseta, la chica se mecía a sí misma, sentada en el suelo, con los cabellos negros cubriéndole el rostro. Jorge explicó en cuatro frases lo que les había ocurrido. El párroco se inclinó sobre Evelia, le alzó la barbilla y contempló su rostro enrojecido.

— No, muchachos, esta niña se pasó de pastillas. Y además apesta a alcohol— dictaminó —Mejor llévenla a la Cruz Roja para que le bajen la intoxicación.

Y les cerró la puerta en las narices.

Jorge hubiera deseado que el sacerdote tuviera la razón, pero luego recordó la mirada en los ojos de Evelia al darle la vuelta, las voces que salían de su garganta, la fuerza con la que los había golpeado. Tuvieron que sentarse encima de ella, que no pesaba ni cuarenta kilos, para que no escapara por la ventana del auto.

Miró su reloj, no eran ni las once de la noche. Los autos y los peatones pasaban junto a ellos, ajenos a sus cuitas. Algunos miraban a Evelia con curiosidad. La chica se revolcaba sobre el piso.

Un taxista se detuvo y llamó a Jorge. Después de escuchar el problema, se bajó del auto y se acercó a la chica. Era un hombre barrigón, lleno de canas, con cara de pocos amigos.

— Oye, chamaca— le gritó a Evelia y comenzó a abofetearla con su manaza— ¿Te gustan las pastillas, verdad? ¿Te gusta meterte tu thinner, ponerte hasta la madre? Ya déjate de pendejadas y párate…

Evelia respingó. Miró al taxista con extrañeza y luego comenzó a reír.

— ¡Adivina quién está aquí conmigo!— aulló — ¡La puta de María Esperanza López!

El rostro cobrizo del taxista se tornó verde. Dio tres pasos para atrás, confundido.

— ¡Te gastaste todo el dinero y ni una misa le rezaste y ahora YO ME LA ESTOY CHINGANDO AQUÍ ABAJO!

El pobre hombre corrió a refugiarse a su taxi. A través de la ventanilla, le hizo señas a Jorge y le entregó el rosario que colgaba del espejo retrovisor.

—Esa niña está muy mal, llévenla a un lugar o se les va a ir— advirtió —.No sé cómo supo el nombre de mi mamá, cómo supo que se acaba de morir…

Arrancó el motor del auto y desapareció.

Un segundo taxista, que había estado mirando la escena, se acercó también y propuso que llevaran a Evelia con una curandera que él conocía, cerca de la iglesia de La Guadalupana. Los chicos, que ya no tenían dinero, miraron a Jorge. “¿Por qué tengo que ser yo el que decida?” pensó en aquel instante. Sentía deseos de arrojar bien lejos el rosario, la responsabilidad. “Ah, pero tú sabías y te quedaste callado. Tú viste las señales y no dijiste nada. Si a Evelia le pasa algo será tu culpa. Tienes que hacer algo para ayudarla”.

Se dio cuenta de que todo aquel tiempo, desde que habían escapado de la casa, había estado mascullando una plegaria.

- Vamos- le dijo al taxista.

7

Los recibió una mujer afable, en la treintena, de cabello corto y teñido de rubio.

—Los estábamos esperando— dijo, abriéndoles la puerta del taxi, y condujo al grupo hacia el interior de una vecindad miserable. En el patio de tierra se levantaba la casa de la curandera. Era de madera, muy rústica.

La mujer, que se presentó como La Clarividente, les hizo formarse a la entrada.

—Ustedes pasan—les dijo al taxista y a Evelia—. Ustedes también—dirigiéndose a Jorge y a Betty.

—Ustedes no; tú lo traes en la espalda y tú, mi niña, en la pierna. Esperen afuera.

Tacho y Jacqueline se miraron con alivio. Jorge se preguntó cómo es que la mujer sabía que Tacho llevaba una gárgola tatuada en un hombro, y Jacqueline, una serpiente enroscada en el tobillo.

El interior de la casa de madera estaba lleno de velas. Sobre una de las paredes colgaban tres retratos: uno de Cristo, otro de la Virgen y otro que Jorge no pudo reconocer y que pertenecía a un hombre de bigote, vestido de catrín, que sonreía como esfinge.

La curandera, una mujer madura, de piel muy oscura y cabello suelto hasta la cintura, ordenó que sentaran a Evelia en un sofá colocado en medio de la estancia; Jorge y el taxista le sujetaron los brazos. La mujer revolvió entre los libros y manojos de yerba que tenía sobre la mesa y comenzó a invocar los nombres de la Virgen, de Jesucristo, de San Juan Bautista. Se acercó a la chica y azotó su cuerpo con ramas de albahaca, mientras oraba.

Evelia despertó con un gemido y comenzó a hacer lo suyo. Jorge tuvo que emplear toda la fuerza de sus brazos para impedir que el cuerpecillo de la chica se levantara.  Reía y lloraba al mismo tiempo. Mostraba dientes y encías e intentaba morder a Jorge. Las venas y tendones de su cuello parecían cables a punto de reventar.

— ¡Me estaban buscando! ¡Ella me andaba buscando y aquí estoy!— repetía, enfurecida.

La curandera bañó a Evelia con agua bendita. La chica chilló como si la estuviesen acuchillando.

— ¡Sal, espíritu impuro, en nombre del señor Jesucristo!— decía la curandera. Eran las únicas palabras, en la retahíla de aullidos que se escuchaban, que Jorge comprendía.

— ¡Ellos me llamaron, ellos me fueron a buscar! ¡ESTA PERRA ES MÍA!

Las llamas de las veladoras, cientos de ellas sobre la paredes, chisporrotearon y parecieron querer extinguirse. Cada vez que Evelia gritaba las mechas de las velas tronaban, como si las hubieran espolvoreado con pólvora. Jorge sentía mucho miedo; se sentía como atrapado en un mundo desconocido. Ni siquiera quería mirar a la curandera, tan horrible le parecía su rostro negroide mientras se movía alrededor de ellos y gritaba en una lengua a mitad de camino entre el latín y el náhuatl.

— ¡Sal, esta carne no te pertenece! ¡EL PODER DE CRISTO TE ORDENA QUE TE VAYAS!—rugió de pronto en español y arrojó un objeto que se rompió contra el suelo. Un círculo de fuego los atrapó en el centro del cuarto. Las llamas le llegaban a Jorge a la cintura. Un grito de pavor se le escapó, impúdico, por entre los dientes apretados. Estuvo a punto de soltar a Evelia para huir de la cabaña pero se lo impidió la mirada negra de la curandera. La mujer atravesó las llamas de un salto y tomó a Evelia de los cabellos y comenzó a gritarle en la cara, como si quisiera devorarla.

8

Jorge nunca supo a qué hora lo sacaron del cuarto pero cuando volvió en sí se encontró en medio del patio, vomitando bilis. Los focos de la vecindad se prendían y apagaban como si la instalación eléctrica estuviera fallando.

Tacho y Jacqueline le ayudaron a incorporarse.

—La Clarividente ha estado llame y llame a sus amigas, para que ayuden a rezar— le contó Tacho.

Su cara siempre flaca lucía ahora consumida.

— ¿Ya le hablaron a sus padres?— preguntó Jorge, cuando al fin logró respirar.

—Ya vienen en camino.

Miró el reloj y vio que eran las tres de la mañana. “¿Todo este tiempo estuve ahí adentro?”, pensó incrédulo.

A pocos metros, La Clarividente conversaba con un grupo de señoras de apariencia humilde. Discutían con seriedad el caso de Evelia.

— ¿Ya probaron la limpia?

—Ya. Nada

—Oiga, ¿y el libro, el círculo de fuego?

—También, pero nada.

Entonces apareció la curandera. Se dirigió directamente hacia a las señoras y habló con una mujer morena, de cejas casi unidas.

—Es muy fuerte, no se quiere ir. Ya amenazó que a las cuatro se la lleva.

—Hay que mandarlo a llamar—dijo la morena, como si fuera la respuesta más obvia.

—Puedo hacerlo— respondió la curandera, guiñando un ojo — Ya le he pedido favores.

9

Lo que sucedió entonces, Jorge lo recordaría como se recuerda una pesadilla muy larga pero lúcida. Esta vez no quiso entrar al cuarto y se quedó junto a la puerta.

Primero las señoras desnudaron a Evelia y le pusieron una bata alba. Luego atendieron a la curandera: sin parar de rezar, sacudieron el cuerpo de la mujer con manojos de yerba. La curandera comenzó a mecerse sobre los pies; eructó ruidosamente y luego cayó desmayada. Las mujeres se aprestaron a socorrerla. Antes de que se agacharan para ayudarla a ponerse de pie, la curandera ya estaba caminando alrededor del cuarto, animada por una energía distinta, masculina.

— ¡Muy buenas noches tengan todos ustedes! Mi nombre es Yan Gardec y estoy aquí para ayudar a esta hermanita

Descubrió a Evelia sobre el sofá y la señaló con el índice

—Yo te conozco, tú y yo nos hemos batido muchas veces, Satanachia— le dijo.

Evelia soltó una risilla.

— ¡Ella me estaba buscando, hace mucho que ella me estaba llamando! ¡Y me la voy a llevar!

— ¡No, ella no te pertenece, le pertenece al Señor! ¿Por qué no te marchas de aquí? ¿Qué es lo que quieres?

Cundo Evelia comenzó a recitar, utilizando tres voces diferentes, las invocaciones bajo las cuales la curandera debía sacrificar un cabro negro a cambio del alma de la chica, Jorge corrió hasta salir de la vecindad. Moría por un cigarrillo, por sentir el estómago lleno de otra cosa que no fuera el pavor.

Afuera se topó con doña Ana, la madre de Tacho. Pero la alegría de ver un rostro conocido se le fue a los pies cuando la mujer le espetó, sin siquiera saludarlo:

— ¿Ya ven lo que pasa por andar de pendejos?

10

Durante varios meses después de aquella nefasta excursión a la casa del Estero, Jorge no visitó a ninguno de sus amigos. No fue una algo consciente, simplemente comenzó a pasar más tiempo cerca de su barrio.

Después supo, por Jacqueline, que los padres de Evelia no le creyeron una sola palabra a la curandera y se marcharon ofendidos con su maltrecha hija cuando la mujer quiso cobrarles 5 mil pesos para completar el trabajo. Que para septiembre, Evelia se había encerrado en su cuarto y se negaba a salir. Golpeaba a sus padres, se defecaba encima, se hacía daño con las paredes y las cosas que rompía. Los padres la llevaron al hospital. El psiquiatra les dijo que tendrían que internarla en una institución.

Por su parte, Betty le contó que fueron unos parientes los que convencieron a los padres de Evelia de llevarla a las misas de liberación de Puentejula. Jorge conocía las historias: se decía que gente de todo el mundo acudía a la iglesia de ese pueblito para liberarse de malos espíritus durante una misa larguísima, cantada en latín y arameo.

Según Betty, Evelia era siempre la primera de todos los endemoniados en caer al suelo y comenzar a escupir majaderías, hasta que le hicieron un exorcismo especial.

- Dicen que amarraron a Evelia junto con un puerco al borde de una barranca, allá por Xalapa- confesó Betty, la última vez en que se vieron. – El demonio se salió de ella, se metió al cochino y luego lo aventaron al vacío.

11

Jorge ha contado esta historia a muchas personas porque está convencido de que un día encontrará a alguien que pueda explicarle lo que vio.

Hasta la fecha no ha tenido suerte.

Escrito por olasdesangre

enero 9, 2011 a 11:05 pm

Escrito en rumores

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